Mostrando entradas con la etiqueta Medicina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Medicina. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de junio de 2020

EL FUTURO YA LLEGÓ: LAS CINCO REVOLUCIONES QUE ACELERÓ EL CORONAVIRUS EN ARGENTINAL


Desde la economía a la salud o la educación, la pandemia profundizó transformaciones que venían en proceso. En todas es protagonista la tecnología. Y, afirman los expertos, sus efectos son irreversibles.
Irene Hartmann. 04/06/2020. Clarín.com Sociedad

Estamos sentados en la platea. Proyectan “la realidad”. No toda sino la de los últimos meses, desde el inicio de la pandemia de coronavirus​. A la salida, charla va, charla viene, notamos que vimos películas distintas.

Para unos fueron escenas desesperantes: la desigualdad y la pobreza, aceleradas y en ebullición. Hospitales explotados de enfermos, millones de despedidos, industrias paradas, chicos no educados, jóvenes encerrados, ancianos deprimidos, geriátricos en rojo. Y los muertos.

Para otros, el filme resumió el empuje de la humanidad: escenas de cofradía y del "Estado presente". Lazos comunitarios engrosados, un avance científico inédito en la historia, la tecnología y la informática en su mayor esplendor. Todo enmarcado por las bondades del mundo virtual, la matriz que nos cobija e integra. La que achica distancias y burla el encierro.

El coronavirus está cambiando nuestras vidas. No de la mano de fenómenos novedosos sino a través de cambios que ya acontecían entre nosotros, pero que ahora aceleraron su ritmo. Varios expertos consultados por Clarín analizan cómo. Y sentencian: los efectos son irreversibles.

Trabajo
Qué transformaciones está empujando el coronavirus en la economía, las finanzas y el empleo​ son preguntas irritantes: señalan lo que a las claras todos padecemos. Y “todos” es el 89% de los latinoamericanos que vieron sus ingresos trastocados por la pandemia, según los datos del “Barómetro Covid-19” de Kantar.

Mariana Luzzi es socióloga, investigadora del Conicet y docente de “Problemas socioeconómicos contemporáneos” en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Acaba de publicar “El dólar, historia de una moneda argentina (1930-2019)”. Clarín la contactó en busca de algún paralelismo con otro momento de la historia en que los cambios en la economía hayan sido semejantes.

 “¿Las revoluciones industriales? No, no me parecen comparables a la pandemia. En todo caso el coronavirus sería como las grandes crisis económicas, la de 2001 o la de 1989, por la combinación de efectos económicos de alto impacto en la vida cotidiana. En este momento no solo cayó mucho la actividad y creció el desempleo sino que, de un día para el otro, cambió cómo compramos todo y cómo accedemos al dinero. Es lo más parecido a un desastre climático: un mega tornado que generó un estado de shock”.

En la cuarentena, las billeteras virtuales cobraron relevancia. Pero Luzzi resaltó que "cuando uno mira el mapa de la Argentina, cómo se distribuye el acceso a los servicios bancarios, cajeros por ejemplo, las desigualdades en el país son inmensas. Estas cuestiones ya se veían, pero la pandemia dejó al desnudo las consecuencias múltiples del acceso inequitativo a esos servicios”.

Al mismo tiempo se volvió evidente “cuánto pesa el efectivo en las transacciones cotidianas: gente que tiene tarjetas, pero usa efectivo por costumbre o porque no hay posnet donde compra. El sistema está poco bancarizado, aunque claramente en estos días las transacciones con tarjeta y pagos electrónicos crecieron muchísimo. Ya pasaba, pero la coyuntura hizo que se instalara”.

Y así como tras la crisis de 2001, “muchos empezaron a usar la tarjeta de débito porque no tenía restricciones en los pagos y por la devolución del 5% del IVA, de este contexto se puede esperar algo similar: un salto hacia una profundización mayor de la bancarización”.

Hablando de dinero, Gustavo Sambucetti, director institucional de la Cámara Argentina de Comercio Electrónico (CACE), recordó la importancia del e-commerce en la formalización de la economía (el 92% de las compras online se pagan con tarjetas). Además, explicó que los cambios comerciales por la crisis sanitaria se dan a ambos lados del mostrador.

"Hay consumidores que ya compraban online y ahora se lanzan a más rubros, y hay otros que nunca se habían animado y lo están haciendo, obligados por la cuarentena. En las primeras semanas vimos un crecimiento del 300% en supermercados y del 60% en farmacias”, detalló.

De lado de la oferta, la caída del consumo es indiscutible, con cientos de industrias paradas. Pero hay matices por sector: “En un contexto difícil para todos, algunas empresas se volcaron de lleno al comercio electrónico y les está yendo mejor que antes. Hasta ahora les representaba algo tibio, menos del 15% de sus ventas. Pero está cambiando. Hablando con gerentes de e-commerce de compañías grandes me dicen 'De repente me convertí en la persona más importante de mi empresa y están escuchando mi plan de negocios'”.

“Por el ahorro de tiempo, de energía y el bajo riesgo sanitario de las compras online”, el director de la CACE aseguró que "este crecimiento es un punto de inflexión en una industria que ya venía creciendo (con una facturación, en 2019, de 404.000 millones de pesos y 146 millones de productos comercializados). Ya en la prepandemia veíamos una adopción del online para categorías más cotidianas, aparte de comprarte la tele... Esto va a generar una profundización de esa tendencia”.

Los desafíos no son menores: “En la parte física del comercio electrónico tendrá que haber cambios. A muchos esto los agarró desprevenidos. Las empresas de logística no estaban preparadas... no tienen la infraestructura para absorber un volumen de ventas tan alto”, admitió. El afianzamiento del sector también exigirá, subrayó, una regulación acorde, “sin grises irresueltos respecto del personal de logística, como los repartidores de Glovo, Rappi o PedidosYa. La postura de la Cámara es ayudar a que realicen el servicio en un marco regulatorio acordado”.

El del empleo no es un tema menor para Eduardo Sebriano, docente de la Universidad Di Tella y experto en conocimiento del consumidor y tendencias de consumo masivo: “Con la tendencia al teletrabajo o home-office, hay una mayor fragmentación en la vida de la gente. Ya no se trabaja ocho horas sino que un rato trabajás, otro rato hacés sociales; otro, estudiás o atendés a los chicos. Las rutinas están quebradas y las que más lo padecen son las mujeres porque, por la estructura patriarcal aún en pie, el cuidado de las personas mayores y niños recae mucho sobre ellas”. Nada de esto es nuevo: “La flexibilización de roles ya estaba presente y ahora se acelera. La incertidumbre hace que, para sobrevivir, tengas que estar aprendiendo todo el tiempo, lo que nos fragmenta cada vez más”. Para Sebriano, está en juego el grado de plasticidad individual.

Pero esa capacidad se ve jaqueada (o estimulada, según como se lo mire) por un devenir ineludible que se profundiza a cada minuto: la automatización. Según Sebriano, "quedará en manos de los Estados generar políticas para contener a las personas, luego de que desaparezcan miles de puestos de trabajo".

¿Qué tiene que ver el coronavirus con la automatización, es decir, con la mayor aplicación de la inteligencia artificial para la realización de todo? "La automatización de los procesos crece desde hace años, pero su avance depende de la capacidad de la sociedad para absorberla. El coronavirus está generando los mercados adecuados para que se produzca ese avance”, responde. Y trae un ejemplo: "En los hogares, muchos que en otro momento hubieran insistido para que un telemarketer los atienda, en la cuarentena aprendieron a lidiar con los canales virtuales. Estamos más dispuestos a interactuar con la tecnología porque no nos quedó otra. La pandemia aceleró nuestra asimilación de la robótica y la automatización”.

Para las empresas, estos cambios tienen un costo que Sebriano desglosó en tres niveles de planificación: “Por un lado, hoy se preguntan qué hacer para sobrevivir. Me refiero a rubros afectados por el aislamiento: negocios a la calle, servicios casa a casa, organización de eventos... Todos se preguntan cómo mantener los clientes, cobrar las deudas que no les pagaron y pagar las suyas. El segundo momento es pensar tácticamente: qué puedo reconvertir de mi negocio para generar ventas en el mediano plazo. Los más castigados son los gastronómicos​. Charlando con una compañía de comida les decía que tenían que pensar soluciones. Por ejemplo, combos familiares. La gente está otra vez 'en la cueva' y si antes cada miembro de la familia comía por la suya, ahora lo hacen juntos. Así que en lugar de pedir dos pizzas por 1.000 pesos deberían poder pedir comida para todos por 800".

Para Sebriano, ése sería un cambio táctico que a la larga quedaría instalado porque "hay una reformulación de la ruta del mercado: cómo llegar a la gente y en qué formato". Y a la urgencia y a la táctica le sigue una estrategia: “Cada empresa tiene que tener una teoría de qué va a pasar en los próximos dos o tres años, en qué va a estar el consumidor entonces. Está el dicho de que 'crisis es oportunidad', pero uno tiene que estar preparado para tomarla”.

Entretenimiento
La relación es simbiótica: el consumo cultural hogareño nos está "salvando" del aislamiento, al tiempo que la cuarentena acelera cambios importantes en los pilares del entretenimiento, tal como lo veníamos concibiendo. La pregunta que muchos se hacen es si estos cambios se asentarán.

La transformación más grande se está dando en la industria audiovisual. Era un mercado que atravesaba una transición, con el debut de plataformas de streaming ​potentes (Disney+ y HBO Max, que se sumaron a las expansiones de Amazon Prime, Pluto TV, Peacock, Quibi y Apple TV) enfocadas en quitarle una porción de la torta al gigante Netflix​.

Según un informe de la consultora Bloomberg, Netflix ganó 16 millones de suscriptores y Disney+ consiguió 28 millones de nuevos clientes desde diciembre de 2019, con los primeros casos de coronavirus. También se agudizó la lucha entre la industria cinematográfica y el video a demanda (VOD). Un gran estudio, Universal, desató una guerra con las cadenas de exhibidores al estrenar “Trolls: World Tour” en modo on demand y ofrecer de ese modo otras películas que estuvieron poco en cartel por la pandemia (“El hombre invisible” y “La cacería”, entre otras). Así se quebró el rígido sistema de “ventanas de distribución”, que estipulaba tres meses entre la exhibición en salas y la llegada de los filmes a los hogares.

Considerando que otros estrenos no pasarán por la pantalla grande, ¿se revertirá esta política una vez que el Covid-19 quede atrás? Difícil saberlo. Si el público se acostumbra a alquilar películas en casa, tal vez se geste una simultaneidad entre los estrenos hogareños y los de sala.

Los autocines son otro fenómeno curioso. Al ser la única alternativa sanitariamente segura para ver películas en pantalla grande, están teniendo un llamativo auge en Estados Unidos y Europa. En Punta del Este ya se inauguró uno y en estos días se abrían dos en Montevideo. Según Nicolás Batlle, vicepresidente del INCAA, en Argentina “van a volver con mucha fuerza”.

Entre los perdedores de la pandemia está la TV de aire en vivo, una actividad signada por estudios semivacíos y sin público. Se multiplican los programas de panelistas con invitados por videollamada y en Argentina priman los enlatados y las repeticiones de viejos éxitos.

En el mundo del teatro, el aislamiento impulsó la oferta online de obras filmadas, tanto en teatros oficiales como en salas privadas, grandes y chicas. En muchos espacios se habilita una “gorra virtual” para que los espectadores hagan una contribución.  Además se pueden ver estrenos por streaming en tiempo real, como el unipersonal Una, de Timbre 4, interpretado por Miriam Odorico desde el living de su casa. Otros buenos ejemplos de teatros porteños que ofrecieron "salas virtuales" son Microteatro y Teatro Bombón.

Claro que estas experiencias se contradicen con lo más esencial del teatro: ese instante vivo, único y fugaz que sucede frente al espectador y no se repite. Y está el tema económico. Porque, ¿alguien pagará para ver una obra de teatro en el living de su casa?

Algo similar pasa con la música, con los conciertos en vivo con transmisión por streaming, que ya eran una realidad en crecimiento, a mitad de camino entre la grabación en estudio y el vivo. Si bien el coronavirus provocó una explosión de transmisiones que mantienen al artista en contacto con su público, esto no compensa económicamente su trabajo.

Así, si este formato llegó para quedarse, dependerá de cuán distante esté el regreso de los shows presenciales y, sobre todo, del surgimiento de alguna modalidad efectiva para que los artistas obtengan ganancias con el formato online.

Educación
Cuarentena y educación son un matrimonio forzado. A casi tres meses del aislamiento obligatorio, la convivencia de esta pareja es, para muchos, tan insostenible como inevitable. ¿Qué quedará de este ensayo -a veces errático, a veces logrado- de aula virtual?

De la experiencia fallida y de aquella salida de la satisfacción salen opiniones contrapuestas: de un lado se considera a la educación online como una desgracia; una patética exposición de la argentinidad, signada por el eterno atraso (sin planificación a la vista) en materia educativa. Del otro, como una "oportunidad” que dejará buenos frutos.

Mientras esta cronista escribe estas líneas, una alumna de 14 años de un secundario de renombre irrumpe en el living (en su eterno piyama de cuarentena), indignada, cuestionando la relevancia de la tarea que le mandaron (“¡Y que nadie corrige!”), quejándose por las diferencias entre las materias. Los contrastes entre los profesores “duchos” con la tecnología y aquellos que no dominan más que el correo electrónico son demasiados.

En el medio cae el bombardeo diario del chat de padres de primaria de la otra nena de la casa. Un par de veces por semana, niños, padres y docentes empujan el carro colectivo para concretar que el grado se reúna por videoconferencia, lo que se complica por computadoras faltantes o rotas, micrófonos que fallan o el insistente "no me llegó el ID, ma". Hay quienes preguntan si entregar la tarea a mano, sacándole fotos a las hojas o si resignarse a la muerte definitiva de la manuscritura. Los docentes hacen malabares en sus casas, con su caos familiar y una conectividad que suele fallar. El coronavirus es una pesadilla.

Y, no importa el estrato educativo, parece clarísimo que nadie quiere admitir lo obvio: que este es un ciclo lectivo perdido. Mariana Luzzi, socióloga, investigadora Conicet-UNGS, se sumó desde su rol de docente universitaria: “Lo común en este momento es la tensión: no todos los docentes ni todos los alumnos tienen computadora nueva, ni conexión o un espacio que no compartan con el resto de su familia. Lo que se aceleró con la pandemia es la evidencia de las posibilidades reales de los actores de la educación para, de un día para el otro, trabajar en forma virtual”.

Esas posibilidades son escasas, señaló Federico Lorenz, historiador y docente de esa materia en el Colegio Nacional de Buenos Aires: “Ante la falta y la preparación inadecuada de los recursos para enseñar en modo virtual, la primera respuesta del sistema es una suerte de sobre explotación de los niños, de sus entornos familiares y de los docentes. Más horas trabajando para un trabajo que no estás preparado para hacer, cuyos resultados desconocés. Sí, hay que mantener el vínculo pedagógico porque no podemos dejarlos solos, pero la primera respuesta del sistema es una mayor demanda”.

Distinta es la visión de Eduardo Zimmermann, profesor y director del programa del de posgrado en Historia de la Universidad de San Andrés: “No me animo a hablar de la fractura de acceso por este paso que se está dando. Más bien conectaría el tema del aislamiento con una creciente integración por la cuarentena”.

Según Zimmermann, “es posible tener más afinidad para conectar con colegas, realizar actividades académicas conjuntas, lo que hace que los alumnos se puedan conectar con algunos de los mayores expertos a través de plataformas de videoconferencia. El otro día hubo un congreso virtual con 3.500 asistentes... son cosas que nos hubieran parecido inimaginables en otro momento y que permiten integrar antes que aislar”. Y apuntó: “Creo que es un salto cualitativo que ya estaba en proceso. El elemento exógeno de la pandemia nos ha permitido sacarle el jugo a esto”.

Luzzi matizó: “Pareciera que, por un lado, la pandemia puso blanco sobre negro en cuanto al acceso desigual a la conectividad y cuán importante es esa conexión para llevar adelante una carrera universitaria. Por el otro, a los docentes nos llevó a explorar otros lenguajes. Nos hizo repensar nuestros elementos de enseñanza”. Todo esto, cree, "debería generar cambios importantes a futuro".

Desde ya, dijeron los tres consultados, el aula virtual es imperfecta porque falta el lenguaje corporal: entender en la cara de los alumnos si comprenden, si dudan o se aburren, y entonces reformular.

Pero el juego es así, concluyó Lorenz: "Vendrá una nueva normalidad, como ocurrió luego de otros momentos de shock en la historia. Ahora hay una agudización de las contradicciones. La incertidumbre es grande y la pregunta es qué vamos a hacer después”.

Salud
En febrero de 2019 Clarín publicó una nota sobre el crecimiento de la telemedicina​ en el país, a raíz de un comunicado de entidades de médicos que rechazaba lo que podría entenderse como una “mala aplicación” de la telemedicina. Las posturas “a favor” y “en contra” estaban planteadas, pero había grises que en el contexto de la pandemia de coronavirus cobran especial protagonismo.

Los reparos venían de la mano de un debate (para nada resuelto en la Argentina) sobre la falta de regulación en la materia. “Aunque hay un proyecto de ley de Salud Digital en el Senado, todavía debe legislarse, de modo que se garanticen los procesos adecuados”, recordó ahora Roberto Debbag, infectólogo pediatra del Hospital Garrahan, institución pionera por su programa de telemedicina, que achica las distancias (con asesorías e interconsultas) entre el hospital pediátrico de referencia y varias instituciones provinciales.

Por fuera de esa institución, para la mayoría de los centros de salud del país la telemedicina es una meta hacia la que hoy están teniendo que ir a los ponchazos. Algunas instituciones se pusieron a la altura de esta necesidad, pero en otras, el seguimiento de los pacientes es rudimentario y depende de estoicos médicos atajando penales con su smartphone.

Damián Zopatti, médico clínico y director de Estadísticas del Hospital de Clínicas, sumó un tema que de tan elemental parece trivial: ¿cómo cotiza, o sea, qué honorarios corresponden al médico que responde un WhatsApp del paciente en medio de la cena?

El coronavirus no está dejando margen para responder esas preguntas. Lo saben bien instituciones privadas de la salud, como el Alexander Fleming, que incursionó en las teleconsultas en abril, cuando el 18% de las consultas de sus pacientes oncológicos fueron online, y ya en mayo vieron una duplicación de ese porcentaje. O prepagas como Swiss Medical, donde el incremento de los servicios de telemedicina fue del 1.400% entre febrero y abril.

“No sé de cifras, pero en lo personal multipliqué por diez o veinte el uso del teléfono para hablar, chatear o hacer videollamadas con pacientes, y para armar reuniones con colegas y avanzar sobre casos que nos generaban dudas”, apuntó Zopatti.

“Que la telemedicina se está acelerando en la era Covid, no cabe ninguna duda, aunque en el país todavía está muy verde. Pero no hablamos sólo de telemedicina sino de salud digital en general”, reforzó Debbag. Precisamente, uno de los desafíos más grandes es la implementación de un registro de firmas digitales encriptadas de los médicos para la confección de recetas digitales válidas, un reclamo en el que insisten hace años los farmacéuticos.

Debbag recordó que “la salud digital involucra desde apps de atención remota, recetas y prescripciones digitales hasta compartir datos e historias clínicas de los pacientes entre instituciones, en forma remota. Es decir, son las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) en función de la salud”.

Según contó Zopatti, en el Clínicas la gran "TIC" es el teléfono: “El Hospital de Clínicas tiene un área de telemedicina que sigue los casos de coronavirus dados de alta. Pero también se usa el teléfono para hablar con pacientes dentro del hospital. Es que, si llega un caso sospechoso de Covid, lo aislamos y le pedimos su número. Luego, de afuera de la habitación, el médico le hace un interrogatorio. Están al lado, pero de este modo el especialista evita usar los elementos de protección hasta tener más claro el caso. Es un ahorro de dinero y de tiempo enorme”.

Nadie mejor que Luis Rodríguez para dar cuenta del alcance de un recurso tan simple como una videollamada. Es psicólogo, vive en San Martín de los Andes y hace 14 años fundó Puentes de Luz, organización civil con un centro de día para personas (jóvenes y adultas) con discapacidad intelectual: "La cuarentena generó un estado de shock. Nos resultaba incierto cómo sostener el vínculo con los 60 concurrentes".

"Pero entendimos que podíamos ser creativos e innovar, y que la tecnología ​podía ser una herramienta cotidiana. Nadie debía quedarse afuera y por eso estamos en campaña para conseguir seis computadoras, cuatro celulares y cinco conexiones de internet", detalló.

Según Rodríguez, "para las personas con discapacidad, este puede ser un tiempo de oportunidades. Están más tiempo con su familia y eso da el espacio para que aprendan cosas de la casa. Y, al mismo tiempo, dominar herramientas como el WhatsApp o los audios, si no dominan la lectoescritura, las redes sociales y las videollamadas. Teníamos todo esto, pero no lo valorábamos".

Datos
La matriz que permite que millones de personas estén comandando su vida desde un smartphone o una computadora es la tecnología informática​. Eso sí: no es gratuito beber el elixir embriagador de estas herramientas. Cuánto habrá que ceder, depende de quién digita la implementación social de estos recursos a medida que se desarrollan y para qué.

De esto opinó Sebastián Stranieri, CEO de VU Security, empresa especializada seguridad informátic​a. Clarín le consultó por la desesperación que genera exponer inevitablemente y cada vez más nuestra identidad digital: ocurre a cada minuto cuando aceptamos los “términos y condiciones de”. Y llega al punto de que, resignados, accedamos a que los más chicos de casa, en el tedio de la cuarentena, tomen la clase de inglés o “se junten” con amigos a través de una plataforma como Zoom, duramente cuestionada por su entorno endeble.

A ese sinsabor se suma saber que, en este contexto, a muchos les empieza a parecer no tan despreciable o directamente “piola” eso de que los gobiernos sepan todo de nosotros. El "yo" reducido a código QR.

“Por un lado mi cabeza tecnológica me dice que sí: la tecnología nos viene a ayudar a salir de esto. En varios países asiáticos la tecnología fue muy eficaz, con iniciativas como el pasaporte sanitario con código QR, donde están tus datos personales, tus movimientos, antecedentes de salud... Así, el personal puede validar o no tus movimientos”, explicó Stranieri.

Si todo fuera comandado de un modo razonable, serían herramientas útiles, opinó: “Digamos que estás en Boedo, barrio sin infectados, y te vas a Caballito, que sí tiene. Esto quedaría trackeado en el sistema. Si estuviste con un infectado, la próxima vez no salís de tu barrio”.

El problema está en la llamada "brecha de seguridad", es decir, “para qué más se va a usar toda esa información. En este sentido, en Argentina sería elemental actualizar la ley de Protección de Datos Personales”.

Corea del Sur, uno de los países donde se tomaron medidas de control sanitario por el coronavirus a través del monitoreo informático. /Reuters
Corea del Sur, uno de los países donde se tomaron medidas de control sanitario por el coronavirus a través del monitoreo informático. /Reuters

Una solución, evaluó Stranieri, sería desarrollar modelos que garanticen el anonimato de los datos manejados: “Apple y Google están con emprendimientos de este tipo. Van a sacar paquetes de software para integrar como aplicación móvil. Pero los datos van a ser anónimos. O sea, la idea es identificar comportamientos. Así, si estuve con alguien infectado, la app me avisa para que yo tome los recaudos pertinentes, pero no me dice quién es la persona”. Como el peligro es que esta información almacenada llegue a manos equivocadas, "en un mundo ideal, el único organismo que debería llevar adelante modelos así es el gobierno”, afirmó.

¿Argentina tiene las condiciones para implementar sistemas de este tipo? “Junto con Corea del Sur, India, Estonia y alguno más, estamos entre los pocos países del mundo que tienen un sistema de identificación digital fuerte, con reconocimiento facial y huella digital. Con mi empresa hicimos la implementación para el Ministerio del Interior y está funcionando desde 2018. Hoy, cualquier banco que abre cuentas con una selfie o la entrega del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) usan ese servicio. Permite chequear que la persona sea quien dice ser, pero no está todo lo maduro y usado que podría”, apuntó.

La contraparte de todos estos avances es que el coronavirus hizo que muy rápidamente "abriéramos los ojos sobre lo atrasados que estamos en el acceso a internet, servicio que debería ser declarado libre y público a nivel mundial", y también en materia de seguridad informática: “En estos últimos tres meses recibimos de nuestros clientes -bancos, financieras, sitios de retail- un 500% más de denuncias de amenazas y estafas digitales. Los datos coinciden con los de la Unidad Fiscal de Ciberdelincuencia. El ladrón que robaba en un cajero ahora se mueve a lo digital”.

Así y todo, concluyó: “Cuando esto termine, nunca más vas a querer ir a la oficina de tu compañía de internet para hacer un trámite en persona. Vas a hacer la gestión por teléfono u online, te toque un bot bueno o te toque un bot malo”.

sábado, 9 de mayo de 2020

EL DEMONIO DE LA TECNOLOGÍA AL FINAL ESTÁ EVITANDO UN NAUFRAGIO

Ariel Torres. LA NACION. 9 de mayo de 2020
Hace unos cuantos años, en un reportaje que me hicieron para un documental, apareció la pregunta de rigor, obligada, políticamente correcta. Si las relaciones virtuales no nos deshumanizaban. Si acaso no estábamos más conectados pero menos comunicados. Si las nuevas tecnologías no nos convertían en una suerte de zombis encapsulados en sus propias burbujas virtuales. Si era posible reemplazar el cafecito cara a cara por una gélida videollamada.

Respondí (y había dicho esto ochocientas veces antes) que esa era la mirada de la persona que disfruta de total libertad de movimientos o no padece de ninguna limitación visual, auditiva o de alguna otra clase. En mi opinión, el planteo sonaba muy progre, pero era de lo más discriminatorio.

Pensaba, al decir esto, en mi amigo Eduardo Suárez . Eduardo tenía la más completa convicción de que gracias a estas tecnologías había podido ejercer su profesión y sus numerosas y apasionadas vocaciones. Constreñido desde su juventud a una silla de ruedas, incluso cuando no había ninguna pandemia, salir de su casa era para él un desafío. Vivía en La Plata y solo nos veíamos dos veces al año, para su cumpleaños (que habría sido hace muy poquito, el 7 de marzo) y para el mío. Nuestra relación fue, por lo tanto, mayormente virtual, por chat y largas charlas telefónicas. Pero sobre todo por el chat, durante los casi 20 años que lo conocí. Fue uno de los dos mejores amigos que me obsequió esta vida, y, desde que falleció, el 21 de diciembre de 2014, lo extraño un horror. Dónde está la incomunicación, díganme.

Ahora, de pronto, la perspectiva políticamente correcta ha quedado confinada a cuatro paredes. Salir está vedado, salvo en casos especiales y empleando accesorios tan inesperados como distópicos. No podés acercarte a nadie a menos de un metro y medio. Y, excepto para aquellos que viven en una lata de conservas, trasponer el umbral hogareño y aventurarse al mundo exterior es una experiencia que combina la ansiedad con el miedo. Miedo al contagio; miedo, para peor, a una amenaza invisible.

Acompañé una vez a Eduardo a una charla sobre accesibilidad (una de sus obsesiones, por razones obvias) que se daba en el edificio anexo de la Cámara de Diputados; fue una odisea, por lo pobremente preparado que estaba (y en muchos casos sigue estando) el mundo para una persona que, como él, no podía caminar. Lo descubrí entonces de una forma brutal. Era una realidad paralela y durísima que Eduardo debía enfrentar toda vez que dejaba su hogar. Cuando venía a casa, me ocupaba personalmente de conducir su silla de ruedas, algo que para mí era un honor y un privilegio, y que suponía destrezas complejas que él mismo me había enseñado, con la paciencia y la alegría que lo caracterizaban. Una de las últimas cosas que me dijo fue que, cuando construyera mi nueva casa, no me olvidara de instalar un baño apto para personas con discapacidad, palabra que no temía utilizar, con una valentía y una sinceridad que, francamente, he visto muy pocas veces.

La primera semana del aislamiento social preventivo y obligatorio pasó. No fue divertido, pero pasó. Luego transcurrió la segunda. Ahora, tras 50 días y sin una fecha clara para salir de este encierro enajenante, todos somos Eduardo Suárez, y todos, incluso los críticos más feroces de las nuevas tecnologías, se suben dichosos a las videoconferencias, hacen compras online y esperan con impaciencia al delivery, menos por la vianda del día que para ver una cara humana en persona. Aunque sea con barbijo.

Perdidos en el espacio
Por desgracia, porque nadie quiere una pandemia, esta cuarentena ha venido a probar, muchos años después, aquella tesis que planteé en el documental. No, la virtualidad no reemplaza ni va a poder reemplazar nunca la presencia real. El estar ahí y los abrazos . Pero ahora todos estamos experimentando lo que millones de seres humanos sufren a diario, silenciosamente. Esa durísima realidad paralela de los que no pueden salir de sus casas despreocupados y tarareando una canción de moda, sino que deben tomar mil recaudos y contar con la logística adecuada. Todos ellos, salvo excepciones, ni siquiera cuentan con la esperanza de que la pandemia alguna vez se termine. Eduardo sabía perfectamente, y lo hablábamos a menudo, sin pelos en la lengua -como a él le gustaba-, que su silla de ruedas y su realidad paralela, ignorada por muchos de los que pretendían sonar progres, eran para siempre.

Estos pastiches ideológicos, que se repiten más que nada porque al opinador de turno lo hacen quedar super bien, se han visto de pronto acallados. El hecho, claro y distinto, es que sin las computadoras económicas y una Internet pública esta pandemia estaría provocando algo parecido al Apocalipsis. Pienso en un virus igual de agresivo (quiero decir, infeccioso) que el de Covid-19 propagándose en la década del '80 del siglo XX (ayer nomás) y me aterra.

Tuve el año pasado un alumno, Francisco, que es ciego. Con su teléfono y un par de auriculares era el primero en resolver los ejercicios que les planteo cuando el cuatrimestre ya está avanzado. Son ejercicios repletos de trampas semánticas y preguntas capciosas, destinados a mostrarle a la clase que todavía no están pensando como periodistas. Francisco los resolvía antes que nadie. Fue para mí una revelación. Veía el aula llena de alumnos con sus grandes pantallas y sus teclados confortables sin poder descifrar el intríngulis, y, del otro lado, con un smartphone -que sus manos manejan con la destreza de un pianista virtuoso-, a Francisco, que en algo así como 30 segundos daba la respuesta correcta. Sentí y sigo sintiendo una profunda admiración por él. Dónde está la deshumanización acá, díganme.

Hablé para esta nota con Francisco, ayer, por teléfono, y me contó que, además, vive solo. Me aclaró, también, algo muy cierto, y que refuerza la tesis que planteo aquí: hace mucho tiempo que los ciegos pueden llevar vidas productivas, incluso en cargos de muy alta responsabilidad. Pero desde el Braille para acá, es la tecnología la que funciona como puente. Los orígenes del Braille son de principios del siglo XIX, pero eso no significa que no sea una tecnología. Lo es, y en su momento resultó revolucionaria.

Así que indigna un poco. Ahora, como quien mira para otro lado, las apps, la videoconferencia, Internet, el chat, todas esas cosas demonizadas durante décadas son nuestros mejores amigos. No solo para poder verle la cara a la familia, sino para que el mundo, aunque escorado, no naufrague. Insisto: si la economía todavía al menos se arrastra y si no tenemos decenas de millones de muertos es porque al menos una parte de la población puede ejercer el aislamiento y a la vez continuar siendo productiva.

Estoy dando clases virtuales; de otro modo, adiós cuatrimestre. No tiene nada que ver con dictarlas en persona. Para empezar, y pese a que me ahorro una hora y media de traslados, termino mucho más cansado. Hay todo un análisis por hacer al respecto, que vengo madurando. Una pista: "Muchacho, pensar cansa mucho más que hacer ejercicio físico", me explicó una vez un neurólogo. Parece ser cierto. Ahora, en el aula virtual, todo está en la mente.

Pero no terminan allí las novedades pedagógicas (supuestas novedades). Resulta que de forma remota los alumnos participan más. Los veteranos del espacio virtual sabemos esto desde hace décadas: hay cosas que solo nos atrevemos a decir en el chat. En clase tal vez ocurra algo semejante. Tengo que seguir reuniendo información.

Como todos, espero que este aislamiento termine pronto. Algunos tenemos la fortuna de poder trabajar desde casa, gracias a Internet y todas esas tecnologías que hasta hace unas semanas algunos podían darse el lujo de ignorar con desdén indisimulado. Para otros, los que para ganarse la vida necesitan -y no pueden- salir de sus casas (o recibir personas en sus consultorios y bufetes), la cuarentena es además una pesadilla económica. Como los infectólogos y los epidemiólogos, creo que el distanciamiento es casi el único aliado con que contamos. El otro es el progreso técnico. Ya pasó con las vacunas, con los antibióticos, con los nuevos métodos de diagnóstico, los tratamientos de última generación y, ahora, con Internet. En la cuenta final, espero que esta vez aprendamos, en carne propia, lo que de verdad significan las palabras accesibilidad e inclusión. Ojalá.

miércoles, 8 de abril de 2020

PORQUÉ ALEMANIA ES UNA EXCEPCIÓN? PORQUÉ ES BAJA LA TASA DE LETALIDAD POR CORONAVIRUS EN ESTE PAÍS


Por Katrin Bennhold. 7 de abril de 2020

Les llaman taxis corona: personal médico vestido con equipo de protección conduce por las calles vacías de Heidelberg, Alemania, para atender a los pacientes en su casa durante cinco o seis días después de haber contraído la COVID-19. Toman una muestra de sangre y buscan señales que indiquen que el paciente puede ponerse muy enfermo. Es posible que le sugieran hospitalizarse a algunos pacientes aunque solo presenten síntomas leves, pues las probabilidades de sobrevivir aumentan mucho si los pacientes están hospitalizados cuando inicia el deterioro.

“Existe un punto crítico al final de la primera semana”, señaló Hans-Georg Kräusslich, director de virología en el Hospital Universitario de Heidelberg, uno de los hospitales de investigación más importantes de Alemania. “Si se trata de una persona cuyos pulmones pueden fallar, es entonces cuando comenzará a empeorar”. Los taxis corona de Heidelberg son solo una iniciativa en una ciudad, pero ilustran el nivel de compromiso y de distribución de los recursos públicos para el combate de la epidemia, lo que ayuda a resolver uno de los misterios más inexplicables de la pandemia: ¿por qué la tasa de letalidad es tan baja en Alemania?

El virus y la enfermedad que este provoca, la COVID-19, ha atacado a Alemania con fuerza: de acuerdo con la Universidad Johns Hopkins, este país tenía más de 92.000 casos confirmados hasta el mediodía del sábado, más que cualquier otro país, excepto Estados Unidos, Italia y España. Pero con 1295 muertes, el índice de letalidad de Alemania se situó en 1,4 por ciento en comparación con el 12 por ciento en Italia; alrededor del 10 por ciento en España, Francia y el Reino Unido; 4 por ciento en China, y 2,5 por ciento en Estados Unidos. Incluso Corea del Sur, el país modelo en cuanto a aplanar la curva, tiene una tasa de letalidad más alta: 1,7 por ciento.

“Se ha hablado de una anomalía en Alemania”, señaló Hendrik Streeck, director del Instituto de Virología del Hospital Universitario de Bonn. Streeck ha estado recibiendo llamadas de sus colegas de Estados Unidos y de otros países del mundo. “Me preguntan qué estamos haciendo distinto y por qué nuestra tasa de letalidad es tan baja”, comentó. Los expertos sostienen que hay varias respuestas a estas preguntas: una combinación de tergiversaciones estadísticas y diferencias muy reales en la forma en que el país ha manejado la pandemia.

La edad promedio de las personas contagiadas en Alemania es menor que en muchos otros países. Según Kräusslich, muchos de los primeros pacientes contrajeron el virus en los centros para esquiar de Austria e Italia, así que eran relativamente jóvenes y sanos. “Empezó como una epidemia de los esquiadores”, afirmó. Conforme se ha propagado el virus, este ha llegado a personas de mayor edad, y la tasa de letalidad —de solo 0,2 por ciento hace dos semanas— también se ha elevado. Pero la edad promedio de los contagiados sigue siendo relativamente baja: 49 años. En Francia es de 62,5 años y en Italia, de 62 años, de acuerdo con sus informes nacionales más recientes.

Otra explicación de la baja tasa de letalidad es que Alemania ha estado administrándoles pruebas a muchas más personas que la mayoría de los demás países. Eso implica que detecta a más personas asintomáticas o que presentan pocos síntomas, con lo cual aumenta el número de casos conocidos, pero no el número de muertes. “Eso reduce en forma automática la tasa de letalidad en las estadísticas”, comentó Kräusslich.

Pero, según los epidemiólogos y los virólogos, también existen factores médicos importantes que han mantenido relativamente bajas las cifras de muertos en Alemania, en especial las pruebas y los tratamientos oportunos y generalizados, la gran cantidad de camas de cuidados intensivos y un gobierno confiable cuyas medidas de distanciamiento social son acatadas por casi todos. A mediados de enero, mucho antes de que la mayoría de los alemanes realmente prestara atención al virus, el Hospital Charité de Berlín ya había desarrollado una prueba y había compartido la fórmula en internet.

Para cuando Alemania registró su primer caso de COVID-19 en febrero, los laboratorios de todo el país ya tenían un suministro de paquetes de pruebas. “El motivo por el que en Alemania tenemos tan pocas muertes en este momento en relación con la cantidad de personas contagiadas se puede explicar en gran medida por el hecho de que estamos realizando una gran cantidad de pruebas de laboratorio”, dijo Christian Drosten, virólogo principal en el Hospital Charité, cuyo equipo desarrolló la primera prueba.

Por ahora, Alemania está aplicando cerca de 350.000 pruebas de coronavirus a la semana, muchas más que cualquier otro país europeo. Las pruebas tempranas y generalizadas han permitido que las autoridades reduzcan la propagación de la pandemia al aislar a las personas diagnosticadas mientras pueden contagiar a los demás. Esto también ha posibilitado que se administren los tratamientos para salvar la vida de los pacientes de una manera más oportuna.

“Cuando hay un diagnóstico oportuno y puedo darles tratamiento a los pacientes en una etapa temprana —por ejemplo, ponerlos en un respirador antes de que se deterioren—, las posibilidades de supervivencia son mucho más altas”, afirmó Kräusslich.

El seguimiento
Un viernes de finales de febrero, Streeck recibió la noticia de que por primera vez un paciente de su hospital en Bonn había dado positivo por coronavirus: un hombre de 22 años que no tenía síntomas, pero cuyo empleador —una escuela— le había pedido que se hiciera la prueba luego de saber que había participado en un carnaval en el que había estado una persona que había dado positivo. En la mayoría de los países, incluyendo Estados Unidos, las pruebas se limitan en gran medida a los pacientes más enfermos, así que probablemente a ese hombre se la habrían negado.

Eso no sucede en Alemania. Tan pronto como llegaron los resultados, se cerró la escuela y se les ordenó a todos los niños y al personal que permanecieran en casa con su familia durante dos semanas. Se realizaron pruebas a unas 235 personas. “Las pruebas y el seguimiento es la estrategia que tuvo éxito en Corea del Sur y hemos intentado aprender de eso”, señaló Streeck.

Un sistema de salud pública sólido
Antes de que la pandemia del coronavirus arrasara en Alemania, el Hospital Universitario de Giessen tenía 173 camas para cuidados intensivos equipadas con respiradores. En las últimas semanas, el hospital se ha esforzado para añadir otras 40 camas y aumentó un 50 por ciento el personal que estaba en espera para trabajar en cuidados intensivos. “Ahora tenemos tanta capacidad que estamos recibiendo pacientes de Italia, España y Francia”, comentó Susanne Herold, especialista en infecciones pulmonares en ese hospital que ha supervisado la reconversión del pabellón de cuidados intensivos. “Tenemos un área de cuidados intensivos muy reforzada”.

En toda Alemania, los hospitales han ampliado su capacidad en cuidados intensivos. Además, comenzaron desde un nivel alto. En enero, Alemania tenía aproximadamente 28.000 camas de cuidados intensivos equipadas con respiradores, o 34 por cada 100.000 personas. En comparación, en Italia esa cifra es de 12 y en los Países Bajos, de 7. En estos momentos, Alemania cuenta con 40.000 camas de cuidados intensivos.

La confianza en el gobierno
Además de las pruebas masivas y del nivel de preparación del sistema de salud, muchas personas también consideran que el liderazgo de la canciller Angela Merkel es una de las razones de que haya seguido baja la tasa de letalidad. Merkel ha mantenido una comunicación clara, serena y periódica durante toda la crisis, al tiempo que impuso medidas cada vez más estrictas de distanciamiento social en el país. Las restricciones, que han sido fundamentales para reducir la propagación de la pandemia, no tuvieron mucha oposición política y la mayor parte de la población las respeta.

El índice de aceptación de la canciller se ha disparado.
“Tal vez nuestra mayor fortaleza en Alemania”, comentó Kräusslich, “sean las decisiones sensatas que se toman en el nivel gubernamental más alto, junto con la confianza de la población en el gobierno”.

Christopher F. Schuetze colaboró desde Berlín para este reportaje. (c) The New York Times 2020

martes, 7 de abril de 2020

"ESTAMOS CONTANDO MAL LOS INFECTADOS Y LOS MUERTOS": EL ANÁLISIS CRÍTICO DE UN RECONOCIDO NEURÓLOGO ARGENTINO


"Podemos elegir entre ser Taiwan y limitar la extensión de la epidemia, o ser Italia y lamentar la muerte de muchas personas", dijo el doctor Conrado Estol luego de que se decretara la cuarentena total.

Al doctor Conrado Estol le preocupa la poca cantidad de casos confirmados en el país. El prestigioso médico neurólogo aseguró que en Argentina solo se ve la punta del iceberg de la pandemia. “Deberíamos tener unos 30 mil infectados”, estimó Conrado Estol es médico neurólogo (MN 65005), con formación en clínica médica en los Estados Unidos. Hizo la residencia en el hospital Moint Sinai de Nueva York en 1983: en pleno brote de epidemia del HIV, los insumos y la instrumentación sobraban. Le sorprendió eso: la disponibilidad de recursos. Su incredulidad desnudaba su experiencia en Argentina, donde la infraestructura sanitaria se ve amenazada por el alcance del Covid-19 a zonas populosas. En era de coronavirus, procedió a una nueva comparación. “Hoy, ahí, tienen que elegir entre dos pacientes para darles un respirador. Nosotros estamos muy limitados”, contrastó.

El doctor Estol es una referencia. El coronavirus lo estimuló. Se instruyó en marcos de referencia y en políticas preventivas. Aglomera datos, regiones, tendencias, curvas, indicadores de positividad y fatalidad. En rigor a sus interpretaciones estadísticas, hay algo que le inquieta: paradójicamente, la poca cantidad de infectados. “La semana pasada cumplimos un mes de la infección. Llegamos con 966 infectados. Se había cumplido la expectativa. Fue un número que me tranquilizó. Ahora, una semana después, estoy preocupado”, aseveró.

A Estol le preocupa que en Argentina, hasta el lunes 6 de abril, haya (tan solo) 1.554 contagiados. “Me llama la atención que en una semana no se hayan duplicado los casos. Es raro. Por más que hayamos declarado la cuarentena en el momento correcto, por más que hayamos sido unos adelantados en el aislamiento preventivo, que no se haya duplicado el número de infectados es extraño. Me parecía que veníamos con números razonables, pero cuando leo que en el día 37 de la enfermedad tenemos apenas 1.500 infectados, noto algo raro en el conteo”.

"¿Por qué Argentina se va a comportar tan distinto a otros lugares del mundo? La ciudad de Boston acaba de declarar toque de queda: no sale nadie. Son 70.000 personas, tienen 1.900 infectados y 15 muertos", advirtió Estol. Los infectados en la ciudad estadounidense son más que todo el país
No fogonea teorías conspirativas, un fraude en los registros, divulgación mezquina o datos ocultos. Insiste en que su percepción se sostiene en la buena fe. Porque, explica, no se trata de una opinión: es una lectura numérica. La rareza de la curva la atribuye a la falta de hisopados: un testeo insuficiente. 

“Nuestro testeo es uno de los más bajos del mundo. Testeamos a 0,2 por cada mil personas. En Italia, testean once cada mil, en Dinamarca ocho cada mil, en Chile tres cada mil”. En el ejemplo de Chile se detuvo: “Han hecho ya 50.000 testeos. Nosotros apenas ocho mil”. “Si ellos pudieron, nosotros también deberíamos poder”, interpretó. Según cifras del Ministerio de Salud del país trasandino con una población de 18 millones de habitantes, hasta el domingo 5 de abril eran 4.471 los casos confirmados y 34 los fallecidos. En la Argentina, hasta el 6 de abril el número de infectados asciende a 1.554 y los muertos a 48.

Por qué testeamos menos es la pregunta que no pudo contestar. “Solo uno controla lo que mide”, definió, y comparó: “Si a la gente no le tomo la presión, no la voy a poder tratar nunca por presión alta. Si no testeo, no sé quién está afectado. Estamos contando mal”. Estol entiende que el mapa del coronavirus en Argentina no es el correcto. Según sus cálculos, los números publicados en los reportes del Ministerio de Salud no son razonables: los contagiados en el país –dice– deberían ser 30 mil. “Debemos estar en un subconteo de gente que murió por coronavirus y en un subconteo severo de la gente que está infectada. Si extrapolamos números de otros países con un rasgo intermedio entre Dinamarca e Italia, un país que lleva buenas estadísticas del control de la pandemia con otro que hizo todo mal, si nos ponemos en el medio, deberíamos tener al menos unos 30 mil infectados”.

“Hay que saber primero qué grado de epidemia tenés para saber cómo combatirlo. Hay que medir más para saber la magnitud del coronavirus, la magnitud de los infectados y los muertos”, analizó. En su lectura, Argentina está contando mal los casos confirmados y los fallecidos. Realiza un subdiagnóstico a altas escalas: no vislumbra previsiones en pruebas a los pacientes asintomáticos ni recursos o decisión política para analizar las causas de muerte de las personas en terapia intensiva. “No estamos midiendo bien. Estamos viendo solo la punta del iceberg. En Alemania tienen una mejor idea del tamaño del problema. Nosotros lo vemos poquito. Si no lo vemos todo, no vamos a poder relajarnos”, expresó.

“Yo veo que casi todas las provincias argentinas están afectadas –visualizó–. En el mundo, cuando llegó a todos los estados, los distritos o las jurisdicciones de los países, el virus no limitó su contagio, no es que mágicamente dejó de avanzar. Si en Argentina avanza así de lento, seríamos un caso único en el mundo”. Su inquietud reside, justamente, en una curva de contagio moderada a razón de un bajo control poblacional de la enfermedad.

Estol comprende que el testeo masivo es una utopía. Postula, sin embargo, una selección de personas que ameritan una comprobación. “Todos los pacientes que entren con síntomas a un sanatorio tienen que ser testeados y sus contactos estrechos también”, advirtió. “Cuando se vaya levantando la cuarentena de a poco, habría que ir testeando si los que regresan al trabajo tienen anticuerpos de la infección. Si no le encuentro anticuerpos, significa que todavía puede contagiarse, entonces le retraso la vuelta a la actividad”, proyectó. El consabido fin del aislamiento social, preventivo y obligatorio lo describió como un dilema, potenciado por las urgencias económicas del país y por un panorama de infectados y fallecidos, a su juicio, fantasioso.

“Antes hay que saber qué impacto causó el coronavirus en nuestra población y para saberlo hay que testear más a los asintomáticos y a los que mueren por causas respiratorias. Y a su vez, respetar a rajatabla el aislamiento, mantener la distancia social de dos metros y que todo el mundo salga a la calle con máscaras para prevenir el contagio. Primero deberían volver los empleados de las industrias y por último, las personas mayores de 65 años”, sugirió. Acreditó que el 98% de la población de Hong Kong usa protección en sus rostros y en sus redes sociales publicó un instructivo para crear una máscara casera. En su análisis, las personas asintomáticas (aquellas que se creen sanas y portan el virus sin manifestar síntomas) son los principales transmisores del virus. Por eso, alienta su uso masivo.

Desde su mirada crítica, Estol no cuestiona la honestidad del Gobierno: “Me consta que hacen esfuerzos por testear más y que entienden perfecto el valor de los testeos. No termino de entender bien cuál es el problema de logística en que no se amplifique”. Ante la estimación de una escalada inevitable de casos confirmados, desde la cartera de Salud ordenaron la descentralización del análisis diagnóstico que en las primeras semanas se concentraba en el Instituto Anlis Malbrán. El domingo, Carla Vizzotti, la secretaria de Acceso a la Salud, notificó de que en la Argentina se habían realizado 9.705 pruebas para saber si una persona se había infectado o no. “Estamos trabajando fuerte con las provincias para seguir ampliando la posibilidad de testeo. Hasta el momento hay 97 laboratorios que están reportando al sistema nacional de vigilancia en salud y hay cuarenta que tienen reportadas más de diez muestras”, explicó la funcionaria. Para el doctor Conrado Estol, es prioritario emprender una campaña de testeo masivo. Solo así se conseguirá una fotografía precisa de la dimensión del coronavirus en el país.

viernes, 3 de abril de 2020

LA BIOLOGÍA ESTÁ ACELERANDO LA DIGITALIZACIÓN DEL MUNDO


El coronavirus está multiplicando exponencialmente nuestra dependencia de los dispositivos y de las grandes empresas tecnológicas (de Google a Netflix). La revolución está siendo completada por una pandemia.
Por Jorge Carrión. 29 de marzo de 2020
Crédito: Glenn Harvey

BARCELONA — Somos un matrimonio con dos hijos pequeños y nuestra rutina durante el encierro podría resumirse así. Después de desayunar, consultamos el Google Drive del colegio para ver las actividades educativas que realizaremos durante el día. La sesión de gimnasia la hacemos mirando tutoriales de YouTube. Los dibujos animados los encontramos en Netflix o en Movistar+; las series y las películas, sobre todo en HBO y Filmin. Mi pareja y yo nos turnamos para impartir clases a través de Zoom. Con la familia y los amigos nos comunicamos —y nos cuidamos— gracias a WhatsApp.

La paradoja es evidente: la biología —y no la tecnología— está acelerando la digitalización del mundo. Un virus que afecta a los cuerpos y que se transmite cara a cara o por la superficie de los objetos está multiplicando exponencialmente nuestra dependencia de los dispositivos. Un fenómeno biológico nos está hundiendo en la virtualidad. Si al ritmo del año pasado la transición digital se hubiera completado —digamos— en treinta o cuarenta años, es muy probable que tras la pandemia ese plazo se reduzca drásticamente.

En La estructura de las revoluciones científicas, el filósofo de la ciencia Thomas S. Kuhn afirmó que las crisis son prerrequisitos de las revoluciones y distinguió entre el cambio acumulativo y el revolucionario. Nunca antes en la historia de la humanidad había ocurrido una pandemia de contagio tan vertiginoso. Es probable que la acumulación exponencial de conocimiento complejo durante estos meses en los campos de la biotecnología, la informática, la robótica, la estadística, la ingeniería de sistemas o de datos complete en un tiempo récord la revolución tecnológica que ya estábamos viviendo.

Cuando las emergencias sanitaria, funeraria y psicológica terminen, en plena crisis económica, deberemos evaluar cómo hemos modificado nuestra relación con el mundo físico y con el virtual. Y recordar que también un virus informático podría paralizar la realidad. Porque en un futuro más o menos próximo la inteligencia artificial sufrirá sus propias epidemias.

Aunque no sabemos ni qué pasará mañana, podemos proseguir con ese ejercicio de imaginación. Si la crisis no acaba paralizando también la industria y la investigación tecnológicas, la descomunal inyección de dinero y de macrodatos que le está proporcionando a empresas como Google, Amazon, Facebook o Netflix va a impulsar todavía más el desarrollo de la inteligencia algorítmica. Y es verosímil pensar que, cuando hagamos un balance colectivo de la gestión de una epidemia que la informática detectó antes que la Organización Mundial de la Salud, no será extraño que se decida dar más poder de decisión a las máquinas. Mientras tanto, se habrá incrementado exponencialmente nuestra dependencia de las interfaces.

Dos son los catalizadores de esa inesperada y vertiginosa aceleración de nuestra dimensión digital. La economía, por un lado, porque la cuarentena ha amenazado la subsistencia de innumerables empresas de entretenimiento, cultura, turismo o moda, al tiempo que ha supuesto la llegada de un enorme capital a las plataformas tecnológicas. El fin de semana pasado, en España, el consumo de contenidos en Movistar+ creció un 47 por ciento con respecto al anterior y cada uno de ambos días los usuarios superaron los 42 millones de horas en la plataforma. Durante la emergencia ha crecido en este país un 80 por ciento el tráfico en internet.

En relación directa y por el otro lado, la sociología está impulsando también la digitalización. Durante el encierro, los niños se están acostumbrando a recibir información y conocimiento a través de las computadoras; se está monitorizando a través del móvil la temperatura o la geolocalización de los afectados por el virus; los abuelos están descargando incluso las aplicaciones a las que eran reticentes; todo el mundo se ha familiarizado con Skype, Google Hangouts o FaceTime; y hasta millones de fanáticos del deporte —ante la suspensión mundial de los campeonatos— se han empezado a aficionar a las competiciones de deportes electrónicos.

Los beneficios económicos y las nuevas costumbres convergen en la memoria emocional de cada uno de nosotros. La facturación de las corporaciones tecnológicas no es solo monetaria, también es sentimental. Seremos cientos de millones quienes anclaremos para siempre nuestro recuerdo de la cuarentena en los vídeos, películas, series, canciones, mensajes de texto, fotos o videoconferencias que vivimos a través de media docena de gigantescas empresas de logística digital.

En estos momentos los modelos de gestión con éxito de la epidemia son, sobre todo, Corea del Sur, Singapur, Hong Kong y Taiwan. Comparten el uso de aplicaciones de seguimiento de los ciudadanos que han estado en zonas de contagio o que padecen la enfermedad. China ha comprobado durante las últimas semanas que su sistema de reconocimiento facial no es efectivo en situaciones de uso masivo de mascarillas, de modo que ya debe de estar perfeccionando herramientas de identificación a partir de los ojos y la frente. Mientras tanto el mundo se prepara para implementar nuevas estrategias de biocontrol. Cuando esta pesadilla termine, es muy plausible que no solo se haya alejado de la esfera de nuestros hábitos y afectos la relación con los libros en papel, con las clases presenciales, con el trabajo en la oficina o con los espectáculos en vivo y en directo, sino que también estemos mucho más cerca de que los gobiernos accedan a nuestras coordenadas y a nuestro ADN, o que deleguen parte de sus decisiones en inteligencias artificiales.

¿Quién está más capacitado para gestionar una pandemia, la OMS, la ONU y los gobiernos nacionales o un macrosistema algorítmico? Supongo que la respuesta es, de momento, ni uno ni el otro: un diálogo entre la política, los expertos y la supercomputadoras. Pero está claro que estamos acelerando hacia lo que los teóricos de la inteligencia artificial han llamado el éxtasis computacional: ese momento en que la inteligencia algorítmica trascenderá la humanidad. El empujón, inesperado, lo está dando el COVID-19, tal vez porque, aunque su naturaleza sea biológica, es metafóricamente el primer virus cyborg. Se propaga con la misma facilidad por los cuerpos que por las pantallas. Y está revolucionando las dos dimensiones que constituyen nuestra frágil realidad.

Jorge Carrión (@jorgecarrion21) es escritor y crítico cultural. Es autor de la trilogía de ficción Los muertos, Los huérfanos y Los turistas. Su libro más reciente es Contra Amazon.

lunes, 18 de noviembre de 2019

QUÉ ES LA INICIATIVA "BRAIN", EL MISTERIOSO VIAJE AL CEREBRO HUMANO QUE ENCABEZA EE. UU.


El plan fue lanzado por Obama en 2013. Estará listo para 2028. Las posibilidades detrás de este proyecto son insondables y rozan la ciencia ficción.
Juan Décima. Clarín. Mundo

Fue el 2 de abril de 2013 cuando el entonces presidente de Estados Unidos Barack Obama anunció el lanzamiento de la Iniciativa BRAIN en el East Room de la Casa Blanca. El objetivo del proyecto (brain quiere decir cerebro en inglés) era tan ambicioso como vasto: 15 años de duración, un presupuesto total estimado en 4.500 millones de dólares y laboratorios distribuidos alrededor de todo el mundo, todos trabajando en pos de mapear toda la actividad neuronal del cerebro, y entender cómo funciona el más misterioso de los órganos.

Desde la posibilidad de tratar el Parkinson y el Alzheimer​ hasta la creación de prótesis que permitan vincular el cerebro directamente a Internet, los potenciales avances que se adivinan detrás del éxito de BRAIN se asoman como capaces de solucionar algunos de los problemas más insondables de la medicina, como así también de alterar el paradigma de lo que se entiende es un ser humano.

“El proyecto BRAIN es importantísimo porque está enfocado en crear herramientas, las cuales les van a permitir a los científicos hacer descubrimientos importantes", afirma Rafael Yuste (56), un neurobiólogo español que actualmente trabaja en el Universidad de Columbia en Nueva York, Estados Unidos. Además de ser uno de los investigadores más citados del mundo en el campo de la neurociencia, es uno de los ideólogos de la Iniciativa BRAIN, que quiere decir Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies (Investigación del cerebro a través del avance de neurotecnologías innovadoras).

"Los enviones más importantes para la ciencia se los dan las tecnologías. Los científicos podemos creer que somos claves, pero en realidad, sólo podemos ver lo que nuestras herramientas nos permiten”, explicó Yuste en diálogo con Clarín durante su reciente paso por Buenos Aires, donde llegó invitado por el programa Argentina 2030 de la Jefatura de Gabinete de Ministros del gobierno nacional. “Gracias a esta tecnología, vamos a entender cómo funciona el cerebro, y el cerebro genera la mente humana. Tal vez no seremos nosotros los que lleguemos a hacerlo, pero esto va a permitirle a las nuevas generaciones profundizar investigaciones y estudios sobre la neurociencia”, completa.

No hace falta ser científico para notar que, en los últimos tiempos, la neurociencia está en todas partes. Desde el marketing y la economía hasta la autoayuda, no pareciera haber disciplina que no esté encandilada por la “moda neuro”. Tampoco es difícil entender por qué: es evidente que la clave para entender los aspectos centrales del comportamiento humano está en el cerebro, el órgano más fascinante y misterioso de todos. Y si bien ha habido avances en los últimos años que han alimentado esta suerte de pasión por la ciencia, el tema es que aún no se sabe a ciencia cierta cómo funciona. Sin embargo, para científicos e investigadores del campo, la posibilidad de descifrar el “lenguaje” del cerebro es un horizonte que se atisba como algo que está cada vez más cerca.

La neurociencia es el campo de la ciencia que estudia el sistema nervioso y la interacción entre las diferentes partes del cerebro que dan lugar a las bases biológicas de la cognición. El “padre” de la neurociencia moderna es el médico e investigador español Santiago Ramón y Cajal, quien obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1906 junto al italiano Camillo Golgi por su trabajo sobre la estructura del sistema nervioso. Es decir que, como disciplina autónoma, es relativamente nueva.

“Era una ciencia secundaria, después de física, la química y la biología molecular. Ahora ha madurado, es como un niño que creció, y está listo para tomar su lugar. El proyecto BRAIN fue un momento crucial en este proceso de consolidación”, explica Yuste, quien no tiene dudas de que la neurociencia va a terminar siendo “la ciencia central de la humanidad”. “Podría llegar a ser una disciplina que se mueva en pie de igualdad con la física y la química”, opina.

Un misterio a resolver
La iniciativa BRAIN está modelado en base al proyecto del Genoma Humano, una iniciativa científica global que se lanzó con el objetivo de identificar los cerca de 25000 genes que componen el ADN humano. Hay alrededor de 500 laboratorios alrededor del mundo haciendo investigaciones en el marco de BRAIN, que está en el quinto año de los 15 que se prevé que durará. Se calcula que el presupuesto final del proyecto rondará los 6000 millones de dólares. Según Yuste, la iniciativa está llegando a su “velocidad crucero”, una suerte de punto medio de su recorrido.

Los objetivos generales del proyecto se pueden dividir en tres grandes grupos: mapear la actividad neuronal, asistir en la cura de condiciones neurológicas y contribuir a la creación de nuevos modelos teóricos e informáticos. El primer objetivo se refiere a la posibilidad de registrar la actividad de las 70 mil millones de neuronas se estima tiene el cerebro. La neurona es la célula principal del sistema nervioso, y es la encargada de recibir, procesas y transmitir información a través de señales químicas y eléctricas. El funcionamiento del cerebro es tan complejo que hasta ahora sólo se ha podido registrar la actividad de grupos pequeños de neuronas al mismo tiempo.

El segundo objetivo es el que tiene una aplicación más directa y palpable. Entender el funcionamiento del cerebro podría derivar en la posibilidad de entender qué es una depresión, un retraso mental o una enfermedad neuronal. Potencialmente, podría asistir en el tratamiento de condiciones como el Alzheimer o el Parkinson. El tercer objetivo se refiere a cómo develar el funcionamiento del cerebro podría redundar en mejoras a la inteligencia artificial, y a los modelos informáticos.

 “Estas herramientas pueden ayudarnos a develar cómo los cerebros hacen cálculos, y es casi seguro que usan algoritmos mucho más sofisticados que las que actualmente usa la inteligencia artificial. Y con un gasto energético muchísimo menor”, explica Yuste, quien acota a su vez que la inteligencia artificial funciona en base a cómo se pensaba que funcionaba el cerebro en la década del 70. O sea, un modelo perimido.

“Algunas de las computadoras más poderosas en la actualidad necesitan una central eléctrica propia para operar. En cambio, una hormiga, con un cerebro de un miligramo, hace unas operaciones de altísima complejidad con un gasto energético mínimo. En el caso del cerebro humano, el gasto energético es similar al de un foco de luz. La naturaleza descubrió algo hace 700 millones de años que nos puede enseñar, y es algo que seguramente puede revolucionar la industria informática”, remata.

Nuevos riesgos y nuevos derechos
De no mediar inconvenientes, la evolución de la iniciativa BRAIN llevaría primero a la creación de tecnologías que permitirían entender el funcionamiento del cerebro, lo que a su vez abriría el camino a que se pueda directamente intervenir y manipular la actividad cerebral. Esto redundaría en beneficios para los tratamientos médicos de condiciones neurológicas, pero también abriría la puerta a que se pudiesen aplicar “mejoras” a personas que no tienen problemas de ningún tipo.

“La mente es el cerebro, el tema es que no lo entendemos. Pero una vez que nuestras herramientas y tecnologías nos permitan estudiar el cerebro, vamos a poder entender y manipular los pensamientos de la gente. Por eso, tenemos que ser muy responsables, sobre todos los científicos como yo”, acota Yuste, quien ya ha hecho una propuesta para tratar de lidiar con esta cuestión. Junto con otros 25 especialistas del campo, postuló una serie de reglas éticas en la revista Nature que servirían para regular la aplicación de estas tecnologías. Les dieron el nombre de neuroderechos, y el objetivo es que en última instancia sean incorporados a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

“La idea es que haya una protección que sirva para proteger nuestras propiedades más esenciales. Esto es inédito en la historia, porque a nadie se le pudo haber ocurrido que algún día seríamos capaces de intervenir y manipular la actividad mental, y que las características básicas del ser humano pudieran ser modificadas”, explica para explicar el porqué de su determinación.

Los cinco derechos son los siguientes:
Derecho a la privacidad mental: Esto se refiere no a los datos que uno pone en el celular, sino a la información que está en las neuronas. Los datos de las neuronas generan la mente, y por eso deben estar regulados con un rigor legal que prohíba comercializarlos. Tendría un rigor legal similar al que regula los órganos humanos. No se puede comprar o vender un riñón. Sí se puede donar un órgano, y ese sería el mismo caso para los datos neuronales.

El segundo y el tercero están interrelacionados: son el derecho a la identidad personal y al libre albedrío. Tiene que ver con las interfases cerebro-computadora que se están desarrollando en el proyecto BRAIN, y abren la puerta a maneras más eficientes de conectar los cerebros de los pacientes a la red. Esto sería de gran utilidad para pacientes parapléjicos, ya que podrían llegar a operar brazos y piernas robóticas a través de una interfase cerebro-computadora.

También podría ayudar a ciegos. Actualmente se están desarrollando prótesis inalámbricas que se podrían implantar debajo del cráneo. Conectadas a una cámara, estas prótesis podrían estimular la actividad neuronal de una forma similar a cómo trabaja la visión. Este avance tecnológico, sin embargo, también permitirá la creación de prótesis que conecten el cerebro de personas sin ningún tipo de discapacidad directamente a Internet.

“Cuánto más conectado uno esté, menos atributos humanos tendrá. Cuanto más dependa de la red para tomar decisiones, menos libre albedrío tendrá. La sensación de identidad personal, el ‘yo’ y el libre albedrío, la capacidad de tener agencia, son derechos humanos fundamentales. La única razón por la cual no están consagradas oficialmente es porque a nadie jamás se le ocurrió que ese tipo de instancias pudieran ser modificadas artificialmente. ¿Quién podría haber pensado alguna vez que una persona no tendría capacidad de decisión propia?”, explica Yuste para fundamentar el porqué de la inclusión de este derecho.

Derecho al acceso equitativo: Al igual que los trasplantes de órganos, lo que se busca es que estas tecnologías sirvan para mejorar la vida de pacientes discapacitados. Si se permite a cualquiera instalarse un electrodo en la cabeza con la cual conectarse a Internet, las personas podrían tener acceso a algoritmos que les aumenten sus funciones cognitivas.

“Se podría tener acceso a un traductor de todos los idiomas; acceso instantáneo a la bolsa de Wall Street. Las ventajas económicas y sociales de estar conectado directamente a la web serán siderales. Esto significa que podría haber personas cognitivamente ‘aumentadas’, y otras que no. Una fractura social entre dos tipos de seres humanos, entre quienes tienen acceso a esta tecnología, y quienes no”, detalla Yuste, que sostiene que la decisión respecto a quien recibe este tipo de implantes deberá tomarse en base a “argumentos médicos, y no económicos o sociales”.

Derecho a la no discriminación, o al resguardo de los sesgos de los algoritmos: las prótesis que se instalarán en los pacientes funcionarán con algoritmos de inteligencia artificial creados por programadores e ingenieros de software. Es sabido que los algoritmos reflejan sesgos, que son los sesgos inconscientes de las personas que las crean. Si eso termina en dispositivos dentro del cerebro humano, se corre el riesgo de que las personas terminen con esos mismos sesgos. Al manipular el cerebro de las personas, hay que tener un celo máximo de que lo que ingresa allí esté limpio.