Mostrando entradas con la etiqueta Espacio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Espacio. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de mayo de 2021

UCRONÍAS Y VIAJES A MARTE: LA CARRERA ESPACIAL TIRA DEL CARRO DE LA INNOVACIÓN

30 de mayo de 2021. Sebastián Campanario. PARA LA NACION

¿Qué hubiera pasado si un determinado suceso del pasado no hubiera ocurrido, o si se hubiera desarrollado de otra manera? La “historia contrafactual” tiene una amplia tradición en la academia, con promotores como Niall Ferguson, y también da el pie para un género literario donde brilló Philip Dick con su novela El hombre en el castillo. En este libro de 1962 –y en la serie homónima de Amazon de 2015– se especula con el devenir histórico alternativo si Alemania y Japón ganaban la Segunda Guerra y se repartían a los Estados Unidos en dos partes.

Otra obra ucrónica más reciente, Para toda la humanidad (2019, Apple TV) se plantea un contrafáctico interesante: qué hubiera pasado si la Unión Soviética llegaba primero con una misión tripulada a la luna. Probablemente toda la trayectoria geopolítica posterior (incluyendo la debacle de la URSS) se habría alterado, lo que muestra lo medular que resultan en la sociedad moderna los hitos espaciales. ¿Qué pasaría si China llegara antes que Estados Unidos con humanos a Marte? ¿Marcaría eso el final del siglo de dominio americano?

En un libro lanzado en 2019, a los 50 años de la llegada del hombre a la Luna, Un paso gigante, el periodista de la revista Fast Company Charles Fishman repasa el legado de “externalidades tecnológicas” que dejó el programa Apollo en los 60 y 70, con avances que se pensaron en primer término para llegar a la Luna pero luego tuvieron un impacto enorme en la tierra. Así como en el campo de la innovación se habla de “moon-shots” (tiros a la luna) para caracterizar a una meta grandiosa, su contraparte “earth-shots” sirve para evaluar cómo esas fronteras tecnológicas que se van corriendo impactan en la Tierra.

Fishman cuenta que a principios de los 60, cuando se inició el programa Apollo, que en su cenit ocupó a más de 400.000 personas (fue por lejos el trabajo colaborativo más ambicioso de la historia de la Humanidad), los Estados Unidos eran un país “tecnológicamente naif”. La carrera espacial fue el origen de invenciones como los filtros de agua, el GPS o componentes claves que hoy usan las cámaras de los celulares.

Pero hay una avenida de innovación vinculada a aquel proceso que realmente “lo cambió todo”. La NASA fue, durante más de una década, el único cliente de la naciente industria de los microchips. Este monopsonio permitió que pudiera crecer desde su fragilidad inicial un sector que luego tomó la velocidad de la famosa “Ley de Moore” y propició la revolución de las computadoras personales, internet, celulares, etcétera.

Con más de 50 despegues programados solamente en los Estados Unidos, 2021 apunta a ser, por la densidad de misiones y la cantidad de novedades, el año más importante para la carrera espacial desde 1969. El plato fuerte se dio en febrero con la llegada simultánea de tres misiones no tripuladas a Marte (de los Estados Unidos, de China y de Emiratos Árabes). Hay pasos claves en el Programa Artemis (que volverá a poner humanos en la Luna desde 2024), iniciativas para llegar más cerca del sol, desviar asteroides y poner en órbita telescopios infinitamente más poderosos que los actuales, entre otros hitos.

En paralelo, la agenda de la cultura pop acompaña con un récord de series y películas de esta temática: en octubre, Tom Cruise viajará al espacio para rodar la primera película de ficción filmada completamente fuera de la Tierra. Como ocurría con quienes pasaron su infancia en los 70 rodeados de posters de naves espaciales en sus habitaciones, lo nerd vuelve a ser cool (y esto no es nada trivial, por ejemplo, para la selección de carreras universitarias)

En este contexto, muchos científicos especulan acerca de cuáles serán las tecnologías que hoy se están empujando “al límite” y que tendrán un impacto en la Tierra del nivel de lo que fue la revolución digital.

“Un área donde veo corrimiento de frontera es en robótica e inteligencia artificial por las misiones no tripuladas a lugares cada vez más lejanos, donde tienen que tomarse decisiones autónomas cada vez más sofisticadas”, cuenta Alejandro Repetto, CTO de Inipop y experto en diseño de futuros. “Lo vemos con todas las iniciativas de Marte, con sensores, robótica y procesado que luego decanta directamente en autos, aviones o electrodomésticos en la Tierra”.

“El otro tema fuerte, que impulsa mucho Elon Musk, tiene que ver con que para poner personas en Marte hace falta producir agua y alimentos en ambientes muy extremos”, continúa Repetto. “Ese tipo de logros son los que luego permitirían plantar soja en el Sahara”, agrega.

Prácticamente todas las tecnologías exponenciales actuales tienen proyectos vinculados a la exploración espacial que empujan sus fronteras. Los contratos inteligentes anclados en blockchain resultan ideales para proyectos logísticos ultrasofisticados, como el minado de asteroides; o la construcción de bases espaciales (además de que los satélites se usan como nodos de esta arquitectura de software). De hecho, la empresa Planetary Resources (de minería de asteroides) fue comprada por ConsenSys (una compañía de blockchain).

El ida y vuelta con la biotecnología también arde. En línea con lo que contaba Repetto, la NASA tiene toda una tradición en transferencias que se aplican tanto a mejora del agua como a mitigación del cambio climático y desafíos alimentarios. La científica Clara Rubinstein cita por ejemplo el caso de la “astropatología”, una subdisciplina emergente que usa algoritmos que se utilizan para identificar cuerpos celestiales en el espacio para hacer lo propio con células patógenas en pacientes con cáncer.

Para el físico ruso Andrei Vazhnov, “hoy en día se volvió más difícil de distinguir aplicaciones terrestres de las espaciales. Por ejemplo, mucho de dinamismo reciente en la industria espacial fue gracias al mercado de lanzar miles de satélites de bajo costo. Estos, si bien es una tecnología espacial, tienen aplicaciones directamente terrestres para provisión de internet o agricultura de precisión”.

Sin embargo, agrega Vazhnov a La Nacion, “creo que en el futuro puede haber casos que en sí tienen un potencial impresionante. Por ejemplo, el SpaceShipTwo de Virgin Galactic esta originalmente pensado como vehículo para turismo espacial pero una vez que los costos bajan puede ofrecer vuelos de ciudad a ciudad con velocidades orbitales.”.

Otras tecnologías “de ciencia ficción” que se planean para la década que viene contemplan, por ejemplo, motores para viajar varias veces más rápido que con los actuales y aspirar, en un futuro, a llegar a algún exoplaneta.

Si queremos conocer algún día una civilización alienígena, tal vez estos viajes largos serán indispensables; porque como dice el chiste de astrónomos “la mejor prueba de que allá afuera hay vida inteligente es que nunca visitaron la Tierra”.

sábado, 27 de febrero de 2021

UNA DISCUTIDA PRUEBA DE VIDA EXTRATERRESTRE

A contramano de sus colegas, el astrofísico Avi Loeb asegura que en el sistema solar hay evidencia cercana de otras inteligencias

27 de febrero de 2021. Martín De Ambrosio. PARA LA NACION

Pocas veces un científico instalado –cómodamente, podría decirse- en el corazón del sistema científico internacional acusa a casi todo el resto de sus colegas de ser timoratos, acomodaticios y más buscadores de fama que de verdades de la naturaleza. Pero Avi Loeb lo hizo. ¿La razón? Loeb está convencido de que pasó por el sistema solar un vestigio de vida inteligente y para el resto de sus colegas fue apenas un cometa, aunque de forma y trayectoria singulares. Como se suele decir, “es más complejo”, a punto tal de que Loeb acaba de publicar un libro (Extraterrestre. La humanidad ante el primer signo de vida inteligente más allá de la Tierra; editado en español por Planeta) donde se toma unas doscientas cincuenta páginas para argumentar su postura, ofender a quienes no se habían ofendido aún y, de paso, contar algo de su historia familiar en una pequeña comunidad agrícola de Israel (pero no para llenar páginas, sino como parte de una parábola con la que busca defender sus ideas).

Loeb, nacido en 1962, es un catedrático de astrofísica de la Universidad Harvard y miembro del Consejo asesor del presidente de los Estados Unidos que tenía una vida relativamente oscura, lejos del mundanal ruido de los medios de comunicación y las grandes audiencias hasta que un cometa se cruzó en su camino. O vaya a saber qué. Hacia septiembre de 2017 los telescopios detectaron el paso por el sistema solar de un objeto –de un diámetro de unos 400 metros- con una trayectoria singular, que era en cierta forma (este “en cierta forma” es clave en la historia) atraído por la gravedad del sol, pero no tanto como otros objetos del estilo. Enseguida se pusieron de acuerdo los expertos en que se trataba de material interestelar, es decir, que no era una roca perdida de las tantas que hay entre los planetas Marte y Júpiter. Venía de otro lado. Fue bautizado con una palabra hawaiana, que significa “explorador”: oumuamua. Hubo algunas dudas y se intentaron hipótesis de qué sería hasta que la idea de Loeb llegó a la primera plana de los diarios: era un objeto creado por una civilización inteligente, quizá podía ser un objeto propulsado por la energía del sol, o hasta una boya colocada para señalar dónde está precisamente el sistema solar. El astrónomo de Harvard lo plantea como hipótesis, pero la defiende como si estuviera convencido. Y cuando le dicen que, en fin, hacen falta más datos, que las afirmaciones extraordinarias (“existe otra inteligencia en el universo”) requieren pruebas extraordinarias, y otros clásicos argumentos que forman parte del equipaje del escéptico se exaspera. Así, se peleó con el célebre escritor e historiador de la ciencia Michael Shermer, por ejemplo, quien defiende esta postura de falta de datos suficientes como para hacer semejante afirmación. “Es que la mera posibilidad puede tener enormes implicancias para la humanidad; si voy a la cocina y veo una hormiga se puede conjeturar que no es única y que hay un hormiguero donde está lleno de ellas”, le dijo, un poco casi a los gritos (el diálogo duró casi dos horas y es imperdible; se ve en skeptic.com) y le sumó las seis características de Oumuamua que no se podrían explicar de otro modo; insistió en que el ser humano debe abrirse a la hipótesis de que no es la única criatura inteligente en el universo: “Hay que estar preparado para buscar lo extraordinario y financiarlo”, le remató a un Shermer que cabeceaba negativamente (al final terminaron amigos: en definitiva, aunque enciende pasiones, la discusión es casi por una nota al pie dentro de un paradigma racionalista).

Loeb mantiene variantes de su discurso en todos los foros que puede. “¿Qué quieren que les lleve, un extraterrestre que les estreche las manos?”, se quejó en una conferencia de prensa organizada por Planeta para medios latinoamericanos (se busca repetir en nuestro idioma el éxito que tuvo el libro en los Estados Unidos y el Reino Unido, donde consiguió lugares en los rankings de bestsellers de los principales diarios). “Muchos científicos están en la zona de confort, lugar donde no estaba gente como Galileo, como Einstein, como Copérnico. Equivocarse es una posibilidad, un riesgo que es obligatorio correr”, mencionó Loeb (quien tiene varias colaboraciones con el cosmólogo argentino Matías Zaldarriaga, profesor en Princeton). “Hay que poner la piel en el juego; no hacerlo es insano para la ciencia”, agregó. A Loeb los científicos le resultan conservadores que no toman los riesgos suficientes; en eso, cree son peores que los inversores, que siempre en su cartera se guardan un espacio para lo que puede generar alto rendimiento. “Cómo puede ser que no se tomen riesgos en la academia, tan preocupados como están por su propia imagen. Algo se perdió en el camino desde que eran chicos interesados por su alrededor. Su rindieron ante el ego, antes las palabras, el reconocimientos y los me gusta de Twitter. Como diría un entrenador de basquetbol, deben mirar a la pelota, no a las tribunas. Hay que ignorar a las redes sociales, donde yo no tengo ninguna huella”, se despachó.

El hecho de no conseguir consenso para sus ideas no arredró a Loeb y continuó al contraataque. ¿Así que me dicen que es muy especulativa mi idea?, pudo haberse preguntado, ¿y qué me dicen de otras ideas que reciben prensa, prestigio y dinero y son todavía más alocadas y carentes de datos y hasta de la mera opción de ser falsadas? En ese sentido sumó, sólo en el ámbito de la física y la cosmología, a las teorías de las supersimetrías, las dimensiones espaciales extra, las teorías de cuerdas y los multiversos (universos múltiples): para él son artificios matemáticos de meros calculistas. “Se fomenta explícita e implícitamente el conservadurismo científico, lo que me deprime y preocupa considerando la cantidad de anomalías que aún esconde el universo”, escribió.

Claro: el hecho de que los científicos, algunos de ellos, se dejen describir por esta retahíla no significa que en efecto oumuamua sea extraterrestre. En el fondo, la discusión es a la vez filosófica y bien material y de juego de poderes. En el último punto, en lo referido al destino de los fondos de investigación para inteligencias extraterrestres, que para Loeb es escaso. En el primero, la certeza de que la astrofísica es una de las ciencias fundamentales porque por un lado puede responder incógnitas primigenias, como el sentido del universo, nuestro lugar en el cosmos, y por otro puede servir para entenderlo y eventualmente llevar la especie humana o la vida terrestre más allá de su (aparente) planeta de origen.

Oumuamua es suficientemente extraño, admite César Bertucci, investigador principal del Conicet en el Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE). “Es como que se va combando, sin un eje de simetría convencional, es decir que no pasa por la dimensión más larga. Va como a los tumbos. Y es llamativo que a medida que se acerca al sol no produce una liberación de gases como lo haría cualquier objeto de tipo asteroide o cometa. No hay sublimación de hielos (el paso de sólido a gaseosa, sin pasar por fase líquida), o de cualquier otro sólido por acción de la radiación solar. Se están viendo la composición de la estructura. Son cosas que lo hacen bastante atípico”, dijo a LA NACION. Sin embargo, Bertucci, un experto en plasma e interacción entre cometas y viento solar, aunque cree “honesto” buscar todas las opciones de explicación a una observación y está bien pensar fuera de la caja, “el mero hecho de mencionar la posibilidad de que sea producto de una civilización no le otorga ese carácter de inmediato, es una de las tantas posibilidades. El resto entra en el campo de la creencia. Está bien ser abierto con la evidencia, pero hay que considerar los distintos escenarios con un cierto orden de prioridades, hay gran variedad de escenarios”.

Como sea, Loeb arrojó la piedra, se llevó la atención ante la pregunta básica de si estamos solos o no en el universo y si hay alguna chance de que efectivamente existan contactos por más que las distancias siderales sean literalmente siderales (con la estrella más cercana a unos cuatro años luz, una distancia que con las tecnologías actuales llevaría miles de años recorrer). Si logra que haya más ojos puestos en la búsqueda de inteligencias actuales o pasadas, sentirá que cumplió su misión de hacer mirar a los obtusos. Como Galileo.

Martín De Ambrosio

domingo, 7 de julio de 2019

ALUNIZAJE: ESTADOS UNIDOS ABRE OTRA CARRERA ESPACIAL 50 AÑOS DESPUÉS


Estados Unidos buscará hacer base en la Luna en 2024 para llegar a Marte; en el mundo se preparan los festejos por el 50º aniversario.
Rafael Mathus Ruiz. 7 de julio de 2019 

WASHINGTON.- Medio siglo después de que Neil Armstrong dio su "pequeño paso para el hombre, gigantesco salto para la humanidad", el mundo se prepara para conmemorar ese instante de comunión planetaria en plena Guerra Fría, en medio de una nueva carrera espacial.

La llegada del hombre a la Luna tuvo consecuencias enormes que tocaron a millones de personas en todo el planeta. Aceleró el desarrollo tecnológico, impactó en el choque de los dos sistemas ideológicos en pugna entre Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética, y creó una de las primeras comunidades globales: unos 650 millones de televidentes, incluidos los de la Argentina, contemplaron en sus pantallas la transmisión del 20 de julio de 1969.

Los festejos recorrerán el planeta, empezando por una cena de gala en el Centro Espacial Kennedy, en Florida. Las celebraciones coinciden con una nueva carrera. Estados Unidos quiere volver a Luna, pero esta vez para quedarse y hacer una escala estratégica en el largo viaje hacia la nueva frontera en el espacio: Marte. El nuevo programa de la NASA pondrá por primera vez a una mujer en la superficie lunar, y tendrá, también, nombre de mujer: Artemisa, la hermana gemela de Apolo, el dios de la mitología griega que le dio su nombre al programa espacial que quedó en la historia a fines de los 60.

A diferencia de lo que ocurrió en 1969, Rusia -en ese entonces, la Unión Soviética- dejó de ser el principal rival de Estados Unidos en la carrera por el liderazgo en las estrellas. Ahora, ese lugar lo ocupa China, que aspira a ser líder en tecnología espacial. A fines del año anterior, Pekín logró su primer gran hito: colocó, por primera vez, una nave espacial, Chang'e 4, en el lado oscuro de la Luna. El aterrizaje "marcó un nuevo capítulo en la exploración lunar y espacial de la raza humana", dijo la Administración Nacional del Espacio de China.

Tras este hito, Estados Unidos aceleró sus planes. El vicepresidente, Mike Pence, anunció el nuevo objetivo en un discurso en marzo último: volver a la Luna en 2024, construir una base y, desde ahí, seguir a Marte y más allá. "Ese es el próximo gigantesco salto", definió Pence. El país, arengó, estaba en una nueva carrera espacial, y no solo contra sus "adversarios", sino contra su peor enemigo: la complacencia.

Nueva era
Estados Unidos aspira ahora a volver a colocar a un hombre y una mujer en la Luna en cinco años. El objetivo: el polo sur, donde científicos hallaron evidencias de agua congelada. El nuevo programa, Artemisa, nació a partir de una directiva del presidente Donald Trump, firmada a fines de 2017, que marcó un cambió en la estrategia de la NASA. La idea original era volver en 2028. Esa meta se adelantó a 2024.

El nuevo cronograma es ambicioso. "Primero, nos enfocamos en acelerar el descenso del siguiente hombre y la primera mujer en la Luna para 2024. Segundo, vamos a establecer misiones sustentables para 2028", definió el administrador de la NASA, Jim Bridenstine.

El programa Artemisa busca abrir una nueva era de exploración, además de brindar una victoria geopolítica sobre China. Pero algunos científicos temen que Artemisa sufra el mismo destino de Apolo, su antecesor, que terminó de manera abrupta en 1972, sin completar todas las misiones previstas, cuando quedó en claro que Estados Unidos había derrotado a la Unión Soviética.

"No soy partidario de las carreras espaciales. Como se demostró con Apolo y la carrera espacial con la Unión Soviética, una vez que se ganó la carrera, el programa se termina. La exploración espacial a través de la competencia no es sostenible", afirma Clive Neal, geólogo de la Universidad Notre Dame y presidente emérito del Grupo de Análisis de Exploración Lunar, un foro dedicado a aportar conocimiento a la NASA.

Para las nuevas misiones a la Luna, la NASA ya comenzó a desarrollar un nuevo cohete, el Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS, según sus siglas en inglés), heredero del poderoso Saturno V que impulsó a las misiones Apolo a la Luna. La logística del viaje lunar no ha cambiado mucho en medio siglo, aunque sí habrá un salto innovador: la NASA, junto con empresas privadas que participan, ensamblará una estación espacial en la órbita lunar, llamada Gateway, un hub que servirá de plataforma para los alunizajes, la construcción de una base lunar y las futuras misiones a Marte. La nueva nave, Orion, viajará desde la Tierra y se acoplará a esa estación, desde donde partirán los astronautas en los nuevos módulos lunares para el alunizaje.

Para esta nueva era espacial, la NASA se asoció con empresas como SpaceX, de Elon Musk, o Blue Origin, de Jeff Bezos. La Luna despierta también el interés de otros países. "Lo que ha sucedido en este siglo es que realmente ha habido un renacimiento en cuanto a la cantidad de naciones que quieren ir a la Luna. Antes eran solo Rusia y Estados Unidos. Ahora tenemos a la India, China, la Agencia Espacial Europea y Japón. Hay mucho interés internacional", detalla Neal.

Cada vez que usa su teléfono celular, el especialista dice que les agradece a las misiones Apolo, que impulsaron la miniaturización de la electrónica. La misión a Marte podría dejar aportes para la lucha contra la osteoporosis, la atrofia muscular, el reciclaje o la reducción del consumo, continúa. "Tenemos hielo de agua en la Luna, Marte y los asteroides. El agua es el petróleo del Sistema Solar", se entusiasma. Pero, una y otra vez, insiste: es necesario tener un objetivo de largo plazo, un horizonte de 50 años, que ahora no ve.

El rol de las agencias espaciales, remarca Neal, es estimular la innovación y la creación de empleos en la Tierra. El presupuesto de la NASA "es una inversión en nuestro futuro", define. "Tenemos que aprender de la historia -dice-. De lo contrario, estamos destinados a repetirla". "Tenemos hielo de agua en la Luna, Marte y los asteroides. El agua es el petróleo del Sistema Solar", se entusiasma Clive Neal, geólogo de la Universidad Notre Dame y presidente emérito del Grupo de Análisis de Exploración Lunar.

lunes, 4 de marzo de 2019

LA CÁPSULA DRAGON DE SPACE X SE ACOPLÓ CON ÉXITO A LA ESTACIÓN ESPACIAL INTERNACIONAL


Es un paso clave en los planes de la NASA de volver a llevar astronautas al espacio. Los detalles. Un proyecto de Elon Musk
03/03/2019 - 15:29  Clarín.com  

"¡Acoplamiento confirmado! Después de 18 órbitas de la tierra desde su lanzamiento, la nave espacial Crew Dragon se unió con éxito a la Estación Espacial Internacional", confirmó este domingo la NASA. Se trata de una misión de prueba de la empresa Space X -del multimillonario Elon Musk-, con el que la agencia estadounidense planea volver a llevar este año astronautas al espacio.

El acoplamiento de la cápsula, que tiene 8 metros de largo y llevaba un maniquí a bordo, fue a las 7.51 (hora de la Argentina), confirmaron los astronautas de la estación. Un poco más de dos horas más tarde, los tres miembros de la tripulación de la Estación Espacial Internacional (ISS), la estadounidense Anne McClain, el canadiense David Saint-Jacques y el ruso Oleg Kononenko, abrieron la escotilla de la cápsula y, por primera vez, entraron en la cápsula en el espacio.

En su interior encontraron al maniquí, Ripley, instalado en un asiento, y a un pequeño peluche con forma de planeta azul, que SpaceX introdujo con humor en la cápsula para que sirviera de "indicador de ingravidez super 'high tech'". "Bienvenidos a la nueva era de los vuelos espaciales", declaró McClain, desde el interior de Crew Dragon.

"Felicidades a todos por este logro histórico que nos acerca al día en que podremos hacer volar a astronautas estadounidenses en cohetes estadounidenses", declaró el jefe de la NASA, Jim Bridenstine. La cápsula se había acercado en varias etapas a la estación, sincronizando su velocidad y trayectoria.

En la imagen, el contacto parecía producirse muy lentamente, pero lo cierto es que la ISS y la cápsula avanzaban paralelas a más de 27.000 km/h en órbita alrededor de la Tierra, a unos 400 kilómetros de altura de la superficie de nuestro planeta. La llegada tardó aproximadamente 27 horas desde el lanzamiento de la cápsula en un cohete Falcon 9 de SpaceX desde el Centro Espacial Kennedy en Florida. Dragon se separará de la estación el próximo viernes para volver a la Tierra y caer en una plataforma en el Atlántico, frenada por cuatro paracaídas.

La misión es un ensayo general, sin humanos, de la primera misión tripulada de Dragon, que se lanzará este año. Si todo sale según lo previsto, en abril la SpaceX llevará a cabo un nuevo test de vuelo para probar un sistema de emergencia y, meses más tarde, probablemente en julio, transportará por primera vez a dos astronautas de la NASA a la estación espacial, donde permanecerán dos semanas.

El objetivo de la prueba realizada este fin de semana es verificar que el vehículo sea confiable y seguro, para permitir a la NASA reanudar los vuelos tripulados desde suelo estadounidense. Desde el final del programa de transbordadores espaciales en 2011 tras 30 años de servicio, sólo los rusos transportan personas en viajes de ida y vuelta a la ISS.

SpaceX ha realizado este viaje una docena de veces desde 2012, pero llevando solo suministros para reabastecer la estación. Transportar humanos allí requiere asientos, un aire respirable en una cabina presurizada, una temperatura regulada para los pasajeros y, por supuesto, sistemas de emergencia. La NASA se dispone así por primera vez a confiar a compañías privadas el transporte de sus astronautas. Boeing también ganó un contrato y está desarrollando su propia cápsula, Starliner, que será probada en unos meses.

La agencia espacial estadounidense ya no es propietaria de naves ni cohetes y compra un servicio por un precio fijo: 2.600 millones de dólares por seis viajes tripulados de ida y vuelta en el caso de SpaceX, según un contrato firmado en 2014, al que se suman los contratos de desarrollo de las naves por 600 millones.

Este cambio de modelo se inició durante el primer mandato del presidente Barack Obama, a partir de 2010. Pero debido a los retrasos en el desarrollo, se ha concretado bajo la presidencia de su sucesor, Donald Trump. El momento en el que cohete SpaceX Falcon 9 despegaba, este sábado, para llevar a la cápsula a la Estación Espacial Internacional. (Reuters)

"Hemos logrado que la Nasa vibre otra vez. Gran operación y éxito. íFelicitaciones a SpaceX y todos!", tuiteó el mandatario republicano el sábado después del lanzamiento de la cápsula. "Estamos liderando en el espacio de nuevo", se jactó en su cuenta de Twitter el vicepresidente Mike Pence. La NASA tiene como instrucción oficial desde 2017 volver a la Luna. Para ello ha recibido un buen financiamiento del Congreso y tiene un presupuesto de 21.500 millones de dólares en 2019.

Elon Musk, el magnate que creó SpaceX en 2002, parece más interesado en una exploración más lejana del Sistema Solar. El sábado volvió a exponer su sueño: "Deberíamos tener una base en la Luna, una base humana permanentemente ocupada en la Luna. Y enviar gente a Marte y construir una ciudad en Marte". Musk firmó con un cliente, el multimillonario japonés Yusaku Maezawa, para un viaje alrededor de la Luna no antes de 2023, a bordo de un cohete que está en construcción, mucho más poderoso que el utilizado para la misión Dragon.
Fuente: AFP y Télam

viernes, 22 de febrero de 2019

QUIÉNES SON LOS QUE IMPULSAN LA CONQUISTA DEL ESPACIO


Artemis es una base lunar formada por cinco domos que dan servicio a una pequeña industria pesada y al turismo espacial. Pasarla bien en la luna es caro, y a muchos jóvenes no les alcanza el dinero para subsistir. Los apartamentos son tan pequeños como cajas, se comparten instalaciones de aseo comunales y se comen unos snacks de algas muy baratos. La pobreza ha persuadido a muchos de armar una comisión criminal: un sabotaje en la superficie lunar. La luna se ha convertido en un campo de batalla para el crimen organizado que persigue una nueva tecnología que podría revolucionar todo el sistema de comunicación de la Tierra.

Esta es la trama de Artemis, la segunda novela de Andy Weir, escritor del bestseller The Martian, que esta vez nos lleva a la luna a espiar a posibles poblaciones futuras y sus conflictos. Mientras la ciencia ficción sigue encontrando en el espacio un lugar fértil para emplazar sus historias, una nueva ola de empresas, científicos e inversionistas predice sociedades interplanetarias y construye un presente prometedor para las próximas tres décadas de exploración y conquista espacial en la que las bases de habitantes permanentes en la luna, subsidiarias de empresas en estaciones espaciales privadas, miles de constelaciones de satélites brindando servicios permanentes o hasta el turismo a Marte salen del terreno de la ficción para ser ciencia.

A mediados de la década del 90, el fin de la Guerra Fría había desinflado a las principales agencias espaciales. Así como la NASA logró poner hombres en la luna, la ex URSS logró los mayores récords de permanencias humanas en el espacio a bordo de sus estaciones espaciales. Pero con el cambio de política contaban con mucho menos presupuesto y por ello debieron abrirse hacia la colaboración con iniciativas privadas. "Las actuales agencias espaciales siempre tendrán su participación en la actividad espacial por más que existan las empresas privadas, ya que por un lado las primeras tienen la experiencia y las segundas tienen recursos para afrontar una nueva actividad espacial en la cual prima la optimización de recursos con los cohetes reutilizables, por ejemplo, ya que los costos corren por su cuenta, en la jerga científica se dice que las compañías privadas están subidas a hombros de gigantes (las agencias espaciales) ya que utilizan su experiencia y la mejoran", describe Diego Córdova, investigador de historia espacial y vuelos tripulados, periodista y autor del libro Huellas en la luna, que se publicará en abril próximo, a días de que se cumplan los 50 años del programa lunar Apolo 11.

Más que competencia de naciones contra empresas, existen hoy cientos de programas en colaboración entre ambos mundos. La rigurosidad, detalle y planificación a largo plazo de las agencias nacionales se mezcla con la agilidad, la no adversión al fracaso y la ambición de actores privados, generando un escenario de alta ebullición. Por ejemplo, este año Estados Unidos volverá a contar con sus propias naves tripuladas para enviar a sus astronautas a la Estación Espacial Internacional (ISS), algo que no podía hacer desde 2011, cuando la flota de transbordadores de la NASA (integrada por el Discovery, el Atlantis y el Endeavour) fue retirada del servicio activo y sus astronautas, hasta el día de hoy, vuelan a bordo de las naves rusas Soyuz. Ahora volverán al espacio de la mano de SpaceX, con su nave Dragon (la cual ya realizó vuelos no tripulados llevando suministros a la Estación Espacial Internacional) y de Boeing con su nave CST-100 Starliner. "También, para 2024 las principales agencias espaciales (NASA de EE.UU., JAXA de Japón, ESA de Europa, CSA de Canadá y Roskosmos de Rusia) están planificando una nueva estación espacial llamada Deep Space Gateway, que orbitará en torno a la luna, será más pequeña que la actual en órbita terrestre, pero por primera vez un complejo orbital tripulado estará fuera de la órbita terrestre, lo cual será un pequeño paso en la exploración de nuevas tecnologías para los futuros vuelos interplanetarios", describe Córdova.

La nueva liga espacial
En el mundillo aeroespacial se los conoce como los protagonistas del Newspace, son una coalición de magnates que están corriendo los límites de lo posible en términos de innovación con visiones de trascendencia terrestre. Su esfuerzo colectivo genera una competencia que actúa como un catalizador para el progreso. Un poco por ego, poder y también altruismo, hay un trío de alto perfil que viene conquistando nuevos hitos cada semana, generando una infraestructura y una visión que los trascenderá.
Fue la inspiración para crear al personaje de Tony Starke en Ironman, Elon Musk, el empresario nacido en Sudáfrica comenzó SpaceX en 2002 con US$ 100 millones procedentes de su previa fortuna en PayPal, de la cual fue uno de los fundadores. También, creó Solar City, The Boring Comany, entre otras. La compañía ya ha lanzado casi 70 cohetes y ha obtenido contratos con la NASA, la Fuerza Aérea de EE.UU. y las principales agencias espaciales para colocar satélites en órbita y ayudar a reabastecer a la Estación Espacial Internacional y pronto llevar también tripulaciones allí. Tuvo lanzamientos fallidos, con explosiones y pérdidas multimillonarias, pero también lanzó un auto Tesla (también fundada por Musk) al espacio como parte de su proyecto del cohete Falcon Heavy. Musk, amante de los anuncios grandilocuentes, planea enviar a la gente al espacio en vuelos comerciales. El año pasado, anunció el primer "turista en la luna" de SpaceX, que será el millonario japonés Yusaku Maezawa. Pero un objetivo final es enviar vuelos tripulados a Marte y eventualmente colonizar el planeta rojo.

Tuitero verborrágico, Musk suele soltar primicias y chicanas en 240 caracteres. El 11 de enero último mostró en Twitter el prototipo de su cohete Starship, hasta ese entonces conocido como BFR, con la que espera de podamos viajar a Marte. La foto es tan increíble que lo llevó a aclarar: "Esta es una imagen real, no una representación". La nave Starship Hooper tiene ocho metros de diámetro, como lo será el futuro cohete, pero es más corto que su versión orbital que se espera para junio. Sus primeros vuelos de prueba suborbitales, que alcanzarán varias decenas de kilómetros en el aire antes de volver a aterrizar en la Tierra, podrían llegar en marzo o en abril. Esa versión se combinará con un potente cohete conocido como Super Heavy. SpaceX ha dicho que el dúo, algún día, podría transportar personas de ciudad a ciudad en la Tierra en muy poco tiempo, así como propulsar a los pasajeros alrededor de la Luna, a la superficie lunar, e incluso a Marte y viceversa. Musk cree que de tener éxito le estará dando a la raza humana la mejor oportunidad de supervivencia en el futuro.

Alguien que conoce bien a Elon Musk es el astronauta Garret Reisman, que por siete años fue el Jefe de Operaciones Espaciales en SpaceX, hasta mayo último. Previamente había sido astronauta en la NASA y hoy continúa como consejero senior de la empresa de Musk y entrena alumnos desde la Universidad de California del Sur. "Como astronauta de la NASA, pude volar en el transbordador espacial y en la estación espacial internacional. Al realizar tres caminatas espaciales, tuve la oportunidad de ver nuestro frágil planeta en su totalidad. En SpaceX fui parte de la nueva vanguardia y ayudé a liderar esta empresa dinámica y altamente innovadora hacia un nuevo futuro comercial en el vuelo espacial humano", le explica a LA NACION revista Reisman, que no duda en que será SpaceX la que llegue primero a la luna y Marte. "Creo que estamos al comienzo de una nueva era dorada de la exploración espacial. Uno de los aspectos más visibles será el turismo espacial y la otra característica definitoria será que los humanos abandonen la órbita terrestre baja por primera vez desde principios de los años setenta", dice.

El multimillonario inglés Sir Richard Branson ha estado persiguiendo el turismo de vuelos espaciales desde 2004 con Virgin Galactic, cuando logró el primer vuelo suborbital superando los 100 kilómetros con un piloto comercial. Cuenta ya con 600 personas preinscriptas dispuestas a pagar un ticket de 250.000 dólares para hacer turismo por el espacio. En diciembre pasado, luego de un vuelo exitoso con su nave Unity, que llegó a una latitud de 83 kilómetros, cerca de la cuarta capa de la atmósfera (los vuelos comerciales vuelan a 12 kilómetros, aproximadamente) declaró que él mismo lo tomará este año para luego abrir la experiencia a los turistas que quieran transformarse en astronautas, al menos por un rato. Todavía lucha con el fantasma de inseguridad que dejó un intento fallido en 2014, que se cobró la vida de un copiloto.

Como si ser el hombre más rico del planeta y el fundador de la empresa más importante no lo tuviera ocupado, Jeff Bezos también se subió a la conquista de las estrellas. Una compañía menos publicitada que Amazon que tiene el rey del comercio electrónico es Blue Origin, que busca sobresalir en la industria espacial con transporte a Marte, satélites orbitales y vuelos espaciales humanos. Bezos, distinto de Musk, prefiere dar pasos firmes, pero sin grandes anuncios. Desde 2016, ha vendido US$ 1000 millones de sus acciones de Amazon cada año para poder mantener la empresa en activo. Su objetivo, como el de SpaceX, es reducir el costo de los viajes espaciales produciendo cohetes reutilizables. En el pasado, los cohetes se descartaban después de un solo lanzamiento. También está preparando el envío de turistas espaciales en un vuelo suborbital, con boletos que podrían costar unos US$ 300.000 por persona. Bezos tiene ambiciones de formar una sociedad con la NASA para probar la posibilidad de asentamientos humanos permanentes en la Luna.

Otro jugador de peso en la empresa Boeing, que junto con SpaceX trabaja en naves que puedan llevar tripulaciones a la ISS muy pronto. La astronauta Kavya Manyapu es parte del equipo de desarrollo de la nave espacial Starliner y los trajes espaciales para ir a Marte. Consultada por el ambiente de ultracompetitividad y el estrés que una industria así genera, Manyapu asegura que no es un problema. "La carrera por la conquista del espacio para mí es mucho más que exploración espacial, significa evolución humana. Mi sueño es poder ir al espacio y me estoy formando como astronauta para lograrlo. Aunque es una industria ultracompetitiva, es una comunidad muy reducida y para nosotros es un sueño hecho realidad estar trabajando aquí, por lo que, si bien existe el estrés, todo lo que hay que lograr es por el bien general y esa trascendencia es lo que me motiva a trabajar", explica a LA NACION revista desde la base de Boeing en California.

De acá en más
Todos estos avances colosales se explican también con el desarrollo tecnológico logrado en los últimos años en muchas direcciones como la obtención de nuevos materiales compuestos y miniaturización de la electrónica y que estén al alcance de un gran sector de la sociedad. "Sin duda observaremos grandes (en cuanto al número) constelaciones de satélites muy pequeños, los cuales trabajarán en conjunto a fin de observar nuestro planeta. De esta manera tendremos información precisa y en tiempo real para encontrar soluciones a problemas medioambientales, de logística, comunicaciones, desarrollo urbano y actividad agropecuaria, entre otras", describe Diego Bagú. Otra industria que florece además de las empresas de cohetes lanzadores es la satelital, que cuenta con un jugador argentino de peso.

La nueva lucha por la conquista del espacio ya no es entre superpotencias, sino entre megamillonarios, como Elon Musk y Jeff Bezos. Sueños y delirios camino a las estrellas La nueva lucha por la conquista del espacio ya no es entre superpotencias, sino entre megamillonarios, como Elon Musk y Jeff Bezos. Sueños y delirios camino a las estrellas
La compañía argentina de microsatélites Satellogic, dedicada a la analítica geoespacial, firmó un acuerdo de servicios para lanzamientos múltiples con China Great Wall Industry Corporation (CGWIC). Llevará al espacio 90 microsatélites de la empresa desde su base en Taiyuán. El primer lanzamiento -planificado para el último cuatrimestre del año en un cohete Long March 6 (LM-6)-, pondrá 13 nuevos dispositivos en órbita. 

La flota formará una constelación para la observación de la Tierra que tendrá la capacidad de proporcionar semanalmente imágenes de un metro de resolución de todo el planeta, reduciendo drásticamente el costo de los servicios de análisis geoespacial de alta frecuencia. Así opina Emiliano Kargieman, fundador de Satellogic, sobre el presente exploratorio: "Estamos pasando un momento de transformación importante en lo que son las cadenas de valor de la industria aeroespacial y redefiniendo donde se invierte más en investigación y desarrollo. Los últimos 12 años han cambiado el juego. No solo las ya líderes como SpaceX, también pequeñas como Satellogic y otras tantas que estamos trabajando en una generación de satélites más baratos, pequeños, livianos y formar constelaciones para dar servicios de observación de la Tierra y también comunicaciones", dice.

Las constelaciones de microsatélites tienen un sinfín de usos y permiten mirar a la Tierra en tiempo real desde el espacio. Por ejemplo, comunicaciones para internet de alta velocidad, análisis de señales, servicios para la industria del agro y el petróleo. "Hasta hace muy poco, esto era una locura; ahora hay decenas de empresas que nacen para ocupar todas las posibilidades que se abren con el geoanálisis de orbita baja".

El nuevo escenario es prometedor y eso hace que nadie quiera quedarse afuera. Son muchos los países más allá de los EE.UU. que se anotan en la conquista del espacio. Por ejemplo, el Sheikh Mohammed bin Rashid al Maktoum, vicepresidente y primer ministro de los Emiratos Árabes Unidos. Su imperio se basa en la riqueza del petróleo y Maktoum quiere diversificar el PBI de su país, y el sector de ciencia y tecnología es una prioridad. El proyecto, conocido como Mars 2117, incorpora muchas de las tecnologías de investigación y conceptuales más importantes del mundo. Una inversión de US$ 380 millones en Virgin Galactic le otorga una participación del 38 por ciento de la compañía de exploración espacial. El mandatario declaró recientemente en el diario LA Times que la primera misión a Marte será "enviar una sonda meteorológica no tripulada llamada Hope a Marte a tiempo para celebrar el 50 aniversario de la nación, en 2021".

Mientras la exploración privada avanza, también muchos países anuncian la creación de sus agencias espaciales de cara a un futuro humano interplanetario, como Australia, que anunció planes para lanzar su agencia espacial, como también varios países de Africa como Africa del Sur, Nigeria, Kenia y Etiopía. Del ámbito privado, la startup japonesa Momo lanzó su primer cohete comercial construido por Interstellar Technologies. India prepara su primer cohete comercial mientras que en 2017 logró enviar 104 satélites a la vez en un solo cohete. ¿Y China? "Su aparición tardía como potencia espacial capaz de enviar naves tripuladas contrasta con los pasos agigantados que da, ya que fue capaz de colocar pequeñas estaciones espaciales tripuladas y este año dio un gran avance logístico y tecnológico al hacer alunizar, por primera vez en la historia, una nave no tripulada en la cara oculta de la luna, con vehículo rodado incluido. El programa chino pertenece íntegramente a su esfera militar y eso hace que dicho programa sea de interés estratégico para su nación, más allá de la exploración espacial y resultados logrados. Fuera del ámbito privado, hizo su aparición la India, la cual cuenta con su propia agencia espacial y sigue adelante en el desarrollo de su propia nave tripulada, llamada Gaganyaan, con la firme promesa de realizar su primer vuelo en 2022.

Bagú, del Planetario de La Plata, opina que China ha mantenido una política coherente e ininterrumpida en cuanto a su programa espacial. "Y lo significativo es que ha logrado importantísimos resultados a lo largo de muy pocos años. Pero, además, ha colocado ya dos estaciones espaciales en órbita terrestre y ha alunizado en dos oportunidades, sin duda alguna, en pocos años veremos flamear la bandera del país oriental en la superficie selenita", explica.

La nueva exploración espacial se abocará también en la utilización de recursos del espacio, la posibilidad de producir combustible para cohetes en alguno de los asteroides y de reutilizar el agua que se está encontrando, también en montar más infraestrucutura en órbita baja para observación y nuevos servicios de comunicaciones. "Vamos a ver las primeras estaciones privadas, no ya no solo de gobiernos, sino también de empresas para desarrollar, por ejemplo, drogas que en microgravedad tiene algunas ventajas y fibras para comunicaciones, eventualmente también se usarán para turismo espacial", describe Kargieman. En una segunda etapa, un avance en minería de asteroides, ricos en minerales y difíciles de encontrar en la Tierra, además de generación de energia solar (en el espacio tienen 10 veces mejor eficiencia y lugares sin sombra, para recolectar energia de manera eficiente).

También es esperable que los costos de lanzamientos en las próximas décadas bajen mucho y todo esto impulse más y más inversiones. ¿Podrán los chicos nacidos este año gozar de las facilidades interplanetarias? "Al menos un porcentaje de los chicos que nazcan hoy van a tener la posibilidad de pasar una temporada de trabajo en la luna o marte, y, por ejemplo, poder hacer investigación en el espacio. Mi hija Asia tiene 2 años y uno de mis objetivos personales es llevarla a conocer la luna en unos 20 años, y me lo tomo muy en serio", cierra.

Los desafíos de asentar comunidades en la luna y Marte no son solo tecnológicos, quizás los más débiles eslabones en la cadena de exploración están ligados a investigar cómo serán las consecuencias de la vida y permanencia a largo plazo y la posibilidad (o no) de que generaciones de seres humanos puedan nacer allí. Aunque hay cautela a la hora de marcar fechas para los próximos hitos, la luna será la primera en la próxima década, o dos, y luego Marte. Luego de todas esas conquistas, seguro llegará la hora para otra nueva era de expansión espacial."Somos generaciones privilegiadas. Aquellas que verán el regreso del hombre a la luna y del primer y tan ansiado viaje a Marte. Estamos viviendo ese antes y después en la conquista del espacio. Y ahora sí, será para establecernos para siempre y convertirnos en una especie interplanetaria", cierra Bagú.
Por: Martina Rua

sábado, 16 de febrero de 2019

LOS GRANDES AVANCES CIENTÍFICOS QUE PROMETEN TRANSFORMAR A LA HUMANIDAD


Alimentar a una población en aumento, reducir el impacto ambiental, desarrollar computadoras que aprendan  y crear vida artificial son los desafíos en los que más se invierte. El concepto del “big data” se está desplazando hacia el “deep learning”, es decir, que las máquinas sean capaces de aprender. AFP/JUSTIN TALLIS. Clarín

Transportes sin conductor, coches voladores y aviones solares; prevenir y curar el cáncer y el Alzheimer; robots para todos los trabajos; alimentos sintéticos; frenar la acidificación de los océanos: los objetivos de la ciencia son tantos y tan diversos –sólo la Unión Europea y China tienen 1,5 millones de investigadores cada una– que resulta difícil identificar qué áreas concentran mayor interés.
En la investigación hay tendencias y campos en auge; otros quedan relegados. Las inversiones públicas y privadas no siempre coinciden en determinar prioridades. Así, cuando la revista Wired invitó al ex presidente de Estados Unidos a editar el número de noviembre, Barack Obama citó como mayores desafíos científicos la desigualdad social y el combate contra el cambio climático (tema que el presidente Donald Trump juzga menor). Además, lograr la ciberseguridad y curar el cáncer y el Alzheimer.

Por su parte, el físico Stephen Hawking y el emprendedor tecnológico ruso Yuri Milner lanzaron una iniciativa para financiar con 100 millones de dólares a los investigadores del programa SETI, que busca vida extraterrestre. Y otros multimillonarios invierten en investigar cómo alargar la vida o construir ciudades en el mar.

Carmen Vela, secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación de España, opina que los mayores desafíos son afrontar los efectos del cambio climático y las áreas que afectan a la salud, como la medicina personalizada o las investigaciones para darle mayor bienestar a una población cada vez más envejecida.

Octavi Quintana, que lleva años en diversos puestos en la Dirección de Investigación de la Comisión Europea, apunta que “la ciencia contribuye a resolver los problemas de la sociedad en todos los ámbitos”. Como muestra de los proyectos que podrían trascender cita dos que son bandera de la UE: el desarrollo del grafeno y descifrar el cerebro humano. Suma, además, la creación de robots para ayudar a las personas de mayor edad; la búsqueda de una energía solar para la aviación y la digitalización del continente africano.

Son varios los ámbitos de investigación a los que se les destina gran inversión o que representan un desafío para la humanidad. Uno de los principales es la investigación en genética, que está pasando a otra dimensión con una técnica que permite reescribir el genoma. Se usan secuencias del ADN de los mecanismos de defensa (CRISPR, por sus siglas en inglés), que facilitan activar y desactivar genes, y luego modificarlos.

Esta edición genética está cambiando la biología molecular y se viene extendiendo, dada su accesibilidad en materia de conocimiento y costos, según señala Eduard Batlle, jefe del programa de oncología del Institut de Recerca Biomèdica de Barcelona (IRB), España. Además de las investigaciones con animales y en botánica, esta técnica empezó a aplicarse en ensayos humanos de terapias contra el cáncer, precisamente para editar genéticamente células que potencien el sistema inmune. ¿El proyecto más ambicioso? Crear un genoma humano artificial, en el laboratorio, desde cero, y hacerlo inmune a virus y bacterias, o sin los defectos genéticos que causan patologías.

El año pasado, en una reunión en la Universidad de Harvard (Estados Unidos) a la que asistieron 150 genetistas, emprendedores biotecnológicos y expertos en ética, se dijo que este objetivo podría lograrse en diez años, con una inversión inicial de 100 millones de dólares. Entre los promotores de la idea figuraron destacados genetistas como Jef Boeke (que trabaja en sintetizar artificialmente el genoma de la levadura) y George Church, que auspició el desarrollo del CRISPR y lo ensaya para modificar genes de cerdo, a fin de evitar el rechazo inmunológico en los trasplantes de órganos de este animal a humanos. Claro que la reunión de Harvard generó polémica. Muchos advirtieron sobre los riesgos evolutivos de crear vida artificial.

Otro tema que es y será clave es la investigación en materiales. Desde que sus descubridores ganaron el premio Nobel en 2010, el grafeno es considerado el material protagonista del futuro: es duro como el diamante, liviano y flexible y, además, relativamente barato. En la actualidad existen unos 5.000 materiales del tipo del grafeno, llamados “bidimensionales” porque se fabrican en láminas plegables de un átomo de espesor. Se derivan del fósforo, el boro, el nitrógeno y varios minerales. Los científicos estudian sus propiedades y aprenden a obtenerlos en el laboratorio, según las necesidades (que sea superaislante, superconductor, flexible...), y a ensamblarlos. El siguiente paso será extender su uso en distintos productos.

Por ser flexible, absorber bien la luz y detectar y transmitir muy eficazmente señales eléctricas, el grafeno puede ser muy útil en aparatos sensores. Por eso se ensaya en nanosensores químicos, sensibles a cambios térmicos, o en sensores biomédicos para detectar patógenos, y en implantes cerebrales. En Manchester, el grupo de descubridores del grafeno estudia -con la financiación de Bill Gates- si sería posible utilizarlo para fabricar preservativos más seguros.

Además, el laboratorio Roche colidera un equipo que investiga el uso de grafeno en procesadores basados en el espín de los electrones, un estado de estas partículas que se alarga con el grafeno: se augura que estos procesadores cambiarán la informática. En otra línea, la compañía Airbus busca mezclar grafeno en el fuselaje de los aviones, con el objetivo de reducir los daños ante el impacto de un rayo. Una desventaja para nada menor es que muchos de los nuevos materiales que se desarrollan no son biodegradables, por lo que habrá que evaluar su impacto ambiental.

Un importante tema social del que la ciencia tendrá que ocuparse de lleno es cómo gobernar un mundo desencantado. Cada semana, un millón de personas se va a vivir del campo a la ciudad, lo que, dado el aumento de la población mundial, augura gigantescas aglomeraciones urbanas en las próximas décadas. Esto sumado a otros ítems complejos: la creciente desigualdad socioeconómica, la situación general del sistema capitalista, del que no se sabe, además, cómo asumirá la creciente automatización laboral; la crisis de la Unión Europea y el auge de las derechas autárquicas y xenófobas, entre muchos otros factores. No llama la atención que en las principales instituciones dedicadas a las ciencias sociales, muchos expertos se devanen los sesos para deducir cómo deberían evolucionar las formas de gobierno y organización social, a fin de garantizar una convivencia pacífica.

Además, el mejor sistema de gobierno logrado hasta ahora, el democrático, está en peligro. Así lo cree un estudioso del tema, Yascha Mounk, profesor de Política en la Universidad de Harvard: “La gente está perdiendo su confianza en las instituciones democráticas. Tiene razones para estar enojada. A lo largo de la historia de la estabilidad democrática, el nivel de vida medio de la población fue aumentando de una generación a otra. Pero ya no. Debemos descubrir cómo nuestras democracias pueden ser estables en esta nueva circunstancia”.

“Hace unos años –sigue Mounk– me preocupaba el estado de las democracias liberales, pero pensaba que -por suerte-, no tenían alternativas viables. Nadie iba a imitar el régimen teocrático de Irán, ni el ideológicamente incoherente de China. Pero esto cambió. En Rusia, Hungría o Polonia, los populistas aplican una forma de democracia ‘iliberal’ (no liberal): un sistema en que un líder fuerte canaliza la voz de la gente pero desprecia los derechos e intereses de muchos ciudadanos. Este formato será un desastre a largo plazo, pero ahora resulta muy atractivo en Europa occidental y Norteamérica”. De esta manera, abundan los estudios con financiación pública y privada que analizan desde la situación social actual hasta cómo conseguir una sociedad más igualitaria, o que los jóvenes no canalicen su activismo sólo en protestas y elijan, en cambio, participar en instituciones políticas.

¿Computadoras que aprendan? Este es otro tema fuerte para la ciencia. El concepto del big data se está desplazando hacia el deep learning o machine learning, es decir, que las máquinas sean capaces de aprender, lo que implica un paso más en la inteligencia artificial. Estas tecnologías buscan que las computadoras aprendan de su acción y que se adapten a escenarios cambiantes. El objetivo se completa con programas de reconocimiento del lenguaje humano, de visión y detección de movimientos.

“No es del todo cierto que las computadoras aprendan, pero se avanza en esa dirección”, puntualiza Jordi Torres, catedrático de la Universitat Politècnica de Catalunya e investigador del Barcelona Supercomputing Center (BSC). Cuando las computadoras piensen o reaccionen como los humanos y se reprogramen entre ellas habrá un cambio de paradigma. Ya hay voces que alertan que pueden ser las últimas décadas en que los humanos sean los seres más inteligentes.

Gartner, una de las mayores consultoras tecnológicas, prevé una digitalización cada vez más inteligente a partir de 2020. Dominarían los asistentes virtuales (como Siri y otros similares) y los robots que interactúan con humanos, pero también las apps serán capaces de llevar a cabo tareas más complejas. Y todo en un marco creciente de realidad virtual.

No puede dejarse de lado el horizonte de la computación cuántica. Es que las computadoras procesan la información gracias a un sistema binario (0/1). El sistema cuántico busca aplicar los estados de los elementos del átomo, que permiten más posiciones. Así se procesaría todavía más información, más rápido.

Hablando de recursos, disponer de energías alternativas a los combustibles fósiles es clave: hace tiempo está previsto que se acaben. “Hay que cambiar de modelo energético, usar menos combustibles fósiles y mejorar su combustión para reducir los efectos sobre el planeta”, dice Ramón Gavela, director de energía del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), organismo público español para la investigación y promoción del uso de diferentes energías.

En todo el mundo se investigan fuentes de energía alternativas, en busca de una que sea limpia, abundante y accesible para todos. De las renovables, la eólica y la solar fotovoltaica son las más desarrolladas y su uso crece, pero se debe mejorar su almacenaje y distribución. Se impulsan, además, la energía solar termoeléctrica, los biocarburantes y las energías que usan el agua.

Según Gavela, la alternativa más efectiva a los combustibles fósiles será la fusión nuclear. Está convencido de que esta forma se conseguirá “a largo plazo”. La idea es imitar la energía del sol y otras estrellas, fusionando núcleos atómicos a temperatura extrema. Investigadores europeos confían en disponer de esta fuente energética para 2050, para lo que están construyendo instalaciones muy costosas, igual que Estados Unidos, China y Japón.

Un tema complejo que alerta a la comunidad científica es que según estudios de la FAO/ONU, la producción alimentaria mundial deberá crecer más del 1% anual en las próximas décadas para satisfacer las necesidades de la creciente población. No se podrá disponer de mucha más tierra de cultivo y, para colmo, habrá que reducir el impacto ambiental con sistemas de cultivo más eficientes. Esto con el inconveniente de que el cambio climático dificultará la agricultura en muchas regiones.

Ayudan las estrategias como mejorar la genética de las plantas, pero a corto plazo los investigadores trabajan en el lema de la FAO “more crop per drop” (“más producción por gota de agua”). Se usan sensores en el suelo y las plantas, cálculos de datos obtenidos por satélite y modelos de balance hídrico para aplicar el agua estrictamente necesaria, explica Diego Intrigliolo, investigador del Centro de Edafología y Biología Aplicada de Murcia, España. Su equipo prueba estos sistemas de riego de precisión en cultivos como la lechuga y consiguió un ahorro de agua del 15%. El smart farming es una tendencia mundial.

La carrera espacial no se queda atrás: colonizar Marte e instalar bases en la Luna es una ambición de larga data. Antes de terminar su mandato, Obama anunció que Estados Unidos programaría un vuelo tripulado a Marte en 2030. El multimillonario Elon Musk, que fabrica cohetes en su empresa Space X, fijó un horizonte más cercano: cinco años. Con plazos similares se prevé volver a la Luna y explorar su cara oculta y reservas naturales. China, Rusia y Europa planean, también, misiones.

La renovada carrera espacial viene de la mano de la curiosidad y el ansia de demostrar poderío, pero también de intereses estratégicos y económicos. En las superficies de planetas y asteroides se espera explotar minerales o el gas helio 3 como fuente de energía. Y se ve un próspero negocio en los vehículos e instalaciones espaciales: de hecho, Google tiene reservado un premio para quien proponga una nave capaz de hacer un viaje tripulado a la Luna.

Para algunos el vuelo espacial es una atracción lúdica. En eso trabajan compañías como Virgin, el grupo chino Kuang Chi y Blue Origin de Jeff Bezos (el dueño de Amazon). Los más aventureros -o pesimistas, según se mire- como Stephen Hawking creen que algun día esos mundos deberán alojar a la raza humana, que ya no podrá vivir en la Tierra. Como sea, el fracaso de la sonda Schiaparelli de la Agencia Espacial Europea, que se estrelló en 2016 cuando aterrizaba en Marte, muestra que aún queda mucho por investigar.
Por Marta Ricart / La Vanguardia

domingo, 10 de febrero de 2019

LA INCIERTA BÚSQUEDA DE VIDA EXTRATERRESTRE, UNA OBSESIÓN

10 de febrero de 2019  
Hacía frío en Campo dei Fiore. Hacía frío ese 17 de febrero del 1600 en la plaza de Roma. Hacía frío como para encender una hoguera. Pero la Santa Inquisición no encendió esa hoguera para calentar el cuerpo del filósofo y astrónomo Giordano Bruno, sino para matarlo. Para matarlo lentamente, como quien hace purgar un pecado, y arrojar sus cenizas al Tíber. La herejía había sido postular, a la luz copernicana, que las estrellas eran soles que podían albergar planetas, que a su vez podían albergar vida. Giordano Bruno murió por una hipótesis.

Más de 400 años después, la mitad de esa hipótesis está recontraconfirmada, pero la otra mitad no: aún no hay manera de afirmar que los planetas tengan vida; ya no solo vida inteligente, civilizaciones, seres con lenguaje: no se ha hallado en ningún otro planeta (ni satélite) de nuestro sistema solar trazo de vida alguno; nada, ni una bacteria, algún virus, una mísera cadena de aminoácidos; tampoco en meteoritos caídos en la Tierra (pese al apresurado anuncio de agosto de 1996 respecto de un meteorito marciano caído en la

Hay tantos planetas fuera del sistema solar que hoy es casi una rutina encontrarlos. Ya van por los 4000 desde 1992, y la curva de descubrimientos en los últimos años creció hasta el cielo. "Si solo descubrís un nuevo planeta, casi que no te aceptan el trabajo; debe tener algo en especial", exagera apenas Pablo Mauas, investigador principal del Conicet y director del Grupo de Física Estelar, Exoplanetas y Astrobiología del Instituto de Astronomía y Física del Espacio. Ese "algo especial" son, por ejemplo, condiciones para la vida (distancia justa con su sol), o similitudes con la Tierra o ser el más grande, el más pequeño, el más cercano a su estrella. (Paréntesis: los planetas que orbitan otras estrellas, por no emitir luz, no se dejan ver a simple vista; los astrónomos infieren su existencia por "tirones gravitatorios", salvo que justo pasen en su órbita por delante de su sol y generen eclipses.)

Cuatro mil planetas y ninguna flor, ¿a sus habitantes, señor, qué les pasa? ¿Odian el perfume, odian el color? Menos poéticamente: ¿por qué no hay nada ni nadie ahí afuera? ¿No hay o es que no los podemos encontrar (ni ellos a nosotros)?
La búsqueda es cada vez más sofisticada y se basa en el principio de mediocridad que cita la investigadora del Conicet y docente de la UBA Andrea Buccino: "Nuestro sistema planetario, la vida en la Tierra y las civilizaciones tecnológicas son un caso promedio del universo. Si se dieran las mismas condiciones y el tiempo apropiado en un determinado planeta, la vida se desarrollaría por las mismas reglas de selección que se conocen en la vida terrestre".

Si el ser humano no tiene coronita en la Tierra (es una especie más), tampoco debería tenerla en el resto del universo. Pero el mismo hecho que permite inferir la existencia de vida, e incluso de civilizaciones, es decir, la existencia de cientos de miles de millones de estrellas en un universo inconcebiblemente vasto, hace que todo quede realmente lejos.

Como cuando -antes de los aviones y los celulares- una pareja quedaba separada por un continente y los encuentros se tornaban virtualmente imposibles. "¿Recuerdan esos dos discos dorados que se pusieron en las sondas Voyager de la Nasa con información sobre la cultura humana y se lanzaron en 1977? -evoca Mauas-. La Voyager 2 recién abandonó el sistema solar el año pasado; después de más de 40 años, recién ahora ha llegado al espacio interestelar. Imaginen lo que falta para que llegue a algún lugar más o menos interesante. La estrella más cercana, Próxima Centauri, es chiquita, precisamente, y el planeta hallado allí podría ser terrestre, pero está a 3,6 años luz. Si quisiéramos mandar una nave a Centauri, tardaría varios siglos. La foto nomás tardará 3,6 años viajando a 300.000 kilómetros por segundo. Podríamos imaginar una especie que viviera 5000 años, entonces una inversión de 300 años en un viaje tendría sentido".

Pese a todo el sano y razonable escepticismo, la búsqueda se afina progresivamente y se suman nuevas tecnologías. "Hemos mejorado mucho en la capacidad para detectar vida. Estamos buscando en tres lugares: extraterrestres en la Tierra con meteoritos, en el sistema solar (desde sondas como las Vikings en la década de 1970), y también en otras estrellas con cambios en la atmósfera, para lo cual tenemos mucha más capacidad de detección", dice Abel Méndez, director del Laboratorio de Habitabilidad Planetaria de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo (allí está instalado el que fue el telescopio más grande del mundo desde 1963 hasta que los chinos armaron el llamado FAST, en 2016). Sin embargo, "la evidencia de lo que podemos observar es que estamos más bien solos que acompañados, lo que genera desánimo en mucha gente. Pero igual es importante estudiar si sí o si no. Por ahora, es cierto, nada", se lamenta Méndez.

¿De qué hablamos cuando hablamos de escenarios habitables? Son escenarios similares física y evolutivamente a la Tierra, donde efectivamente se desarrolló vida compleja e inteligente, dice Buccino. "En la última década se han encontrado nuevos escenarios ?habitables'. El criterio físico para decir que un planeta extrasolar es habitable es que sea rocoso como la Tierra y que, por su distancia respecto de su estrella, su temperatura sea tal que permita disponer de agua líquida, ya que el agua líquida tuvo un rol esencial en el origen de la vida en la Tierra".

Otra estrategia para detectar si hay vida en esos planetas es observar su atmósfera en busca de bioseñales. "Uno de los biomarcadores que detectaríamos desde el espacio si observáramos la atmósfera de la Tierra sería el ozono, un indicador indirecto de la fotosíntesis. Con el lanzamiento del James Webb Space Telescope, programado para el 30 de marzo de 2021, se podrán estudiar las atmósferas de una serie de planetas habitables y así detectar componentes que puedan estar relacionadas con actividad biológica. No será una detección sencilla a nivel instrumental, pero en este momento representa la única manera de detectar vida en otro planeta fuera del sistema solar", agrega Buccino.

Mientras, otra posibilidad es que estemos buscando mal: oxígeno y carbono, cuando quizá la vida podría basarse en otro elemento. Mauas refuta: "Solo conocemos la vida basada en el carbono, pero no parece muy razonable que sea de otro modo. Desde la ciencia ficción, un cuento de Isaac Asimov plantea la posibilidad de vida en base a cadenas de silicio, similares a carbono, pero son en realidad muy inestables".

En 2010, Stephen Hawking cuestionó el proyecto de Carl Sagan, los ya mencionados discos de las sondas Voyager con información de culturas humanas y su ubicación dentro de la Vía Láctea. Argumentó que si les decimos dónde estamos a extraterrestres inteligentes, el resultado de ese hipotético encuentro sería similar al de Colón con los indígenas americanos (Colón y los españoles serían los extraterrestres). Mauas lo desestima. Es que, por más que haya estimulado la imaginación humana -libros, films, historietas-, la vida extraterrestre hasta ahora es una ciencia sin sujeto, una coartada de guionistas. A pesar de quienes creen que son comunes los encuentros en los que los ET eligen como interlocutores granjeros ucranianos o del medio oeste norteamericano antes que alguien de la clase dirigente.

Mauas cree que efectivamente hay vida en algún lugar del universo y quizás hasta inteligencia, pero tan alejada del sistema solar que conocerla es poco menos que una utopía. Incluso se permite imaginar ese encuentro cercano: "Mirá si después de viajar años luz, los extraterrestres van a llegar de incógnito al Uritorco solo para asustar a algunos, tomarse unos fernets e irse. No tiene sentido". Si Giordano Bruno viviera, probablemente se reiría.

Llegaremos a conocerlos?  
Muchos científicos de mi generación nos interesamos por la cosmología y la posibilidad de vida extraterrestre a partir de los fascinantes relatos de Carl Sagan en Cosmos. Pero Sagan fue mucho más que un notable divulgador científico. Fue también asesor de la NASA y uno de los principales impulsores del proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence), dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre.

El proyecto SETI usa imponentes radiotelescopios que barren el firmamento en busca de ondas electromagnéticas, como las de una transmisión de TV, que muestren la existencia de alguna otra civilización. Pero no solo nos contentamos con hurgar señales en los confines del universo. También emitimos las nuestras y hasta enviamos naves como el Voyager a explorar el espacio exterior con un disco de oro lleno de imágenes y sonidos representativos de nuestro planeta (desde fotos hasta fórmulas matemáticas y los primeros compases de la Quinta sinfonía de Beethoven).

¿Como serían las señales de una civilización extraterrestre? ¿Qué lenguaje usarían? Sagan propone una solución brillante en Contacto, una novela de ciencia ficción que luego filmaría Robert Zemeckis con Jodie Foster. Los radiotelescopios de SETI detectan secuencias de pulsos provenientes de la constelación de Vega, una estrella a 26 años luz. Los pulsos aparentemente no tienen sentido y podrían ser la consecuencia de algún efecto natural, pero Foster se da cuenta que representan números: 59, 61, 67, 71? una secuencia de números primos. Los extraterrestres usan un lenguaje irrefutable para dar a conocer su presencia: el de la matemática.

La realidad es más frustrante, pues hasta ahora no encontramos evidencia de otra civilización y nuestros mensajes no han tenido respuesta. ¿Será entonces que estamos solos en el universo? Los científicos nos estremecemos ante la más mínima evidencia de agua en los planetas o satélites más cercanos. Probablemente no veamos nunca aterrizar una nave espacial con ET y quizá debamos conformarnos con seres extraterrestres en forma de bacterias y microorganismos, pues donde hay agua suele haber vida. El problema es que ningún otro cuerpo celeste de nuestro sistema solar parece habitable.

Ninguno tiene una atmósfera como la Tierra y aunque haya infinitos planetas como el nuestro en el universo, la estrella mas cercana, Próxima Centauri, está a unos 4 años luz y planetas como Kepler 186f, el más parecido a la Tierra de todos los que conocemos, están aún más lejos. Una nave como el Voyager, viajando a más de 60.000 kilómetros por hora, tardaría miles de años en llegar a Próxima Centauri y cien veces más en llegar a Kepler 186f. ¿Quién haría ese viaje? Por más que la tecnología de otras civilizaciones permita superar la velocidad del Voyager, venir a visitarnos demandaría demasiado tiempo.

Sin embargo, quizás algún día podamos comunicarnos. Aunque tendríamos casi 600 años de retardo en el caso de Kepler 186f, ya que nuestra transmisión no puede superar la velocidad de la luz. O sea, si en el siglo XVII Kepler hubiera mandado una señal de radio al planeta con su nombre, el mensaje todavía no habría llegado a destino. Pero imaginemos estar frente a la pantalla esperando la primera imagen de los extraterrestres. ¿Cómo serán? ¿Se verán como nosotros, así como el extraterrestre de El día que la Tierra se detuvo? ¿Serán seres algo amorfos y pacíficos como los de Encuentros cercanos del tercer tipo? ¿O sarcásticos y beligerantes como los de Marte ataca?

No tenemos idea. Nuestra historia nos muestra lo difícil que se hace predecir cómo evolucionan las especies de un planeta: si un meteorito no hubiera impactado la Tierra hace 65 millones de años, quizá hoy veríamos dinosaurios como los de Titanes del Pacifico. Lo que si sabemos es que las chances de que no haya ninguna otra civilización son casi nulas. Es una simple cuestión estadística; entre infinidad de estrellas y planetas en principio habitables, alguno debe albergar vida. Muy probablemente, entonces, los seres extraterrestres existen. La gran pregunta es si algún día llegaremos a conocerlos.
Por: Rodrigo Quian Quiroga