De la América postdemocrática a la Europa que viene
Francesca Bria. 02/11/2025 00:00 Actualizado a 24/12/2025
Este artículo fue publicado
el 02/11/2025 y forma parte de la selección de las noticias más leídas por los
suscriptores de La Vanguardia durante este 2025.
A finales de julio de 2025, en
lo más profundo de la maquinaria burocrática del Pentágono en Arlington,
Virginia, el Ejército de EE.UU. firmó discretamente la cesión de una pieza
crítica de su soberanía. El contrato de 10.000 millones de dólares con Palantir
Technologies —uno de los mayores en la historia de departamento— fue presentado
como una cuestión de eficiencia administrativa, consolidando 75 acuerdos de
adquisición separados en un único paquete.
Pero tras el lenguaje
tecnocrático se escondía algo mucho más profundo: el software de Palantir
pasaba a ser, por defecto, el sistema operativo para la inteligencia en el
campo de batalla, la logística y los sistemas de personal. Lo que parecía una
simplificación burocrática era, en realidad, una entrega estratégica de
funciones militares fundamentales a una firma privada cuyo fundador, Peter
Thiel, ha declarado abiertamente que “la libertad y la democracia ya no son
compatibles”.
Esta cesión supone que las
decisiones sobre objetivos, movimiento de tropas e inteligencia se toman cada
vez más mediante algoritmos que no son controlados por el mando militar, sino
por un consejo de administración que responde ante los accionistas. El Ejército
no solo compró software: cedió soberanía operativa a una plataforma sin la cual
ya no puede funcionar.
Se está configurando en
Washington una nueva formación que plantea el desafío más sofisticado que ha
recibido la gobernanza democrática en la era digital: es el Complejo
Tecnológico Autoritario. Es más rápido, más ideológico y más privado que
cualquier modelo militar-industrial anterior. Silicon Valley ya no solo
construye aplicaciones: está construyendo imperios.
Con la tecnología
patriótica por bandera, una coalición de empresas, financiadores e
ideólogos diseña una infraestructura planetaria de vigilancia, de coerción y de
gobernanza sin rendición de cuentas. No es una metáfora. Es un sistema
estratificado —plataformas en la nube, modelos de IA, redes financieras y de
drones, sistemas orbitales— que conforma una infraestructura tecnopolítica
integrada de control, lo que yo llamo la Pila Autoritaria . En
su cúspide se hallan los exponentes más derechistas de Silicon Valley —Thiel,
Musk, Andreessen, Sacks, Luckey y Karp—, cuyas inversiones se alinean con un
proyecto político: la reconversión de la soberanía en un modelo de activos
privados. A diferencia del autoritarismo tradicional, que depende de la
movilización masiva y de la violencia estatal, este sistema opera mediante
infraestructura tecnológica y coordinación financiera, haciendo que la
resistencia no solo parezca difícil, sino arquitectónicamente obsoleta.
El Silicon Valley
autoritario ya no fabrica aplicaciones: construye imperios
Hacia mediados de 2025, las
señales de alerta proliferaban en Europa. En Roma, los funcionarios de defensa
italianos se prestaron a integrar Starlink, de Elon Musk, en las comunicaciones
militares. En Berlín, Rheinmetall y Anduril —empresa emergente de defensa de
California respaldada por la red de Thiel— expandieron su joint venture para
desplegar enjambres de drones autónomos para la OTAN. El impulso de Palantir en
la policía alemana provocó una fuerte resistencia, pero Baviera firmó nuevos
contratos por valor de 25 millones para ampliar el sistema a nivel nacional.
En Londres, el Sistema
Nacional de Salud (NHS) amplió la Plataforma de Datos Federada de
Palantir, valorada en 330 millones de libras, para abarcar decenas de millones
de historiales de pacientes, al mismo tiempo que el Reino Unido firmaba una
alianza de defensa por 1.500 millones de libras que lo convierte en un centro
clave para la inteligencia artificial militar de Palantir.
Ninguna de estas decisiones
provocó un debate parlamentario significativo. Pocas llegaron a las portadas.
Sin embargo, tomadas en conjunto, revelan la externalización sistemática de la
soberanía europea a empresas tecnológicas estadounidenses respaldadas por los
inversores más ideológicos de Silicon Valley. Los gobiernos europeos persiguen
la autonomía estratégica justo en el momento en que sus infraestructuras
críticas están siendo reconfiguradas para depender de plataformas
estadounidenses cuyos ejecutivos socavan activamente la democracia europea. Es
una paradoja con implicaciones devastadoras: perseguir la independencia
mientras se cede el control con cada contrato firmado.
Las infraestructuras críticas
del Estado están siendo reemplazadas y reinstaladas en cinco dominios
estratégicos –información de la población, suministro monetario, defensa,
comunicaciones orbitales y energía —que constituyen los fundamentos mismos del
control democrático. Todo comienza con el control del sistema operativo. El
contrato de 10.000 millones de dólares del Ejército hizo explícito lo que los
más informados ya sabían: Palantir se ha convertido en el sistema operativo de
facto del gobierno de EE.UU. Su rastro aparece detrás de la gestión del campo
de batalla, de la logística, de los sistemas de personal y del análisis de
inteligencia.
El Departamento de Eficiencia
Gubernamental (DOGE) de Trump usa la plataforma Foundry de Palantir
—originalmente desarrollada para la contrainsurgencia en Irak— para automatizar
la elaboración del presupuesto federal, la elegibilidad para asistencia social,
los reembolsos sanitarios y los beneficios para veteranos, todos ellos
canalizados a través de procesos algorítmicos que codifican decisiones
eminentemente políticas.
Stephen Miller, jefe adjunto
de gabinete de Trump, posee hasta 250.000 dólares en acciones de Palantir, y
eso a pesar de que la administración ha ampliado el papel de Palantir en la
aplicación de las leyes de inmigración —incluido el contrato de 2025 con ICE
para una nueva plataforma llamada “ImmigrationOS”, destinada a rastrear los
excesos de permanencia de visados y a facilitar deportaciones masivas.
Si Palantir es la columna
vertebral de datos del Estado autoritario, Anduril es su sistema de mando de
guerra autónoma. Su plataforma Lattice conecta transmisiones satelitales, datos
de radar e imágenes del campo de batalla en una sola red operativa, permitiendo
que las misiones militares se planifiquen y ejecuten de forma automática. La
compañía afirma que sus sistemas pueden operar en nivel 5 de
autonomía ; es decir: identificar objetivos, atacar y regresar sin
intervención humana.
Europa debería tomar nota de
cómo la red de Thiel privatiza la soberanía americana
En julio de 2025, el
secretario de Defensa, Pete Hegseth, anunció la iniciativa Desarrollo
del dominio militar estadounidense con drones , para lograr la
integración total de sistemas de armas autónomas en 2027. Anduril fue cofundada
por Palmer Luckey (creador de Oculus) y Trae Stephens (socio de Founders Fund y
ex de Palantir). Hoy la empresa tiene más de 22.000 millones de dólares en contratos
de defensa. Su valoración de 30.500 millones refleja no solo éxito comercial,
sino su creciente control de la infraestructura militar básica.
Starshield, la constelación
militar clasificada de SpaceX, representa la privatización de las
comunicaciones de órbita baja, lo que alguna vez fue dominio exclusivo del
Estado. Pese a que se presenta como una “infraestructura soberana”, sigue
siendo propiedad y está controlada por la empresa privada de Musk. En el
Pentágono se explora el uso de Starship como plataforma logística capaz de
mover tropas y material a cualquier lugar de la Tierra en menos de una hora.
Cuando las comunicaciones de la OTAN en el frente dependen de una
infraestructura controlada por un hombre que apoya abiertamente la extrema
derecha europea, la autonomía en cuestión de defensa es más bien una ficción
teatral.
La planta de enriquecimiento
de uranio de General Matter —la primera de propiedad privada en Estados Unidos
desde 2013— cuenta con el respaldo de Founders Fund y está dirigida por
exingenieros de SpaceX, con Thiel en el consejo de administración. La convergencia
es deliberada: el secretario de Energía, Chris Wright, presenta la energía
nuclear avanzada no como una cuestión de independencia energética, sino de
dominio computacional. “La inteligencia artificial es una industria
manufacturera intensiva en energía”, afirma. “Cuanta más energía se invierte,
más inteligencia se produce.”
Para que funcionen los centros
de datos que alimentan los análisis de Palantir, los sistemas autónomos de
Anduril y los algoritmos de IA de la Pila hace falta una
energía continuada y de alta densidad que solo la nuclear avanzada puede
proporcionar a gran escala. Tecnológicas privadas como AWS GovCloud y Microsoft
Azure for Government —en asociación con OpenAI, Meta y Anthropic— están ahora
integradas en operaciones militares y de inteligencia clasificadas. Estas
plataformas funcionan cada vez más como infraestructura “soberana”, donde soberanía significa
estar al margen del control público y atar a los gobiernos a infraestructuras
privadas.
Para entender la velocidad de
este proceso hay que seguir el rastro de las personas. La puerta
giratoria ya no gira entre el gobierno y la industria: las une una nueva
arquitectura del poder. J.D. Vance, ahora vicepresidente, ascendió al poder
después de que Peter Thiel aportara 15 millones de dólares a su campaña para el
Senado de 2022 —la mayor donación individual en la historia del Senado—.
Michael Kratsios, exjefe de gabinete de Thiel, ahora dirige la Oficina de
Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca. Michael Obadal, un
ejecutivo de Anduril, fue nombrado subsecretario del Ejército mientras aún
poseía hasta un millón de dólares en acciones de Anduril.
Gregory Barbaccia, tras una
década en la división de inteligencia de Palantir, ocupa ahora el cargo de
director de información del gobierno federal, supervisando programas de
integración de datos que benefician directamente a su antiguo empleador. Y Clark
Minor, recientemente nombrado director de información del Departamento de Salud
y Servicios Humanos, ocupó previamente un puesto ejecutivo en Palantir, la
misma empresa que ha recibido casi 300 millones de dólares en contratos con ese
departamento entre 2021 y 2024.
Lo más sorprendente es la
Unidad 201 del Pentágono, que incorpora directamente a ejecutivos de Silicon
Valley en las filas militares. En junio de 2025, el Ejército nombró a cuatro
ejecutivos tecnológicos como tenientes coroneles: Shyam Sankar, director de
tecnología de Palantir; Andrew Bosworth, director de tecnología de Meta; Kevin
Weil, director de producto de OpenAI; y Bob McGrew, exdirector de investigación
de OpenAI. La distinción entre contratista y mando militar, entre la búsqueda
de beneficios y la defensa nacional, ha sido eliminada deliberadamente.
Follow the money, y el
patrón emerge.
El caso de Founders Fund, el
buque insignia de 17.000 millones de dólares de Thiel, sirve para comprender la
arquitectura del proceso. En junio de 2025, lideró la ronda de financiación de
Anduril con una inversión de 1.000 millones de dólares y una valoración de
30.500 millones. Como primer inversor institucional, tanto en Palantir como en
SpaceX, Founders Fund se posicionó pronto en los dominios de la inteligencia y
de lo orbital. Pero, a diferencia del capital de riesgo tradicional, opera
mediante control estratégico directo.
Trae Stephens actúa
simultáneamente como socio del fondo y presidente de Anduril. Delian Asparouhov
divide su tiempo entre el fondo y la presidencia de Varda Space Industries,
centrada en la manufactura orbital y la futura infraestructura espacial. Scott
Nolan dirige General Matter mientras mantiene su rol en el fondo. Esto no es
gestión pasiva del capital, sino una gobernanza activa sobre empresas que están
remodelando la capacidad del Estado.
Los tecnoautoritarios han
pasado de cuestionar la democracia a reemplazarla: ya no necesitan convencer al
votante
1789 Capital ejemplifica cómo
el capital de riesgo se convierte en dinastía. Fundado por personas de
confianza tanto de Thiel como del vicepresidente Vance, el fondo se transformó
cuando Donald Trump Jr. se incorporó como socio en noviembre de 2024. Creció de
150 millones a más de 1.000 millones de dólares y se presenta como una forma de
“inversión patriótica”, canalizando más de 50 millones hacia el imperio de
Musk: SpaceX, para el dominio orbital, y xAI, para la inteligencia artificial
militar. El fondo establece una línea directa entre el poder presidencial y los
beneficios de la industria armamentística.
Andreessen Horowitz (a16z)
lanzó su fondo “American Dynamism” —600 millones destinados a respaldar
tecnología de defensa y lo que denomina “constructores del Estado
estadounidense”. El propio Marc Andreessen movilizó a la élite multimillonaria
de Silicon Valley para apoyar la campaña de Trump en 2024, fusionando capital
de riesgo, ideología y poder estatal en una maniobra sin precedentes.
Gigantes menos conocidos, como
8VC y General Catalyst, ejercen una influencia comparable. Joe Lonsdale,
fundador de 8VC y cofundador de Palantir, colaboró con Musk en la operación del
America’s PAC, que ayudó a asegurar la victoria de Trump en 2024. 8VC invirtió
450 millones en Anduril, mientras que General Catalyst lideró una ronda de
financiación de 1.480 millones.
Los resultados validan la
estrategia: Palantir se convirtió en la empresa con mejor rendimiento del
índice S&P 500 en 2025, con ingresos trimestrales superiores a los 1.000
millones de dólares, impulsados por un crecimiento del 53 % en los contratos gubernamentales.
Cuando tu cliente no puede marcharse porque te has convertido en su sistema
operativo, has alcanzado el poder.
Aquí es donde las apuestas se
vuelven existenciales, no solo para la democracia estadounidense, sino para la
misma soberanía europea. Reino Unido corre el riesgo de caer en una trampa
todavía más profunda. El ejército alemán depende cada vez más de los sistemas
autónomos de Anduril a través de las alianzas con la firma Rheinmetall para
crear “variantes europeas” de los misiles Barracuda y los
aviones autónomos Fury . La dependencia de Estados Unidos no
desaparece: los sistemas europeos funcionan con Lattice ,
reciben actualizaciones continuas de los servidores de California y operan
dentro de los parámetros definidos en Silicon Valley.
Los responsables de defensa
alemanes han planteado reducir la dependencia de proveedores externos como
Starlink y desarrollar sistemas satelitales soberanos. Mientras tanto, Elon
Musk intervenía pública y repetidamente en la política alemana: en enero de
2025 transmitió en directo una conversación con la líder de la AfD, Alice
Weidel, ante una audiencia de más de 200.000 personas, afirmando que “solo la
AfD puede salvar Alemania”, aunque este partido está sometido a vigilancia por
sus postulados extremistas.
Reino Unido corre el riesgo de
caer en una trampa aún más profunda. El sistema nacional de salud opera sobre
la plataforma de datos de Palantir, valorada en 330 millones de libras, que
procesa decenas de millones de registros de pacientes. La alianza defensiva de
1.500 millones que convierte a Gran Bretaña en un centro neurálgico para los
sistemas de IA militar de Palantir agrava aún más la dependencia.
Cada nuevo contrato agranda la
trampa. Cuando Palantir se vuelve indispensable para las operaciones de
gobierno, cuando la OTAN adopta como estándar los drones de Anduril, cuando las
instalaciones nucleares alimentan los sistemas de IA que dirigen todo lo demás,
el cambio es irreversible. Lo que surge no es una operativa empresarial
tradicional, sino una transformación fundamental de la soberanía: de la
autoridad política ejercida a través de instituciones democráticas se pasa al
control técnico ejercido por agentes privados.
Mientras Bruselas debate sobre
“soberanía digital”, los ministerios europeos firman contratos que transfieren
funciones gubernamentales centrales a esa Pila Autoritaria. Cada nueva
dependencia restringe la autonomía política futura mientras incrusta la lógica
antidemocrática en la infraestructura del gobierno. Mientras Bruselas debate la
soberanía tecnológica, sus estados firman contratos que ceden funciones a la
Pila Autoritaria
La transformación política de
Silicon Valley en la era Trump 2.0 consolida a quienes Evgeny Morozov denomina
los “oligarcas-intelectuales”: capitalistas de riesgo que actúan como los
intelectuales orgánicos del capital del siglo XXI. No solo teorizan, sino que
evangelizan sobre nuevas formas de soberanía. A diferencia de los
intelectuales de la era industrial de Gramsci, que generaban adhesión a las
estructuras ya existentes, estas nuevas figuras difunden su evangelio mediante
la financiación de capital riesgo, las becas y la colocación de personas afines
en posiciones estratégicas, diseñando una gobernanza postdemocrática a través
de la infraestructura tecnológica que hace que la supervisión tradicional quede
obsoleta.
Lo que nació como una evasión
libertaria se ha transformado en una apropiación autoritaria. La misma red que
alguna vez defendió el seasteading y las criptomonedas para
escapar de la autoridad estatal ahora coloca a sus miembros en los niveles más
altos del gobierno. Al no haber podido construir instituciones paralelas, estos
actores han descubierto que resulta más eficaz convertirse ellos mismos en la
infraestructura del Estado.
El ejemplo más claro proviene
de las finanzas. Su jugada en el mundo cripto siempre fue ir a contracorriente:
comprar Bitcoin cuando nadie lo hacía, vender en máximos y recomprar tras el
desplome. Pues bien, han aplicado el mismo cronograma a la política: abrazar al
Estado cuando Silicon Valley predicaba la huida y promover el nacionalismo
conservador cuando las élites tecnológicas aún celebraban el globalismo. Ahora,
bajo la Ley GENIUS de Trump, las stablecoins se reclasifican
como “infraestructura de seguridad nacional”, otorgando a los emisores privados
poderes cuasi de bancos centrales. El secretario del Tesoro, Scott Bessent,
afirma que podrían generar hasta dos billones de dólares en nueva demanda de
bonos del Tesoro estadounidense: un sistema monetario privado que respalda los
déficits públicos.
Para ejercer el poder no basta
con ganar elecciones: hay que ganar contratos. Cada ciclo de adquisiciones
reduce la elección democrática hasta que la elección misma se vuelve
técnicamente limitada por infraestructuras construidas para servir a los inversores,
no a los ciudadanos. Los tecnoautoritarios lo saben. Por eso
han pasado de cuestionar la democracia a construir su reemplazo. No necesitan
convencer al votante, sino controlar la infraestructura estatal más crítica.
La democracia persiste como
una interfaz heredada, mantenida solo por motivos de estabilidad mientras es
sistemáticamente vaciada y reemplazada. La derecha tecnológica autoritaria de
Silicon Valley no teoriza sobre este mundo: ya lo está construyendo.
La autora. Por la soberanía
digital europea
Francesca Bria (Roma) es
economista de la innovación. Fue comisionada digital de Barcelona, presidenta
del Instituto de Innovación Italiano y, actualmente, promueve desde Berlín políticas
en favor de la soberanía digital europea. Es también consejera de alto nivel de
la Nueva Bauhaus Europea y consejera del Gobierno español sobre Inteligencia
Artificial. El trabajo íntegro sobre la deriva autoritaria puede
consultarse en este enlace.
Reseña del Manifiesto
de Francesca Bria sobre el golpe tecnoautoritario
La soberanía democrática enfrenta un golpe de Estado
silencioso, no ejecutado con tanques, sino con contratos de software y capital
de riesgo.
Por Rubén Tonzar
8 de Noviembre, 2025. Francesca Bria, economista italiana
y referente en innovación digital, presenta en su "Manifiesto sobre el
golpe tecnoautoritario" una tesis provocadora y urgente: la soberanía
democrática enfrenta un nuevo tipo de golpe de Estado, silencioso, sin tanques
ni generales, ejecutado mediante contratos de software, algoritmos y capital de
riesgo.
En su análisis,
la autora advierte que un "Complejo tecnológico-autoritario", con
epicentro ideológico y financiero en Silicon Valley, está reemplazando las
funciones esenciales del Estado-nación, transformando la gobernanza democrática
en un modelo empresarial de control privado.
El complejo tecnológico-autoritario
Bria identifica
una nueva alianza de poder, más veloz y opaca que el clásico complejo
militar-industrial. No depende ya del Estado, sino que lo absorbe. En este
ecosistema, grandes empresarios tecnológicos —Peter Thiel, Elon Musk, Marc
Andreessen, David Sacks, Palmer Luckey y Alex Karp— actúan como
"oligarcas-intelectuales", según la definición de Evgeny Morozov. No
buscan solo influir en la política: pretenden rediseñar la soberanía misma como
un activo corporativo.
Estos actores
promueven una ideología que concibe la libertad de mercado como incompatible
con la democracia. La célebre frase de Thiel, citada por Bria —"La
libertad y la democracia ya no son compatibles"— sintetiza este credo. A
través de su poder económico y tecnológico, estas corporaciones construyen un
nuevo orden donde las funciones públicas (seguridad, comunicación, energía,
defensa) se reconfiguran como servicios privados, controlados por accionistas y
fondos de inversión.
A diferencia del
autoritarismo tradicional, que se sostenía en la coerción y la propaganda
estatal, este nuevo modelo ejerce su dominio a través de infraestructuras y
plataformas. Bria define esta estructura como la "Pila Autoritaria",
una red de empresas y tecnologías que constituyen el soporte operativo del
nuevo poder.
Anatomía del control
La "Pila
Autoritaria" funciona como una arquitectura integrada de dominación
tecnológica y financiera. Bria identifica cuatro componentes principales:
• Palantir: descrita como el "sistema
operativo del gobierno de EEUU", su software gestiona inteligencia
militar, logística y presupuestos públicos. Con contratos que superan los u$s
10.000 millones, la dependencia del Estado respecto de esta empresa simboliza
la privatización de la soberanía informacional.
• Anduril: creada por Palmer Luckey, provee
sistemas de defensa autónomos y plataformas de mando de guerra sin intervención
humana. Su tecnología "Lattice" permite planificar operaciones con
total autonomía algorítmica, eliminando el control civil sobre la guerra.
• SpaceX y Starshield: en la órbita de Elon Musk,
representan la privatización de las comunicaciones satelitales. Según Bria, la
OTAN depende hoy de una infraestructura orbital controlada por un empresario
con una agenda política propia, un riesgo directo para la autonomía estratégica
occidental.
• General Matter: provee energía nuclear avanzada
para alimentar los centros de datos y la inteligencia artificial de la Pila
Autoritaria. La ecuación es clara: "Cuanta más energía se invierte, más
inteligencia se produce", resume Bria, citando a Chris Wright, secretario
de Energía estadounidense.
Estas capas
interconectadas no complementan al Estado: lo sustituyen. Las funciones básicas
de información, defensa, energía y comunicación —pilares de la soberanía— se
están trasladando a manos privadas.
Contratos, puertas giratorias y captura institucional
Bria sostiene
que la expansión de este sistema no fue un accidente, sino el resultado de una
estrategia deliberada para fundir los límites entre Estado y corporaciones. Las
tradicionales "puertas giratorias" se transformaron en un entramado
permanente de intereses compartidos.
La autora
documenta casos concretos: J.D. Vance, hoy vicepresidente de EEUU, recibió de
Peter Thiel la mayor donación individual en la historia del Senado; Michael
Obadal, subsecretario del Ejército, mantenía acciones en Anduril mientras
adjudicaba contratos a la misma empresa; varios exejecutivos de Palantir —como
Gregory Barbaccia y Clark Minor— pasaron a dirigir programas estatales que
benefician a su antiguo empleador. Incluso el Pentágono llegó a designar a directivos
de Meta, Palantir y OpenAI como tenientes coroneles, difuminando por completo
la frontera entre contratista y mando militar.
Esta simbiosis,
afirma Bria, equivale a la creación de un "Estado privatizado", en el
que la soberanía se negocia mediante contratos, no elecciones.
El capital como gobierno directo
Los fondos de
inversión actúan como instrumentos de control político. El Founders Fund de
Thiel, Andreessen Horowitz (a16z) y 1789 Capital no son simples intermediarios
financieros, sino mecanismos de "gobernanza activa". Su estrategia
consiste en financiar empresas alineadas con su ideología —nacionalismo
tecnológico, desregulación extrema y antiestatismo— y excluir a las que no lo
están.
Bria define este
fenómeno como "capital patriótico", una alianza entre dinero,
tecnología y poder estatal. Estos fondos son los principales impulsores de las
empresas que conforman la Pila Autoritaria —Palantir, Anduril, SpaceX y General
Matter— y representan la consolidación de un nuevo bloque de poder global,
donde el capital sustituye a la política como forma de gobierno.
La paradoja europea
La advertencia
más fuerte de Bria se dirige a Europa, atrapada en lo que llama una
"contradicción estructural": busca la autonomía digital, pero
refuerza su dependencia de las corporaciones estadounidenses. Cada contrato
tecnológico firmado por los Estados europeos equivale, según la autora, a una
cesión de soberanía.
Ejemplos sobran.
En Alemania, el ejército coopera con Anduril y Rheinmetall para fabricar drones
"nacionales", aunque dependen de actualizaciones que provienen de
servidores en California. En Reino Unido, el sistema de salud público (NHS)
opera sobre la plataforma de datos de Palantir, mientras el Ministerio de
Defensa firma acuerdos de inteligencia artificial militar con la misma empresa.
En Italia, las fuerzas armadas integran la red Starlink de Musk, entregando el
control de sus comunicaciones estratégicas a un proveedor privado extranjero.
Así, mientras
Bruselas discute sobre "soberanía digital", las instituciones
europeas entregan el control operativo de su infraestructura a la Pila
Autoritaria. El resultado es una soberanía nominal, sostenida sobre bases
tecnológicas que no les pertenecen.
La democracia, "interfaz obsoleta"
En su
conclusión, Bria lanza una advertencia tan lúcida como perturbadora: la
democracia está siendo vaciada desde dentro. Los tecnoautoritarios ya no buscan
destruir las instituciones, sino reemplazarlas silenciosamente. Su estrategia
es estructural: dominar los cimientos tecnológicos que permiten el
funcionamiento del Estado moderno.
El poder real
—dice Bria— ya no se disputa en las urnas, sino en la infraestructura.
"¿Para qué ganar votantes, si es mejor ganar contratos?", se
pregunta. En este nuevo paradigma, el voto ciudadano deviene un ritual
simbólico, mientras las decisiones efectivas se toman en juntas de inversión y
laboratorios de software.
La autora
concluye con una imagen poderosa: la democracia como una "interfaz
heredada", mantenida por motivos de estabilidad, pero completamente
vaciada de contenido político. Las instituciones continúan funcionando, pero su
código operativo fue reescrito por el poder corporativo.
Una advertencia necesaria
El
"Manifiesto sobre el golpe tecnoautoritario" no es un texto
catastrofista, sino un llamado a repensar la relación entre tecnología y
soberanía. Bria no propone un rechazo al progreso, sino una reconstrucción del
control público sobre la infraestructura digital. Recuperar la soberanía
democrática —sostiene— implica recuperar el control sobre los sistemas de
información, energía, defensa y comunicación que sustentan nuestras sociedades.
En última
instancia, su advertencia es clara: si los ciudadanos y los gobiernos
democráticos no reaccionan, el siglo XXI será recordado como la era en que el
poder dejó de estar en los gobiernos nacionales y pasó a las nubes de datos. La
soberanía ya no se vota, se subcontrata.
Los cinco ámbitos de la
soberanía privatizada Guillem Blasi