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domingo, 28 de julio de 2019

EL FUTURO EN CRISIS. LA INCERTIDUMBRE DEL PRESENTE NOS ARREBATA EL PORVENIR


Héctor H. Guyot. LA NACIÓN. 28 de julio de 2019
Era temprano y tenía que llevar a mi hija menor a la estación. Como no salía, me asomé a su cuarto. La encontré sentada en la cama, con el celular en la mano. Le dije que dejara sus mensajes para después, que se le hacía tarde, pero no reaccionó. Alzó los ojos y me miró con una expresión desconsolada en la que adiviné, alarmado, el preludio de una mala noticia.

-El mundo podría acabar en 2050 -dijo con un hilo de voz.
-¿De dónde sacaste eso?
-Lo dice la ONU. Por el deshielo del Ártico, la desertificación, la contaminación del aire.

Le dije que el calentamiento global era cosa seria, pero que ese pronóstico era sin duda la interpretación exagerada de algún medio amarillista. Que la Tierra no sería destruida, que no podía haber tal colapso en treinta años, que si no se apuraba perdería el tren. Ella insistió. Pocas veces la había visto tan angustiada. Logré que se pusiera en marcha, pero no aplacar el impacto de aquella profecía del fin.

-¿Entonces no puedo pensar en tener hijos? -dijo en el auto.
Se había abierto un agujero negro en su futuro.

Es curioso que yo, que siento la pérdida del mundo tal como lo conocí, me haya afanado en convencer a mi hija, que a sus 19 años es puro futuro, de que hay mundo para rato. Más allá de mis funciones de padre, debo reconocer que por momentos comparto ese desasosiego que en ella finalmente resultó, por suerte, tan intenso como fugaz.

Hoy el futuro está en crisis. Primero, por algo bien concreto: la amenaza que supone para la Tierra y la vida en ella el calentamiento global. Para muchos, vivimos un presente sin porvenir, determinado por el karma que la explotación desmedida de la naturaleza ha generado.

Pero hay algo más sutil: en el orden personal, cotidiano, el futuro tampoco es lo que era. En verdad, lo que está en jaque es el tiempo, la idea que tenemos de él y sobre todo el modo en que lo habitamos. La revolución tecnológica ha saturado el presente de información y de consumos, lo que provoca la fragmentación de la atención humana y del tiempo entendido como duración, como trayectoria, como línea que permite una narrativa y un sentido. Los estímulos de la vida online conspiran contra una verdadera conexión con el presente, aquella que nos comunica con el pasado del que venimos y nos proyecta, como potencia abierta, hacia el futuro.

Al futuro, entonces, se lo mata en tiempo presente. En una actualidad por otra parte llena de incertidumbres por los cambios de paradigma que genera la migración de la vida al espacio virtual, mientras se ensancha la brecha entre los que más tienen (unos pocos) y los que menos (la inmensa mayoría). Sin futuro, o con un porvenir que despierta temor, el voto va hacia demagogos que venden imposibles vueltas al pasado y que, una vez en el poder, desmantelan las democracias, hoy puestas en duda sin reemplazo a la vista.

Abordemos primero la amenaza concreta. La profecía de la catástrofe que preocupó a mi hija resultó exagerada. Puede que nos espere un cataclismo, pero al parecer no será tan pronto. Según lo firmado en el Acuerdo de París, el calentamiento global no debería superar a fines del siglo XXI los 2 grados por encima de los niveles preindustriales. Hoy, dicen los expertos, estamos en un 0,7 o 0,8. Sin embargo, de mantener la actividad económica actual, llegaríamos a las puertas del próximo siglo con un aumento de temperatura de más de 3. Hasta 2 grados, la cosa sería manejable. A partir de allí habría un efecto multiplicador que desencadenará tormentas y sequías mucho más violentas y agudas.

Actuar ahora
"Hay dos temas críticos -dice Luis Castelli, director ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro-. El cambio climático y la pérdida de la biodiversidad. Se está rompiendo la infraestructura natural del mundo, pero esto no se percibe tanto como el calentamiento. Ambas cuestiones interactúan y aceleran el proceso. Para no superar un aumento de los 2 grados a fines de siglo, deberíamos llegar a 2050 sin emisiones de gases de efecto invernadero. Eso implica dejar de deforestar y abandonar el petróleo fósil. De lo contrario, las transformaciones nos afectarán a todos, y sobre todo a los más pobres. Para evitar grandes daños ambientales es imperioso tomar medidas ahora. El futuro depende cada vez más de lo que hagamos hoy".

Para Castelli, hay un futuro. Y son los jóvenes, que impulsan una campaña global de protesta contra la inacción de los políticos ante el cambio climático. Fridays For Future ganó impulso gracias a la estudiante sueca Greta Thunberg, que en agosto pasado empezó a protestar contra el calentamiento todos los viernes frente al Parlamento sueco. El movimiento prepara la tercera huelga global por el clima para el próximo 20 de septiembre. Los jóvenes tienen una conciencia ecológica mayor, señala Castelli. Son capaces de construir una sociedad más respetuosa de la naturaleza y más pacífica.

"La perspectiva de la crisis ambiental planetaria parece exponer a la especie no tanto al riesgo de una muerte súbita como al agravamiento de una enfermedad degenerativa, cuyo solapado inicio no habríamos detectado -describen Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro en ¿Hay un mundo por venir? (Caja Negra)-. Si las cosas continuaran en el rumbo en el que están, la narrativa más verosímil nos dice que, efectivamente, todos viviremos cada vez peor, en un mundo cada vez más parecido a aquellos concebidos por las distopías de Philip K. Dick".

Hombre y máquina
Hay otras narrativas del futuro colectivo acaso más optimistas, pero no menos inquietantes. Una de ellas es la que pregona el advenimiento del hombre capaz de trascender la biología gracias a una nueva naturaleza poshumana que llegaría de la mano de la tecnología. Se trata de la tesis defendida por los pensadores de la "singularidad", como Ray Kurzweil, director de Ingeniería de Google. Para ellos, una suerte de nuevo superhombre nietzscheano encarnaría los valores de este presente cibernético en un orden ecopolítico de abundancia, muy ajeno a las limitaciones que podría oponer, por ejemplo, la preocupación por la ecología.

Una variante de izquierda de esta suerte de fe es el llamado "aceleracionismo", que apuesta a acelerar un capitalismo "hegemónico e irreversible" para trascenderlo mediante la tecnología cuando se celebren las bodas del hombre y la máquina. En ambos casos, se trata de un futuro en el cual no tendría lugar el hombre tal como lo conocemos. Tal vez se trate entonces de un final y un nuevo comienzo.

Entre los finales distópicos que describen Danowski y Viveiros de Castro en su libro está el que plantea La carretera, novela de Cormac McCarthy. En ella, un hombre y su hijo recorren una tierra yerma tras un desastre planetario de causas desconocidas, en medio de otros sobrevivientes que subsisten como pueden y que, como ellos, deambulan sin rumbo. "Quienes caminan por la ruta no llegarán a ningún lugar, por el simple motivo de que ya no hay ningún lugar al que llegar. No hay salida", señalan los autores de ¿Hay un mundo por venir?

Hoy, en plena posmodernidad, vivimos el fin de los grandes relatos relativos al porvenir. "La ausencia de futuro ya comenzó", escribió el filósofo polaco Günther Anders tras el horror de Hiroshima. El antropólogo francés Marc Augé dice que a partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín, empieza una nueva historia, mucho más veloz, que nos cuesta comprender. En su libro Futurabilidad (Caja Negra), el pensador italiano Franco "Bifo" Berardi sitúa el comienzo del cambio en 1977, año en que Steve Woniak y Steve Jobs crearon la marca Apple en Silicon Valley mientras en una Londres punk Sid Vicious gritaba aquello de "No Future". Luego, dice, sobreviene "una mutación de la composición molecular del organismo humano y social" provocada por la tecnología y sus dispositivos, que al ocupar todo resquicio de libertad priva al humanismo de sus fundamentos.

¿Hacia dónde va, entonces, el mundo hoy? Revolución tecnológica mediante, nadie lo sabe a ciencia cierta. Va hacia donde lo lleven las máquinas, podríamos decir. Lo que sí percibimos es que los estímulos de la vida online han astillado el tiempo personal con un presente sobrecargado y agobiante en el que lo simultáneo reemplaza la antigua noción de causa y efecto, propia de la concepción del tiempo lineal surgida en la Modernidad.

"El presente se volvió hegemónico -dice Augé en ¿Qué pasó con la confianza en el futuro? (Siglo XXI)-. A los ojos del común de los mortales, ya no surge de la lenta maduración del pasado, ya no deja traslucir los lineamientos de posibles futuros, sino que se impone como un hecho consumado, abrumador, cuyo súbito surgimiento escamotea el pasado y satura la imaginación del porvenir".

Rumbo y sentido
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han reflexiona en ese sentido: la crisis del futuro radica en el modo en que vivimos el presente. Hoy el tiempo carece de un ritmo ordenador, afirma. Ya no es capaz de encadenar los acontecimientos para dotarlos de sentido. Atomizado el tiempo, se atomizan también la vida y la identidad. "Las cosas ya no siguen una trayectoria que las ligue a un contexto -dice en El aroma del tiempo (Herder)-. De este modo quedan reducidas a átomos que se pierden en un hiperespacio vacío de sentido". La vida como zapping.

Esto, claro, tiene consecuencias. "La atomización, el aislamiento y la experiencia de discontinuidades también son responsables de diversas formas de violencia. En la actualidad, cada vez se desmoronan más estructuras sociales que antes proporcionaban continuidad y duración. Prácticas sociales tales como la promesa, la fidelidad o el compromiso, que crean un lazo con el futuro y trazan un horizonte, que crean una duración, pierden importancia".

La vida empieza a replicar la lógica de la Web, que también carece de dirección o rumbo. En la Web, dice Han, no hay transiciones ni caminos. No hay historia. El espacio de la Red está formado por acontecimientos o circunstancias discontinuas. "El tiempo de la red es un tiempo-ahora, discontinuo y puntual. Se va de un link a otro, de un ahora a otro. El ahora no tiene ninguna duración".

Horizontes posibles
En un presente cargado de distopías, ¿a qué horizontes podemos aspirar? ¿Qué utopías quedan? Augé afirma que el iluminismo sigue siendo una referencia revolucionaria, porque despertó en su momento la conciencia crítica del individuo que el Antiguo Régimen pretendía adormecer, un combate que nunca está del todo ganado. Por eso afirma en su libro que la nueva utopía es la educación para todos. "Si no se realizan cambios revolucionarios en el dominio de la educación, hay un riesgo de que la humanidad de mañana se divida entre una aristocracia del saber y de la inteligencia y una masa cada día menos informada de todos los desafíos del conocimiento. Esta desigualdad reproducirá y multiplicará la desigualdad de las condiciones económicas. La educación es prioridad de prioridades".

Han propone una suerte de antídoto contra la fragmentación, que permitiría recuperar lo que él llama "el aroma del tiempo": el arte de la demora contemplativa, que hoy se ha perdido por la entronización de la vida activa y la autoexigencia del rendimiento. La demora contemplativa es un acto de resistencia porque presupone que las cosas tienen una duración. Una idea que contradice tanto la presión del consumo como la eficiencia funcional de los algoritmos, que por definición evitarán cualquier demora.

La eficiencia funcional de las máquinas, trasladada a la vida, hace que lo queramos todo ya. Cualquier intervalo espacial o temporal que nos separa de nuestro objetivo se convierte en un obstáculo que hay que eliminar. El anhelo de satisfacción instantánea nos condena al zapping. Por eso Han rescata la demora, la duración, el intervalo que separa el lugar de partida de la meta. En síntesis, el camino. Y, junto con el camino, la idea de peregrinaje. "La peregrinación, por ejemplo, no es un espacio intermedio vacío que habría que recorrer lo más rápido posible -escribe-. Es, más bien, constitutiva de la meta a la que se llega. Estar en camino adquiere aquí una gran importancia. El caminar apunta a la penitencia, la sanación o el agradecimiento. Es una plegaria. El peregrinaje no es un mero andar, sino una transición hacia un lugar. El peregrino se dirige, temporalmente, al futuro, en el que espera la curación".

El futuro es también el asiento de la esperanza y el anhelo. Una dimensión donde, queremos creer, la redención es posible. Tal vez no deje de ser de ese modo si peregrinamos hasta allí. En ese tránsito quizá encontremos al futuro, como sugiere Han, en el presente del camino.

miércoles, 3 de abril de 2019

BIOHACKERS: BIOLOGÍA DE GARAJE PARA MEJORAR AL SER HUMANO


POR GENÉTICA MÉDICA · PUBLICADO EL 11 DE OCTUBRE DE 2018 ·

Desde hace ya un tiempo, el concepto de biohacking está aumentando en popularidad debido a una serie de noticias sobre el tema que han tenido un gran impacto como por  ejemplo la muerte del biohacker Aaron Traywick, fundador y CEO de la empresa Ascendance Biomedical. El pasado año, en octubre, Traywick causó polémica en los medios al inyectarse en público un tratamiento génico experimental que había desarrollado su empresa, con el fin de demostrar su seguridad.

El biohacking es una tendencia científica que nace a partir de un movimiento cultural conocido como transhumanismo. Los adeptos al movimiento transhumanista buscan la transformación y mejora del ser humano mediante el uso de diferentes tecnologías que sumen nuevas capacidades a las que ya posee por sí mismo. Con este movimiento como referente, al igual que un informático puede hackear un sistema electrónico para añadirle funciones para las cuales no está expresamente diseñado, los biohackers modifican el propio cuerpo humano para otorgar diferentes capacidades al organismo. Esta idea fue la que pretendía llevar a cabo hace unos años el activista biohacker Josiah Zayner cuando se inyectó un preparado con la herramienta CRISPR para editar su genoma y mejorar su musculatura.

En la corriente científica del biohacking se fusionan dos pensamientos: el transhumanismo y la “biología de garaje”. De esta forma, los biohackers apoyan la accesibilidad de los materiales científicos y la modificación biológica del ser humano y de su entorno.

Si bien es cierto que una de las herramientas que utilizan los biohackers para modificar el cuerpo humano es la ingeniería genética, también se considera biohacker a todo aquel que modifica su cuerpo con diferentes dispositivos electrónicos. Un ejemplo de este segundo tipo de biohacking son los transhumanistas como Lepht, biohacker británica que ha implantado en su cuerpo más de 50 dispositivos subdérmicos.

El biohacking no solo es un concepto transhumanista. Otro pensamiento que se fusiona en esta corriente científica es el de la accesibilidad a la ciencia. Se considera biohacker a toda persona que intenta ofrecer a ciudadanos ajenos a las instituciones científicas instrumentos y métodos para modificarse tanto a sí mismos como a su entorno. Como ejemplo de este tipo de biohackers encontramos a investigadores como Daniel Grajales, Álvaro Jansá y el resto de fundadores de la empresa DIYBIO, el primer grupo de biohacking en España. En una reciente entrevista, Alvaro Jansà y Daniel Grajales definían el biohacking como “sacar la ciencia de los grandes centros de investigación de la Big Pharma, llevarla al garaje y empezar a pensar en nuevas maneras de usarla”. Al igual que el resto de adeptos del movimiento pro-biohacking, el fallecido Traywick también pensaba que la tecnología debe estar al alcance de todos. Y ese es el lema de Ascendance Biomedical: “Hacemos tecnologías biomédicas disponibles para todos”, al igual que el de muchas otras compañías, como la empresa estadounidense The Odin. Esta última empresa ofrece la capacidad de obtener kits de ingeniería genética preparados para utilizarlos en casa.

Actualmente, el biohacking causa cierta controversia en todo el mundo, aunque no tanto por su aspecto transhumanista como por su apoyo a la accesibilidad de los materiales y métodos científicos. Por un lado, encontramos entre los defensores del biohacking a las empresas norteamericanas Ascendance Biomedical, de la cual fue CEO el fallecido Aaron Traywick, o The Odin, fundada por el biohacker Josiah Zayner. Por otro lado, contrarios al biohacking encontramos a muchos otros científicos.

Entre las compañías defensoras de este movimiento científico, Ascendance Biomedical facilita al comprador la participación en los ensayos clínicos de diferentes tratamientos médicos o estéticos basados en la ingeniería genética. Dos ejemplos notorios son su investigación en el tratamiento contra el VIH/SIDA o su terapia para optimizar el metabolismo y la actividad muscular. En el segundo caso, The Odin da acceso a sus clientes a un conjunto de herramientas diversas para modificar genéticamente diferentes organismos, como por ejemplo primers de DNA, plásmidos o CRISPR personalizado.

Un punto a favor respecto al biohacking que defienden estas empresas es que, pese a tener las herramientas necesarias, aquellos que no tienen ningún conocimiento teórico ni procedimental de las técnicas de laboratorio, son incapaces de realizar correctamente sus proyectos. Para comprobar esta realidad, John Cohen, uno de los reporteros de la revista Science, decidió realizar un experimento: seguir las instrucciones de un investigador postdoctoral para modificar un plásmido mediante la técnica CRISPR-Cas9. El resultado de Cohen fue un fracaso, mientras que el experimento control realizado por su instructor funcionó perfectamente. El problema fue que Cohen, al no tener la experiencia y conocimientos necesarios, no fue capaz de realizar correctamente la técnica. Este experimento podría apoyar la idea del biohacking de proporcionar los materiales a todo el mundo, ya que únicamente aquellos que realmente conozcan las técnicas y las hayan llevado a cabo serán capaces de finalizar sus proyectos de forma correcta. Como el mismo Cohen afirma: “He aprendido que no cualquier idiota puede realizar el CRISPR: se necesita, como mínimo, habilidades básicas de laboratorio”.

Contrarios a estos argumentos, muchos científicos apuestan por que la ciencia se mantenga en manos de aquellas entidades conocedores de los cuidados y precauciones necesarios para la correcta realización de una investigación. Por ejemplo, Lluís Montoliu, doctor en Biología e investigador científico del CSIC  y del Centro de Investigación Biomédica en Red en Enfermedades Raras, nos hablaba del biohacking como “una moda que genera un terrible ruido mediático”. Según Montoliu, “Es necesario usar el sentido común. Esto no son técnicas que uno pueda hacer en el garaje. Hay que hacerlas con una responsabilidad. Se ha de intentar adaptar la legislación para que la utilización de estas tecnologías esté reglada y todo el mundo sepa a qué atenerse”.

Los dos puntos de vista se unifican en casos específicos como los de Dana Lewis o John Costik. En estos casos, los “biohackers” han conseguido desarrollar en sus propias casas tecnologías que han ayudado a mejorar la calidad de vida de muchos pacientes. John Costik, un ingeniero de software neoyorkino, ha desarrollado un método para monitorizar la glucosa en sangre de su hijo enfermo de diabetes tipo 1. Desde que diagnosticaron a su hijo Evan a los cuatro años, la vida de Costik y su pareja era “una pesadilla estando despiertos”. Su preocupación disminuyó cuando se puso a la venta el sensor continuo de glucosa Dexcom G4, un sensor subdérmico capaz de monitorizar cada 5 minutos en un dispositivo la glucosa en sangre del pequeño Evan. Aun así, esta tecnología tenía sus limitaciones en cuanto a la supervisión cuando el niño no estaba en casa, así que Costik desarrolló una forma de poder monitorizar la glucosa en sangre de Evan desde su teléfono. De esta forma, la pareja era capaz de saber el nivel de glucosa en sangre de su hijo a kilómetros de distancia. No contento con esto, consiguió que su móvil notificase los momentos en los que Evan tenía poca glucosa en sangre y ofreció el código utilizado al resto de usuarios de Dexcom G4.

Uno de estos usuarios, Dana Lewis, tuvo una idea fruto de ser despertada repetidas veces en la noche por las notificaciones en su teléfono: conectar la aplicación desarrollada por Costik a su bomba de insulina para que funcionase automáticamente en respuesta a los niveles de glucosa en sangre, como un páncreas. Lewis, junto a su marido, Scott Leibrand consiguieron crear una bomba que, conectada al dispositivo Dexcom G4 y a un ordenador portátil, determinaba la cantidad de insulina necesaria para regular los niveles de glucosa en sangre y la bombeaba al torrente sanguíneo. Casos como estos han favorecido que el biohacking se haya desarrollado exponencialmente en los últimos años, pese a que esta corriente científica ya existía a finales de los noventa.

En resumen, es obvio que el movimiento del biohacking es capaz de abrir las puertas a una cantidad impresionante de nuevos tratamientos experimentales, pero de este movimiento al “libre albedrío científico” hay solo un paso y tanto quienes están a favor como aquellos en contra son conscientes de ello. De hecho, algunos de los que más activamente defendieron el biohacking ya lo consideran un error, como ha sucedido con el fundador de la empresa “The Odin”, Josiah Zayner. Meses después de su “debut” como biohacker y tras observar la repercusión que sus acciones tuvieron sobre el público, confesó que se arrepentía. “Alguien se va a hacer daño”- declaró Zayner en una de sus entrevistas, admitiendo que es preciso tener conocimientos y control sanitario para aplicar este tipo de técnicas de bioingeniería en humanos.

Es necesaria, por tanto, cierta reflexión sobre cuál es el límite para la modificación del cuerpo humano. Es igualmente precisa la generación de una legislación que minimice los daños que puedan causar este tipo de prácticas.

domingo, 27 de enero de 2019

PLAN DE ELON MUSK PARA CONVERTIR SERES HUMANOS EN CYBORGS

Elon Musk creó la empresa Neuralink para optimizar el cerebro humano
A Elon Musk le preocupa el avance de la inteligencia artificial. En más de una oportunidad habló de los riesgos que esto puede implicar para el futuro. Los robots podrían quedarse con los empleos, incluso regir el destino de los humanos y hasta convertirse en poderosas máquinas asesinas. De hecho, una de sus preocupaciones es el empleo del machine learning en el desarrollo de armas de guerra cada vez más precisas, destructivas y autónomas.
Ante este panorama, Musk cree que es necesario convertirse en cyborgs súper capaces. Su idea es lograr una integración entre los humanos y la inteligencia artificial. Con esta finalidad, creó la empresa Neuralink, hace más de dos años.
La compañía, según se destaca en su sitio oficial, está desarrollando interfaces máquina-cerebro de banda ancha de avanzada para conectar personas y computadoras.
Para lograr este ambicioso plan, se busca implantar pequeños electrodos en el cerebro para que éste adquiera capacidades computacionales.
"La aspiración a largo plazo, con las redes neuronales, sería lograr una simbiosis con la inteligencia artificial y una democratización de la inteligencia, de manera tal que no sea sostenida de manera monopólica y puramente digital por gobiernos y grandes corporaciones", explicó Elon Musk, en una entrevista que le concedió a Axios, en noviembre del año pasado.
Cyborgs. (Shutterstock)
"¿Cómo aseguramos de que el futuro constituya la suma de las voluntades de la humanidad? Si tenemos miles de millones de personas con conexión al gran ancho de banda de la extensión de inteligencia artificial de ellos mismos, en realidad haría a todos muy inteligentes ", añadió el empresario.
La empresa está en plan de expansión e investigación. En el sitio se explica que se están buscando ingenieros y científicos "excepcionales" para este proyecto. Y se aclara que no es necesario tener experiencia en el campo de la neurociencia. "Es más importante el talento y el ímpetu", se lee.
Para Musk, es necesario que los humanos se conviertan en cyborgs para no ser arrasados por las máquinas. En este sentido, su propuesta para salvar a la humanidad es añadir una capa de inteligencia artificial al cerebro.
Tal como explicó en una conferencia que dio en La Cumbre Mundial del Gobierno, en Dubai, el año pasado, hay que lograr "una fusión entre la inteligencia biológica y la de las máquinas" para que los humanos sigan siendo productivos y competitivos en el mundo. De otro modo, quedarán (quedaremos) a la merced de los robots.
Musk no es el único preocupado por el avance de las máquinas y su impacto en la vida humana. En junio de 2018, la Comisión Europea designó un comité de expertos para que ayuden a regular el avance de la inteligencia artificial.
Algunos tiene una visión más apocalíptica del futuro. Otros ven más beneficios que amenazas. Pero en lo que todos coinciden es que estamos atravesando una revolución tecnológico que está generando una gran transformación social y económica.