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sábado, 29 de mayo de 2021

BYUNG-CHUL HAN. UN FILÓSOFO DE LA ACTUALIDAD PIENSA EL DOLOR Y LA MUERTE

En sus nuevos libros, el autor coreano-alemán advierte sobre los peligros de anestesiar el sufrimiento, como proponen las sociedades contemporáneas, y medita sobre la manera más sabia de asumir la finitud

29 de mayo de 2021. Gustavo Santiago. PARA LA NACION

El coreano-alemán Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es, indudablemente, uno de los principales protagonistas de la actualidad filosófica. El caudal de su producción es tal que aun el lector más atento nunca puede asegurarse de estar al tanto de su último trabajo. Pero, a su vez, Han hace de la actualidad su principal objeto de estudio. Esa dedicación fue lo que lo llevó a ser centro de debates a pocos meses de haberse desatado el Covid-19. Su breve artículo “La emergencia viral y el mundo del mañana” despertó airadas réplicas por ser tomado –erróneamente– como una propuesta de incrementar la vigilancia y el control en Occidente, a semejanza de lo que estaban haciendo algunos países asiáticos que exhibían resultados más eficaces en la gestión de la pandemia. Acallados los ecos de esa disputa, se puede recurrir a dos de sus más recientes publicaciones para intentar pensar en algunos temas que, si bien tienen un largo trayecto en el campo de la filosofía, hoy nos interpelan de un modo particular: el dolor y la muerte.

Una de las aficiones de Han es postular nombres para la sociedad contemporánea. Nos la ha presentado ya como “la sociedad del cansancio”, “la sociedad del rendimiento”, “la sociedad de la transparencia”. Cada nombre destaca un aspecto particular. En La sociedad paliativa propone otro. Su tesis principal es que vivimos en una sociedad que tiene fobia al dolor, que lo evita, lo enmascara, lo anestesia. Y esto genera, según el autor, importantes consecuencias en aspectos de lo humano tan diversos como la política, el arte o el amor. Una política paliativa nunca se atreverá a afrontar cuestiones de fondo, conflictivas, que demanden esfuerzo o generen mal humor en la sociedad. Al contrario, opta por acciones de corto alcance que actúan a modo de “analgésicos, que surten efectos provisionales y que no hacen más que tapar las disfunciones y los desajustes sistemáticos”. En cuanto al arte, lo que se impone es el criterio del “me gusta”. El arte, si quiere resultar rentable, debe adaptarse a un circuito comercial que no busca que las obras interpelen, incomoden, conmuevan. Para ser consumido, el arte debe abjurar del aura. En lo que al amor respecta, se buscan “sensaciones positivas”. Como en otros aspectos de la vida humana, de lo que se trata es de “consumir, disfrutar y vivenciar”, huyendo de cualquier tipo de relación enfática con el otro.

En diversos pasajes del texto, el filósofo se refiere a la pandemia actual. La absolutización de la supervivencia ha llevado a abandonar otros componentes de la vida, como el disfrute, la solidaridad y, en definitiva, el sentido: “Nuestra propia vida, reducida a un proceso biológico, se ha quedado vacía de sentido”. Por otra parte, el estado de excepción instaurado mundialmente a partir de la pandemia hace pensar en un crecimiento alarmante del control biopolítico, que incluya dispositivos de vigilancia digital tanto como mecanismos de control sobre el desplazamiento de los cuerpos. La sociedad paliativa es un libro breve, de lectura ágil, que puede emparentarse con otros textos en los que Han brinda una caracterización de nuestro tiempo.

En Caras de la muerte, otro nuevo título, nos encontramos con un libro más arduo, con capítulos extensos, argumentación más rigurosa y una importante presencia de otros autores. No se trata de un texto de coyuntura (si bien ha sido recientemente publicado en español, apareció en alemán en 2015). Su actualidad se debe, en realidad, a que el tema abordado nunca deja de estar vigente. Como el autor anuncia en el prólogo, su intención ha sido seguir algunas consideraciones realizadas por otros filósofos para intentar aproximarse, como si de asíntotas matemáticas se tratara, al entorno de la muerte. A lo largo del texto, Han irá bocetando diversas “caras” –aspectos, perspectivas, matices– de ella.

Una de las primeras preguntas es: ¿qué se hace ante la muerte? La muerte –de otro, pero también la anticipación de la propia– se presenta como una herida que provoca dolor. La filosofía de Hegel invita a superar la herida, a saltarla, a suturarla mediante la dialéctica. Theodor Adorno habla de una conmoción que lleva a detenerse, a vacilar, que sensibiliza el pensar. En el Heidegger de Ser y tiempo, la muerte es siempre la muerte propia. La de otro cobra relevancia únicamente en referencia a la mía. Para Emmanuel Lévinas, en cambio, la muerte del otro ocupa un lugar clave en la conformación de una ética: “Temer por el otro y su muerte es amar al otro”, pero la muerte propia debe resultar indiferente.

En la discusión con estas y otras posturas, Han va delineando su propia filosofía de la muerte que, por paradójico que pueda parecer, no es otra cosa que una filosofía de vida. Porque posicionarse ante la muerte no es simplemente prepararse para afrontar el punto final de la existencia, sino asumir la finitud que nos hace humanos cada día de nuestra vida: “Una finitud que no habría que entender como límite aniquilador, sino como espacio habitable”. La serenidad ante la muerte propia anunciada se traduce en hospitalidad para aquellos con los que compartimos nuestra vida, nuestra muerte: “Lo humano consistiría en poder compartir la muerte”. Para ello, es necesario dejar de concebirnos como individuos que buscan afirmarse, dominar a los otros, a la naturaleza, a las cosas; incluso, a las palabras. Se trata de abrirse al azar, en lugar de aferrarse y aferrar. Vivir como un “nadie” que no se angustia por su muerte, ni la de los demás, sino que asume su finitud con alegría, que “tendrá que aprender a vivir bajo el signo y a la luz del ‘ya estoy muerto’”.

En La sociedad paliativa, Han advierte acerca del peligro de anestesiar el dolor. En Caras de la muerte nos sugiere caminos para asumirlo –particularmente, el dolor mayor, el de la muerte– pero sin dejarnos doblegar por él. Y esto es algo que en una situación como la actual resulta invaluable.

jueves, 13 de mayo de 2021

INTELIGENCIA ARTIFICIAL PARA EL BIEN SOCIAL: CUANDO EL AVANCE TECNOLÓGICO AYUDA DE VERDAD

Para los próximos años se espera un boom de desarrollos tecnológicos que utilicen la inteligencia artificial (IA) para resolver problemas sociales y ambientales. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, la IA podría aportar hasta un 14 % de riqueza adicional a las economías emergentes de América Latina

Por Axel Marazzi. 13 de Mayo de 2021

Reducir hasta un 40 % el consumo de agua en la agricultura, detener el avance del virus del Zika en África o predecir inundaciones en la India: la utilización de la IA para resolver los problemas del mundo es un área incipiente, pero llena de oportunidades. Mientras la aplicación de la IA en el mundo privado nos ofrece vehículos que se manejan solos, mejoras en los canales de compra digital y promesas de eficiencia y productividad, su vínculo con el mundo social —de la mano de organizaciones de la sociedad civil y Gobiernos— augura un boom en la solución de problemas ambientales y sociales.

El concepto hoy instalado de “IA para el bien social” (por “AI for Social Good”) ha sido adoptado hasta por los gigantes tecnológicos como Google o Microsoft, que lo aplican a iniciativas, conferencias, informes y talleres. Pero que las grandes tecnológicas hayan empezado ha utilizar este concepto no significa que sea nuevo.

Desde hace más de diez años existen movimientos “tecnooptimistas” como DataKind, Bayes Impact, Data Science for Social Good, AI4ALL o hack4impact, entre otros, que hablan sobre cómo utilizar la tecnología para abordar y resolver algunos de los desafíos más complejos que enfrenta la sociedad. ¿Por qué usar inteligencia artificial? Porque los algoritmos de machine learning pueden detectar, por ejemplo, cómo una solución en un lugar geográfico podría funcionar o no en otro lugar o qué modelos habría que modificar para que sí pudieran ser aplicada con éxito.

Los casos en los que la IA puede resolver estos problemas son extremadamente variables. Desde tecnologías que funcionan como aliadas de médicos para detectar enfermedades con menor margen de error, pasando por aquellas que ayudan a maestros a diseñar planes de estudio personalizados para sus alumnos, hasta las que determinan si hay que incrementar o reducir la frecuencia del transporte público teniendo en cuenta la hora y circulación de los pasajeros para que se viaje mejor y se gaste menos.

Reducir el uso del agua en la agricultura

Un ejemplo de cómo se utiliza la IA para mejorar el ambiente es Kilimo, un emprendimiento argentino nacido en Córdoba que logró hacer un uso más eficiente del agua en la agricultura. Si consideramos que esta actividad consume el 70 % del agua dulce disponible en el mundo, resolver el gasto innecesario tiene una importancia vital.

La plataforma Agtech de Kilimo lleva ahorrados más de 30 billones de litros de agua en 75.000 hectáreas monitoreadas en Latinoamérica, trabajando junto a productores de cultivos intensivos y extensivos de Argentina, Estados Unidos, Chile, Uruguay, Paraguay, México y Perú.

¿Cómo lo hace? Un algoritmo de aprendizaje automático analiza imágenes satelitales, bases de datos históricos y otras informaciones disponibles para estimar el consumo hídrico del cultivo a una semana y ofrecer entonces consejos sobre la cantidad necesaria de riego. La solución propone un balance hídrico mediante un sistema que se alimenta de datos satelitales, climáticos y la caracterización del campo en cuestión. Luego, aplica la metodología de big data para sugerir cuándo y con cuánta agua regar, según una estrategia de riego seleccionada por el agricultor.

El ámbito de la salud es uno de los que más oportunidades presenta para el uso de la IA. IBM, por ejemplo, trabaja en un proyecto que ayuda a frenar el avance del virus del Zika. La iniciativa, realizada en colaboración con el Instituto Cary de Estudios de Ecosistemas, con sede en New York, utiliza técnicas de aprendizaje automático para analizar datos sobre los virus y los primates que los portan para después comparar estos rasgos con 364 especies de primates en todo el mundo. Esto permite producir, finalmente, un mapa interactivo que muestra dónde corren mayor riesgo las personas de contraer la enfermedad.

Uno de los desarrollos que podría tener un inmenso impacto global es el que llevó a cabo AI for Social Good, de Google, para predecir inundaciones. Estas afectan a 250 millones de personas de todo el mundo y generan miles de millones de pérdidas en daños tanto para las personas, los Gobiernos y privados.

Un desarrollo tecnológico de Google puede predecir (y dar aviso) de futuras inundaciones analizando miles datos climáticos y geográficos. 

La empresa creó algoritmos que toman diferentes datos para presentar modelos de predicción para determinar mejor cuándo y dónde tendrá lugar una inundación. Pero no se queda ahí. También incorpora esa información en un sistema de alertas para avisarle a la ciudadanía. Este sistema desde su nacimiento activó decenas de miles de alertas que fueron vistas por más de 1.500 millones de personas. La primera fue en el año 2018 para la región de Patna, en India.

Lo bueno es que este tipo de tecnologías pueden extrapolarse. Por ese motivo, desde el buscador ya están desarrollando iniciativas similares para predecir terremotos e incendios forestales.

En el informe La inteligencia artificial al servicio del bien social en América Latina y el Caribe publicado por el BID se señala que: “La IA promete mejorar el diseño de los servicios digitales centrados en las necesidades de las personas y la eficiencia de procesos de importancia vital —como la prestación de servicios sociales y la transparencia en la toma de decisiones públicas— e incentivar la economía mediante aumentos en la productividad”. Y le pone número a la promesa: “Un ejemplo es el impacto que pueda tener en la economía de un país en vías de desarrollo; se estima que la IA podría aportar hasta un 14 % de riqueza adicional a las economías emergentes de América Latina”, explica el informe.

Un camino con inconvenientes

Sin embargo, el avance de la aplicación de IA para resolver los problemas sociales y ambientales es un camino que presenta sus inconvenientes. “La sociedad no tiene suficientes mecanismos adecuados para invertir en este tipo de desarrollos”, explica Saska Mojsilovic, jefa de inteligencia artificial en IBM Research. “Por lo general, invertimos en aplicaciones de inteligencia artificial generadoras de ingresos en lugar de hacerlo en estos problemas sociales, menos cómodos”, asegura.

Según Mojsilovic, todo lo que respecta a la inteligencia artificial aplicada a lo social está todavía en pañales y falta tiempo para que veamos su explosión. Lo bueno es que eso significa que hay cientos de potenciales aplicaciones que pueden ser resueltas entre equipos ayudados a través de la tecnología.

“Muchas organizaciones no gubernamentales y agencias gubernamentales no están todavía utilizando el poder que tiene la inteligencia artificial como sí lo está usando el sector privado. En los próximos diez años veremos un esfuerzo muy grande de aplicar estas tecnologías para el bien social”, comenta en Raconteur y agrega: “Espero que usar la tecnología para atacar problemas relacionados al hambre, las enfermedades y la pobreza nos hagan mejores humanos. Todo se reduce a qué diseñemos y dónde hagamos nuestras inversiones. La tecnología existirá, pero la decisión es nuestra.

Un informe del BID subraya la importancia de la IA para el futuro de América Latina y, al mismo tiempo, señala el largo camino por recorrer en términos de alcanzar un mayor desarrollo e incidencia.

¿Qué hace falta para que funcione? Lo responde el informe del BID: “El éxito del aprovechamiento de esta tecnología dependerá de numerosos factores: la existencia de una visión común con la que se puedan alinear todos los esfuerzos y actores de los ecosistemas de IA; la dotación de una infraestructura digital facilitada por los Gobiernos en alianza con el sector privado; la formación de talento local y la investigación sobre temas pertinentes; la adopción de IA por parte de la sociedad civil para avanzar en sus objetivos; la decisión de poner al ser humano en el centro de toda conversación y actividad relacionada con la IA; el impulso del ecosistema emprendedor y el respeto de marcos y lineamientos éticos para su desarrollo y uso”.

Dependiendo de cómo se utilice esta tecnología funcionará como nivelador o divisor. Permitirá generar mayor igualdad, inclusividad y ampliación de derechos o, por el contrario, nuevas desigualdades, exclusiones y sesgos. Hace tiempo estamos viendo —por suerte— cómo nacen emprendimientos que, justamente, buscan atacar estas problemáticas, pero para que florezcan hace falta intención e inversión estatal.

Mark Purdy, un asesor independiente en economía y tecnología de Inglaterra, publicó un artículo en Harvard Business Review, donde lo explica con extrema claridad: “La respuesta está en nuestras propias manos. Al tomar medidas ahora para abordar los prejuicios y los riesgos, las empresas y los Gobiernos pueden comenzar a hacer de la inteligencia artificial una verdadera fuerza para el progreso social y la prosperidad económica”, asegura.

lunes, 19 de octubre de 2020

EFECTO PULP FICTION: QUÉ UNE A LOS DRONES, LOS CÓDIGOS GR, LOS JUEGOS DE MESA Y EL MEDIOEVO

 

Sebastián Campanario. 18 de octubre de 2020

Una de las películas más influyentes de la historia del cine ya tiene más de un cuarto de siglo. Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, se estrenó a mediados de 1994. Con el correr de los años se transformó en una leyenda y hay críticos que la ponen a la par de Star Wars, o de algunos de los tanques de Steven Spielberg, en el ranking de íconos cinematográficos de la cultura pop. Aunque no recaudó tanto como la saga de George Lucas, sí se la considera una bisagra que impactó profundamente en la forma de hacer cine de las generaciones de directores que siguieron.

Pero Pulp Fiction promovió otro cambio de magnitud: significó la "resurrección" actoral de John Travolta, que luego de dos hits de finales de los 70 (Fiebre de Sábado por la Noche y Grease) entró en una etapa sombría en su carrera cinematográfica. El papel de Vincent Vega lo volvió a traer al estrellato y a los contratos de más de diez millones de dólares por película.

¿Qué tiene que ver esta historia con la dinámica de cambio de 2020? El primero en hacer una conexión al respecto fue el divulgador y estratega Mark Pollard, autor de Estrategia en tus palabras, quien en Twitter hizo alusión al parecido entre la trayectoria de Travolta y los códigos QR: arrancaron con todo en su momento y parecía que se comían la cancha para luego entrar en una meseta, en la cual muchos pronosticaron su fracaso definitivo. Pero llegó la pandemia y la economía sin contacto, un combustible mágico que volvió a acelerar la maquinaria de los QR en poco tiempo.

"Uno podría pensar en un ?Efecto Pulp Fiction' que se puede ver en infinidad de tecnologías y tendencias sociales", explica el creativo argentino Carlos Pérez, director de la agencia BBDO, a quien semanas atrás se le ocurrió esta etiqueta y quien viene recopilando ejemplos de esta particular dinámica de cambio, desde los casos de Zoom a plataformas de entrenamiento online, pasando por la industria de los drones.

En este 2020 hay tendencias que venían lanzadas y se aceleraron: lo más obvio es la avenida digital en general (teletrabajo, educación remota, tele medicina) pero también el hecho se da en los combustibles renovables y en otras áreas. Hay en otro campo carambolas a varias bandas, propias de los sistemas complejos, que promueven cambios impredecibles (no tendenciales). Los que se inscriben en el Efecto Pulp Fiction están más cerca de los del primer tipo: estaban en una suerte de hibernación y la pandemia los volvió hiperrelevantes.

Hay una curiosidad que une a los códigos QR con Pulp Fiction: fueron creados en 1994, el año del estreno de la película. Surgieron a partir de una iniciativa de la empresa japonesa Denso Wave, una subsidiaria de Toyota. "QR" es por quick response: respuesta rápida en inglés. En su momento se presentaron como una evolución del código de barras y se volvieron muy populares en Japón. Unos años más tarde se pronosticó que invadirían todas las esferas de nuestra vida cotidiana, pero eso no sucedió... hasta este año, en el que nos encontramos leyendo el menú de un bar o pagando un producto mediante este atajo, que resurgió como una solución ideal para los tiempos que corren.

El 2 de octubre, la revista Fast Company publicó un artículo titulado "Cómo el Covid-19 ayudó a la problemática industria de los drones a levantar vuelo". Años atrás, el sector era una de las tendencias más "calientes" en Silicon Valley. Pero muchas de las startups que se lanzaron no le encontraron la vuelta al negocio, cayeron en su cotización o directamente desaparecieron. El año pasado, el segmento creció un 39%, un número que parece bueno, pero que para los parámetros de startups emergentes fue un fracaso: entre 2018 y 2017 se había crecido en un 140%.

Sin embargo, la pandemia hizo que muchas empresas grandes aumentaran la prioridad de sus programas con drones: la menor movilidad de las personas, el auge del comercio por delivery y la necesidad de minimizar el contacto físico hicieron que los drones en 2020 estén protagonizando su propio y rutilante "momento Pulp Fiction".

"Uno puede encontrar este tipo de trayectoria en infinidad de cambios sociales; el ?efecto Pulp Fiction-Travolta' excede al mapa de la tecnología", dice Pérez.

La semana pasada hubo una conversación interesante en redes sociales acerca del "boom de historiadores medievales". Los recuerdos de la peste y de grandes pandemias históricas, el miedo al contagio, la incertidumbre extrema, las etapas oscuras y el sálvese quien pueda son vectores que acercan un "déjà vu" de esta fase. La historia medieval, una rama a menudo dejada en segundo plano en esta disciplina, de golpe irrumpió en los medios de comunicación con historiadores de esta etapa que gozan de su cuarto de hora de fama.

Pérez trae a cuento otra tendencia social, apalancada en tecnología, que también atraviesa su momento Pulp Fiction: la de distintos tipos de juegos. "Among Us", la bomba del mundo gamer en 2020, no es un juego nuevo: existía desde 2018. Solo que en sus primeros dos años de vida sumaba 200 jugadores diarios y durante la cuarentena llegó a tener picos de medio millón de participantes: creció tanto como el cachet de Travolta luego de la bisagra de 1994. "Among us" ofrece partidas cortas, en la que un grupo de jugadores en una nave espacial deben descubrir quiénes son los saboteadores.

Juegos de mesa adaptados

Pero este mercado atraviesa otro "efecto Pulp Fiction", que llegó de un lugar inusitado: el de tradicionales juegos de mesa que se apalancaron en tecnología para crecer durante la pandemia a través de nuevas plataformas, influencers y dinámicas híbridas. La firma de inversiones Andreessen-Horowits publicó días atrás un informe, firmado por Jonathan Lai y Andrew Chen, que da cuenta de este fenómeno.

Los ejemplos se acumulan. Dungeons & Dragons, el más famoso de los juegos de rol, lanzado en 1976, viene creciendo a dos dígitos en los últimos cinco años y la suba se empinó durante la pandemia hasta tocar los 40 millones de jugadores a nivel global. Aquí hubo un anterior "efecto pop" que aceleró su incremento: la serie Stranger Things donde los protagonistas son fanáticos de D&D.

El mercado de los juegos de mesa, según Lai y Chen, mueve 12.000 millones de dólares al año y crece al 9%. El número apunta a dispararse por cuatro motivos: el interés por ver partidas en vivo, los contenidos generados por usuarios, las experiencias nuevas basadas en audio y las comunidades en red.

La tendencia alcanzó al ajedrez, con una duplicación en 2020 de la cantidad de jugadores que completan partidas online. Al inicio de la cuarentena grandes maestros muy carismáticos se volvieron influencers del juego ciencia con un éxito fenomenal. Hikaru Nakamura consiguió que medio millón de entusiastas siguieran sus partidas en vivo contra campeones de League Of Legends y Fortnite, en tanto que la maestra FIDE Alexandra Botez consiguió más de 320.000 espectadores. Las horas sumadas de atención para partidas de ajedrez en la plataforma Twitch totalizaron 36 millones en lo que va de este año 2020, según datos de Andreessen Horowitz.

En abril, un tuitero argentino posteó un mensaje que se viralizó: "Hizo falta una PANDEMIA GLOBAL para que la inmobiliaria accediera a pasarme el CBU para que le deposite el alquiler". Los "efectos Pulp Fiction" están por todos lados.

domingo, 4 de octubre de 2020

CORONAVIRUS. ALAIN TOURAINE: "LA GESTIÓN DE TRUMP RESULTÓ UNA CATÁSTROFE PARA EE.UU."

El sociólogo francés asegura que debemos avanzar hacia un mundo de nuevas ideas y acciones.

Hugo Alconada Mon. 3 de octubre de 2020

"¿Prefiere que hablemos en francés, inglés o italiano? No le digo en español porque hace un tiempo que no lo practico y no quisiera cometer errores". Del otro lado de la línea, un afiladísimo Alain Touraine cuenta desde París a LA NACION que terminó de escribir un nuevo libro y avanza con la reescritura de otro. Confía en que ambos salgan en 2021, cuando cumpliría 96 muy vigentes años.

Considerado uno de los sociólogos más importantes del último siglo, la visión de Touraine es panorámica, al mismo tiempo que precisa y profunda. Ofrece un pantallazo sobre Europa, mientras desgrana ideas sobre América Latina y Asia, y señala por sus apellidos a los líderes que lo inquietan. Pero la coyuntura no lo obsesiona, sino cómo encarar los nuevos tiempos.

La oscuridad informativa de la Casa Blanca suma confusión en un momento clave         

"Estamos ante el fin de la sociedad industrial y eso conlleva una confusión generalizada, ausencia de ideas, ausencia de debates, ¡incluso ausencia de las libertades que resultan fundamentales para la generación de ideas!", plantea, para después ir a fondo: "No tenemos que volver al pasado, sino entrar en un nuevo mundo, en una nueva sociedad, un mundo de nuevas ideas y acciones".

Touraine explica, también, que siente cierta ambivalencia. "El precio que pagamos en esta crisis es muy alto, pero aun así soy optimista", explica. "Resulta extraordinario observar que, por primera vez, prácticamente el mundo entero ha priorizado salvar vidas humanas, la salud de sus ciudadanos, por encima de sus economías, con la clara excepción de dos o tres países importantes", sobre los que carga con dureza.

-Después de tantos años, ¿cómo ve lo que afrontamos a nivel global? En la entrevista que concedió a El País en abril, usted planteó que le extrañaría "mucho" que no vivamos "catástrofes ecológicas importantes" durante la próxima década, pero al mismo tiempo remarcó que "las epidemias no lo son todo".

-[Ríe] ¿Cuánto tiempo tenemos? Primero, remarquemos que esta pandemia no es la primera que afrontamos, ni tampoco es la primera fuera de control durante el último siglo, ni siquiera en tiempos recientes. Basta con recordar cuando irrumpió el virus del sida, por ejemplo. Pero lo que sí es relevante es cómo reaccionamos ante estas situaciones de crisis y eso depende, en gran medida, de la relación que la ciudadanía mantenga con sus gobiernos. Cuando las personas confían en sus gobernantes tiende a reducirse la desorganización y a mejorar la calidad de la respuesta. Pero la relación entre las personas y los Estados es una relación cambiante que puede derivar en situaciones extremadamente peligrosas, con claros abusos de poder desde el Estado. En ocasiones, algunos gobiernos pueden asumir una orientación, digamos, napoleónica, dándole prioridad absoluta al propio Estado por sobre sus ciudadanos. Ahora estamos pagando un precio social muy alto debido a la orientación burocrática y nacionalista de muchos Estados. Muchos recibimos con sorpresa la evidente desorganización de los Estados para afrontar este tipo de crisis.

-¿Por qué dice eso? ¿Puede explayarse en ese concepto?

-La globalización de la economía llevó, por ejemplo, a que no produzcamos más nuestros medicamentos y todo tipo de equipos médicos, incluso algunos muy fáciles de fabricar y que nos permitirían protegernos más y mejor de este tipo de pandemias y, en general, en situaciones de emergencia. Debemos retornar a una democracia donde se le dé la prioridad a la sociedad civil por encima de los Estados. A esto se suma, en segundo lugar, que el precio que pagamos en esta crisis es muy alto, pero aun así soy optimista. Resulta extraordinario observar que, por primera vez, prácticamente el mundo entero ha priorizado salvar vidas humanas, la salud de sus ciudadanos, por encima de sus economías, con la clara excepción de dos o tres países importantes. Las excepciones las encarnaron Donald Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Gran Bretaña y, obviamente, Jair Bolsonaro en Brasil. Pero la respuesta general resultó muy positiva y, en la misma línea, es valioso lo que ha ocurrido en la Unión Europea, que se ha mostrado como una entidad muy débil, pero que aun así, gracias al alineamiento de Alemania y Francia, ha decidido destinar enormes sumas de dinero a la reconstrucción de la vida económica pero priorizando, insisto, las vidas de sus ciudadanos. Los europeos han demostrado así que están mejor orientados en sus prioridades de lo que muchos pensábamos, y me incluyo en eso. Mientras tanto, en Asia también podemos ver lo ocurrido en Hong Kong, en Corea del Sur y en particular en Taiwán. Han demostrado que las naciones que son verdaderamente democráticas han afrontado mejor la crisis que las viejas naciones industrializadas de Europa. Eso indica que es posible establecer una clara línea política que priorice las vidas y ciertos objetivos sociales y culturales en vez de abocarse a unos pocos y muy estrechos intereses económicos.

-Destacó a la Unión Europea. ¿Qué futuro tiene tras la salida del Reino Unido, con el Brexit, y los problemas serios y recurrentes de coordinación que evidenció durante esta pandemia?

-Diría, primero, que en estos momentos me siento muy tentado a sentirme satisfecho con el Brexit, dada la vieja tradición capitalista de Gran Bretaña, combinada con la sintonía que evidencia en los últimos tiempos con Estados Unidos. No aludo a aquel Estados Unidos de [Franklin Delano] Roosevelt o [John Fitzgerald] Kennedy, sino a este Estados Unidos de George W. Bush o Trump, y su priorización de los objetivos económicos por sobre las vidas humanas, en desmedro de otras perspectivas. Tomemos a Alemania como el ejemplo opuesto. Alemania lidia con ciertas fuerzas nacionalistas, pero resulta magnífico observar cómo la canciller [Angela] Merkel ha sido capaz de sortear esos planteos nacionalistas e imprimir otro rumbo, más positivo, en toda Europa. O Francia, donde debo reconocer que el presidente [Emmanuel] Macron ha estado muy activo en su afán por fortalecer la Unión Europea. Por todo esto, mi visión sobre la Unión Europea es que aún es demasiado débil, pero registró un progreso muy importante al aprobar un paquete de 750.000 millones de euros para afrontar las consecuencias de la pandemia, dándole prioridad a Italia y España. Eso no es menor. Veamos el caso de Italia, que está registrando un progreso muy importante, con la ayuda de las restantes naciones de la Unión y con la caída de Salvini [Mateo, ex ministro del Interior y vicepresidente italiano, referente de la extrema derecha], que es un dirigente populista muy peligroso. Algo similar pasa en España, que afronta serias dificultades, además del movimiento independentista catalán, pero que de a poco está avanzando en una senda positiva. Paradójicamente, creo que el país que se encuentra en la situación más frágil, hoy, es Francia. Veremos qué ocurre en las próximas elecciones presidenciales y regionales de 2022. Espero que Macron obtenga su reelección, a pesar de que su partido es débil y mediocre, y pueda impulsar ciertas reformas políticas, más allá de que aún existan sectores de la población que apoyen a [Marine] Le Pen y son sectores carentes de un verdadero y profundo análisis de la situación. Por todo esto, mi juicio sobre el comportamiento colectivo de la Unión Europea y en especial de Alemania y Francia, es muy positivo.

-¿Cómo interpreta el ascenso al poder de figuras como Trump, Bolsonaro o Johnson?

-Como un problema que deberíamos dejar atrás lo más pronto posible. No sé qué puede ocurrir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, pero es todo un dato que los países que más han sufrido por esta pandemia hayan sido Estados Unidos, Inglaterra y Brasil. Desde una perspectiva muy concreta, quedó demostrado que la gestión de Trump resultó una catástrofe para Estados Unidos, que registra la tasa de casos y muertes más alta del mundo, mientras que Gran Bretaña es la nación con peores índices de Europa, a pesar de sus altos estándares científicos, porque permitió, insisto, que sus intereses económicos capitalistas prevalecieran por sobre las vidas de sus ciudadanos.

-Apoyado en sus conocimientos y su experiencia, ¿cuáles son las preguntas que deberíamos plantearnos en estos momentos?

-Hmm [Calla unos segundos]. Como usted sabe, América Latina siempre me ha interesado muchísimo y creo que ahora debemos observar cómo se resuelve el populismo en la región, donde acumuló un elevado apoyo popular, pero registró efectos muy negativos y provocó una reacción opuesta, como la que encarna Bolsonaro, quien está destruyendo la selva de Amazonas. Esa reacción es mucho más negativa que lo ha que ha representado el peronismo u otras variantes populistas en el hemisferio. Veo con mejores ojos lo que ocurre en Chile, un país que ha registrado un movimiento popular contra un presidente [por Sebastián Piñera] que ciertamente no es un dictador como lo fue [Augusto] Pinochet, pero es muy conservador y antipopular. Esa tensión social representa, para mí, un verdadero progreso en la relación de los ciudadanos con el Estado, tras el gobierno de la llamada "Convergencia", que en la práctica fue neoconservador y no implementó ninguna verdadera reforma social. Espero que el malestar popular que el año pasado se evidenció en Chile derive en algún resultado positivo y que la nueva Constitución signifique un gran paso hacia delante, hacia una democracia plena. O dicho de otro modo, como alguien que está a favor de los movimientos populares en Chile, tiendo a pensar que el saldo de lo ocurrido el año pasado podría resultar muy positivo para el proceso democrático de ese país. Y en términos más hemisféricos, espero que América Latina no se abandone a los intereses autoritarios de China. Si pueden sacarnos de encima a sus peores líderes, confío en que pueda transformarse y reorganizar sus procesos populares. Pero será un largo camino.

-¿Y en el campo de las ciencias sociales? ¿Qué ve?

-Considero que debemos hacer un gran hacer esfuerzo por reconstruir las ciencias sociales porque los mayores problemas, hoy, no son económicos, son sociales y culturales. Por eso insisto tanto en que debemos priorizar a los intereses humanos por sobre los económicos. Debemos ser activamente críticos y debemos abordar la "sociología de la acción", enfocarnos en la capacidad de los actores para organizar la vida social para bien de la comunidad y no de otros intereses. Debemos priorizar la reconstrucción de las bases de la democracia. La tendencia dominante hoy se centra en el antagonismo, pero debemos reaccionar y reconstruir una verdadera ciencia humana, una ciencia pensada para el bienestar de la humanidad. Necesitamos una fuerte renovación de nuestras organizaciones culturales y políticas y eso, sin ir más lejos, debería ser un eje clave en un eventual segundo período de Macron.

-¿Hay alguna pregunta que no le planteé y quisiera abordar?

-¡Oh, sí! Obviamente no puedo decirlo todo en veinte o cuarenta minutos [risas]. Creo que nos encontramos en el momento más negativo de nuestra evolución histórica. Estamos ante el fin de la sociedad industrial y eso conlleva una confusión generalizada, ausencia de ideas, ausencia de debates, ¡incluso ausencia de las libertades que resultan fundamentales para la generación de ideas! Debemos salir ahora de este barro, de este período de desorganización y construir una nueva sociedad. Lo que quiero dejar como mi comentario más relevante, hoy, es que debemos quitarnos de encima esta sociedad industrial en la que he pasado prácticamente toda mi vida. Ahora debemos entrar en un nuevo mundo y debemos reinventar un abordaje social, un análisis social para esta nueva sociedad. Debemos convencernos de la necesidad de elaborar ideas, programas y acciones para una sociedad que es esencialmente distinta de la que fue la sociedad industrial de los últimos dos siglos. Eso es fundamental. Necesitamos nuevas ideas. Nuevos instrumentos para responder las preguntas actuales. Nuevas propuestas para la acción. No tenemos que volver al pasado, sino entrar en un nuevo mundo, en una nueva sociedad, un mundo de nuevas ideas y acciones. Ese es mi mensaje.

sábado, 5 de septiembre de 2020

EFECTO PANDEMIA. LAS GRANDES TECNOLÓGICAS, DUEÑAS DEL MUNDO

Ariel Torres. 5 de septiembre de 2020

Imagine que le dan esta tarea: debe escribir la lista del supermercado. Para eso, le dan solo una hoja de papel y un lápiz negro bien afilado. No parece difícil. Excepto porque lo dejan en un desierto. En minutos descubrirá que la misión es imposible. No se puede escribir apoyando la hoja sobre la arena. Cuando trata de hacerlo sobre su propia mano o sobre la pierna, el lápiz perfora el papel. Entonces le ofrecen una pequeña ayuda: una tabla de madera. De pronto, lo impracticable se vuelve sencillo y termina la lista enseguida. Este es el clásico ejemplo que se da en las clases de química para explicar el papel que juegan los catalizadores en las reacciones químicas.

"Durante veinte años la tan mentada transformación digital anduvo a pedal, como en cámara lenta. Ahora, por un virus, se logró en dos meses", me decía estos días el ejecutivo de una compañía tecnológica, para quien todas estas novedades que suenan a ciencia ficción -no ir casi nunca la oficina, la nube, las reuniones virtuales- son algo cotidiano desde hace mucho tiempo.

La lucha desigual entre los medios de prensa y las plataformas               

Pues bien, la pandemia fue el catalizador de la transformación digital. Solo que un puñado de jugadores ya estaban ahí, en un futuro que la mayoría de las compañías prefería desde hacía décadas ignorar o patear para adelante. Una anécdota echará luz acerca de la feroz brecha que existía entre uno y otro grupo de organizaciones.

En 1988, entrevisté a un investigador argentino del Laboratorio Almadén de IBM, en las oficinas que la multinacional tiene en Buenos Aires. Su trabajo en ese momento era sobre computación paralela, algo que hoy disfrutamos hasta en nuestros smartphones. Pero hay un detalle más impactante: ese ingeniero ya tenía notebook, conexión inalámbrica a la red de la compañía y correo electrónico. Internet había nacido solo cinco años antes y faltaban todavía siete para que llegara a los usuarios particulares en la Argentina. Mientras este investigador me mostraba cómo trabajaba de forma remota en su laboratorio de California, el mundo afuera de esas oficinas no estaba ni enterado de la tormenta que se avecinaba.

Pero cuando esa tormenta llegó, la mayoría de las organizaciones prefirió ignorarla. Sin embargo, esta es solo una cara de la brecha. Para muchas compañías, especialmente en un país como la Argentina, donde "productividad" es mala palabra y la presión tributaria ahoga a todos, pero especialmente a las pequeñas y medianas, invertir en la transformación digital no era una opción. Había otras urgencias.

Los supermercados son un ejemplo. Antes de la pandemia, la inmensa mayoría de sus clientes hacía compras presenciales, no por internet. Cuando el número de compras online, en mayo, ya había crecido un 300%, según la Cámara Argentina de Comercio Electrónico, sus sistemas colapsaron. Es difícil atribuir la situación -que con el paso de los meses fue mejorando, aunque está muy lejos de ser la ideal- solo a la falta de previsión. En un país donde es demasiado riesgoso invertir y donde las reglas de juego cambian constantemente, los supermercados apostaron a sus locales, no al comercio electrónico. Del mismo modo, mientras las salas de reuniones de muchas compañías de toda talla quedaban vacías, Zoom, uno de los ganadores de la pandemia, pasó de 10 millones a 300 millones de usuarios. Pero hay un detalle estremecedor: Zoom era bien conocido en el ambiente corporativo de las tecnológicas desde hacía rato. Esta herramienta, pensada específicamente para reuniones virtuales (https://www.lanacion.com.ar/2399060) fue lanzada el 10 de septiembre de 2012. Siete años antes de la pandemia.

Salvavidas digital

Pero es tal vez un exceso llamar a Zoom (o a otras tecnológicas) simples "ganadores de la pandemia". Son también quienes tenían listos los botes salvavidas para la crisis. Basta pensar en la catástrofe que habría causado el Covid-19 treinta años atrás, con los vuelos aerocomerciales en pleno auge, pero sin Internet pública y con la industria de la computación personal en pañales. Los fallecidos se habrían contado de a decenas de millones y la economía habría naufragado sin remedio.

Pero la pandemia llegó en un momento bisagra en el que la civilización cuenta con herramientas muy avanzadas para mantener funcionando un número de actividades esenciales; otras, lamentablemente, no tuvieron esa suerte, pero anoto, al margen, que la realidad virtual podría haber ayudado mucho a tiendas de vestimenta, negocios gastronómicos y otras actividades que quedaron devastadas por el confinamiento.

Ahora bien, la adopción inmediata de nuevas tecnologías ante la crisis dejó a la luz una brecha insalvable. Una parte de las industrias ya estaba viviendo en el futuro, mientras que la otra insistía con prácticas que eran (en muchos casos, no en todos) ineficientes y basadas en prejuicios antediluvianos. Otra anécdota permitirá ver esta diferencia abismal entre la ideología que ve a las tecnologías disruptivas como una ventaja y la que cree que es solo cosa de hackers y que, llegado el caso, puede resultar una amenaza para sus negocios.

Hace unos quince años, cuando el mensajero más popular era el MSN Messenger, de Microsoft, tuve una charla muy esclarecedora con el fundador de una de las agencias de relaciones públicas más importantes de la Argentina. En su opinión, me confió, habría que (y cito) "prohibirles a los empleados chatear en el trabajo, porque se la pasan charlando con sus amigos". Le respondí que a mi juicio era exactamente al revés, las compañías deberían fomentar el uso del chat, porque podía ser una herramienta de productividad extraordinaria. ¿Qué sentido tiene, le pregunté, pasar una cuarta parte del día hablando por teléfono, como hace 50 años, trasladándose a otras oficinas o caminando hasta el escritorio de un colega cuando todo eso puede resolverse con tres líneas de chat, y cuando además, gracias a Internet, es posible chatear con 50 personas a la vez? Desde luego, mis dichos le parecieron una herejía.

Hoy una empresa es impensable sin el chat, y un mensajero en particular, WhatsApp, es la herramienta que cientos de miles de pymes empleaban antes de la pandemia para facilitar su trabajo y que ahora han adoptado desde los bancos hasta los viveros. Es otro de los (muchos) prejuicios que frenaba la transformación digital: que había que estarle encima al empleado para que hiciera su trabajo. De otro modo, iba a pasarse el día chateando o mirando Netflix. Un estigma no solo antiguo, sino también pasado de moda.

Otras dinámicas

Para la mayoría de los trabajadores, su tarea, pequeña o grande, es una posesión preciosa que asumen con gran responsabilidad. Las tecnológicas lo saben desde hace rato, y en sus oficinas (incluso aquí, en Buenos Aires) muy pocos tienen un despacho o un escritorio propios. Incluso ejecutivos de alto rango, cuando tienen que ir a la oficina, buscan un puesto de trabajo libre, abren su notebook y listo. Eso, cuando van. En muchos casos, hay dos o tres días de la semana en la que hacen teletrabajo, una práctica que, bien implementada, no solo aumenta la productividad, sino que también es más eficiente en términos económicos para ambas partes.

Para las multinacionales (y no solo las tecnológicas), la pandemia no alteró sustancialmente la dinámica del trabajo. Tan diferentes son las visiones sobre el empleo de un lado y del otro de esta grieta que algunos de los mejores productos de Google han nacido de una práctica notable de esta compañía, que le permite a sus empleados invertir una parte de sus horas de trabajo en proyectos propios. La mayoría no llega a ningún lado, pero esta diversidad ha sido un semillero riquísimo para el coloso de Mountain View.

Concentración

Sin embargo, estos prejuicios y esta brecha, aunque están cayéndose a pedazos, no solo no han desaparecido, sino que además han tenido una consecuencia no deseada y potencialmente muy peligrosa. Si antes de la pandemia un puñado de tecnológicas concentraban un poder nunca antes visto, ahora esos monopolios han acentuado su poder a una escala incomprensible. Era algo esperable, incluso cuando el valor de la publicidad online se redujo conforme al parate económico, e insisto con una idea: estas compañías y sus productos fueron lo que permitieron a las naciones industrializadas seguir mínimamente funcionando.

Pero el pecado original de las nuevas tecnologías, la concentración, ahora se ha vuelto una condición tan crítica que ya parece irreversible. Y esa sería una muy mala noticia.

Algunos números elocuentes. En los últimos seis meses, la acción de Apple pasó de 300 a 500 dólares, con lo que la compañía fue la primera en la historia en superar una capitalización de mercado de 2 billones (doce ceros; trillion, en Estados Unidos) de dólares. Microsoft, que veinte años atrás era la compañía mejor valuada del planeta, no está muy atrás. Luego de una exitosa reconversión al negocio de la nube, su valor es de 1,7 billones de dólares. Google, por su parte, ya superó el billón.

Otra foto significativa: las seis compañías con mayor capitalización de mercado son tecnológicas. Una de ellas, la sexta, es Alibaba, el MercadoLibre chino. Google tiene casi el 93% del mercado de las búsquedas y solo tres compañías concentran el 70% de la publicidad online en Estados Unidos: Google, Facebook y Amazon, según la consultora eMarketer. Esto afecta, por ejemplo, a los medios de comunicación, que producen buena parte de lo que el buscador y la red social explotan, y por lo tanto se convierte también en una amenaza que excede lo económico y termina afectando la cultura y algunas de las instituciones básicas de la democracia, como el periodismo.

Con este grado de concentración, ¿qué queda entonces para las pequeñas? Muy poco, a decir verdad, y no solo en términos de participación de mercado, rentabilidad y, a la larga, la posibilidad de subsistir. En estas condiciones es prácticamente imposible competir. Cuando Snapchat empezó a tallar, Instagram (que es de Facebook) simplemente le copió su función más atractiva (las Historias, que solo duran 24 horas y luego desaparecen), y la incipiente Snapchat se derrumbó.

El monopolio por sí no puede evitarse, porque si un producto es mucho mejor que el de cualquiera de sus competidores, entonces la concentración se dará naturalmente. El problema es que es prácticamente imposible que una compañía no caiga en la tentación de abusar de su posición dominante. Y nada de esto es nuevo. En 2005, Adobe, el creador de Photoshop, vio amenazado su negocio de software para crear páginas web por una pequeña compañía llamada Macromedia, que había lanzado el exitoso Dreamweaver. Entonces Adobe simplemente adquirió Macromedia.

En el caso de las nuevas tecnologías, el monopolio por sí mismo, incluso en el caso hipotético de que no haya abuso, representa un problema para toda la economía. Para entender esto, que a primera vista puede sonar exagerado, hagamos una analogía con el transporte: automóviles, camiones, trenes, aviones, barcos. Si hubiera una sola empresa que construyera estos instrumentos fundamentales, la economía dependería de las decisiones de una sola mesa de directorio. Y no solo una mala decisión podría poner en jaque la fabricación de vehículos, y por lo tanto el transporte a escala mundial, sino que con semejante poderío también podrían establecer reglas de juego unilateralmente. Pues bien, la economía hoy depende tanto del transporte como de las computadoras, los servicios online y el software.

Solo una opción

Como se sabe, y por una larga serie de motivos que no exploraremos aquí, este escenario en el que hay un solo proveedor de herramientas fundamentales nunca se presentó en la mayor parte de las industrias. Incluso con altos grados de concentración, las opciones nunca se redujeron a una y solo una. Pues bien, esto es exactamente lo contrario de lo que ocurre con las nuevas tecnologías. Un caso emblemático fue el de AT&T, que en 1982 fue dividida en siete compañías (informalmente conocidas como Baby Bells), debido al grado de concentración que había acumulado.

Pero el fenómeno se repitió. Solo hay un sistema operativo para computadoras personales, Windows, de Microsoft; Apple nunca hizo mella en ese negocio. Microsoft jamás hizo pie en las búsquedas, ni Google en las redes sociales, donde reina Facebook. Aunque cueste aceptarlo, en tecnología el que llega primero, salvo raras excepciones, se queda con todo, y de ese modo la palabra monopolio alcanza alturas insólitas. Con un agravante: llega un punto en el que un estándar industrial puede quedar en manos de una compañía privada.

Cisnes negros

Pero también es cierto que hay cisnes negros. Zoom es un caso de manual. Ninguno de los colosos -Microsoft, con Teams, y Google, con Meet- ha conseguido desbancar a esta compañía, que tiene solo 2500 empleados; en comparación, Microsoft tiene 156.000 y Google, 114.000. Es decir, las nuevas tecnologías también dan origen a lo que podríamos llamar monopolios instantáneos. Lo que nos lleva a otro de los lados oscuros de la concentración.

Si algo sale mal con el producto de una compañía que tienen casi toda la torta del mercado, las consecuencias alcanzarán, de nuevo, a toda la economía. Zoom, cuando empezó la pandemia, sufría de una serie de vulnerabilidades muy graves. Habiendo sido durante toda su historia una herramienta corporativa, estas fallas nunca quedaron expuestas (ni se las corrigió). Cuando se convirtió en la nueva forma de reunirse, afectó a cientos de millones de usuarios hogareños y profesionales independientes.

En su momento, Google fue un cisne negro. La Web estaba creciendo tan rápido que el directorio Yahoo! ya no era útil. Google automatizó las búsquedas y, veintidós años después, sus algoritmos gobiernan lo que vemos en la web. Si algo no aparece en su buscador, entonces no existe.

Si Facebook desapareciera, cientos de miles de pymes quedarían en un limbo, con sus páginas inaccesibles, sus contactos evaporados, sin ventas y sin actividad. La idea de que este gigante desaparezca puede sonar ridícula. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que una proporción demasiado grande de la economía depende de un puñado de compañías tecnológicas.

Además, nadie tiene el futuro comprado. En enero de 1993, IBM, un imperio de apariencia inexpugnable, anunció pérdidas por 8000 millones de dólares (12.400 millones de hoy) y debió despedir a 50.000 empleados. En su momento, fue el mayor quebranto informado por una compañía estadounidense (hoy ese récord lo tiene otro gigante, AOL-Tome Warner, con pérdidas de 123.000 millones). A IBM se la daba por terminada. Gracias a una brillante estrategia de inteligencia colectiva, se reinventó y sobrevivió. Pero el desastre acecha a todos en una industria tan disruptiva. El iPhone desbancó no a uno, sino a tres titanes de la telefonía celular que parecían blindados, y sin embargo hoy ya no existen: Blackberry, Motorola y Nokia.

De modo que el hecho de que tantas compañías dependan de tan pocos es una espada de Damocles para toda la economía. Y la pandemia no ha hecho más que reforzar esa concentración.

Curiosamente, y este es tal vez un dato tan esperanzador como aleccionador, las tres tecnologías que subyacen bajo esta concentración no son monopólicas. Internet y la Web son estándares abiertos que no dependen de ninguna compañía en particular. Gracias a su existencia Google pudo, en su momento, competir con el monopolio de Yahoo!. Fue porque el conjunto de protocolos que hacen funcionar a Internet y a la Web no dependían de la suerte ni de los caprichos de nadie que Facebook, Amazon y Netflix (entre muchos otros) nacieron en un garaje o en un dormitorio universitario. Y fue también porque el poder de cómputo está muy diversificado que hubo cada vez más productos, más innovación y precios más accesibles. Círculo virtuoso se llama.

jueves, 9 de julio de 2020

ÁNGELA MERKEL: "LA PANDEMIA NO PUEDE SER COMBATIDA CON MENTIRAS, EL POPULISMO ESTÁ MOSTRANDO SUS LÍMITES"


La canciller alemana se presentó ante el Parlamento Europeo y remarcó que la democracia "necesita verdad y transparencia". 
9 de Julio de 2020

Angela Merkel trazó una clara advertencia contra la desinformación y el “populismo que niega los hechos”, en una defensa de los valores democráticos en el marco de la pandemia frente al Parlamento Europeo.

“La Unión Europea enfrenta el reto más inmenso de su historia”, afirmó Merkel ante el pleno en Bruselas, donde presentó las prioridades de la Presidencia semestral alemana del Consejo, recién comenzada el pasado 1 de julio, y se refirió también a la respuesta europea a la crisis del coronavirus.

En su discurso, la mandataria alemana hizo hincapié en la necesidad de coordinar las políticas y subrayó la importancia de combatir las informaciones falsas. “En una situación así, las informaciones fiables son particularmente importantes Es crucial proteger eficazmente a nuestra democracia de las ciberamenazas y las campañas de desinformación, porque una democracia necesita una esfera pública en la que se pueda compartir el conocimiento”, advirtió.

“La pandemia no puede ser combatida con mentiras y desinformación, ni tampoco con odio y disturbios. El populismo que niega los hechos está mostrando sus límites. Una democracia necesita verdad y transparencia. De eso va Europa y eso es lo que Alemania va a fortalecer en su Presidencia del Consejo”, añadió Merkel.

Su comparecencia estuvo cargada de llamados a la unidad y solidaridad entre los estados miembros de la UE, y fue interrumpida en algunas ocasiones por los aplausos de los políticos presentes. Al término, los eurodiputados la ovacionaron de pie. La visita de Merkel a Bruselas supone el primer viaje al extranjero de la canciller desde el inicio de la pandemia, una crisis en la que, confesó, le ha resultado especialmente difícil imponer medidas restringiendo la libertad de sus ciudadanos.

 “Hemos tenido que romper las cadenas de transmisión del virus y (para ello) se han tenido que restringir derechos fundamentales. Ha sido un precio alto a pagar. Una pandemia no puede usarse para erosionar los principios democráticos. Yo viví durante 35 años en una sociedad que no era libre, por lo que restringir los derechos durante la pandemia fue una decisión difícil”, admitió Merkel.

La mandataria recordó los más de 100.000 fallecidos en Europa a causa del coronavirus y mencionó a las miles de personas que han vivido esta crisis solos y no han podido despedirse de sus seres queridos que han fallecido. “Hay que tenerlos en mente cuando hablemos de la recuperación económica. Necesitamos poder llorar a nuestros muertos, reconocer el dolor de las despedidas que no han sido posibles. Esto seguirá entre nosotros durante un tiempo”, dijo la canciller.

Antes de su presentación, Berlín criticó abiertamente la retirada de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), al calificar la decisión de Donald Trump como “un revés para la cooperación internacional”. Según afirmó Martina Fietz, vocera del gobierno, “las epidemias mundiales muestran que necesitamos más cooperación internacional para luchar contra una pandemia y no menos”.

El 17 y 18 de julio, los mandatarios europeos abordarán de nuevo el plan de recuperación de 750.000 millones de euros (840.000 millones de dólares) para salir de la profunda recesión en 2020 causada por la pandemia, un paquete que aún no reúne el consenso unánime necesario para su aprobación. “Si evaluamos bien la profundidad de la crisis, no tenemos tiempo que perder (...) Espero que este verano lleguemos a un acuerdo”, dijo Merkel en su discurso.

Más allá de la crisis del coronavirus, Merkel pidió también que la Unión Europea acuerde pronto la neutralidad climática para el año 2050 de forma legalmente vinculante, un compromiso al que se han adherido ya la mayoría de países de la UE pero para el que aún no hay un consenso absoluto.

También hizo referencia a la reforma del sistema migratorio, una legislación en la que su Presidencia buscará avances pese a que el asunto lleva años bloqueado, y recordó que “aunque sea un tema políticamente sensible”, Europa debe “mostrar esa sensibilidad y no mirar hacia otro lado”.

La canciller alemana, que, según los analistas, busca dejar su legado político durante esta presidencia, aseguró que sus prioridades serán la cohesión, la lucha contra el cambio climático y la digitalización.

sábado, 6 de junio de 2020

LOS DESAFÍOS DE LA EDUCACIÓN DIGITAL


Por Eugenia Mitchelstein y Pablo J. Boczkowski
6 de Junio de 2020
La pandemia de coronavirus y las medidas de aislamiento que se tomaron en muchos países revelaron las desigualdades que existen en las escuelas. En Argentina, uno de cada cinco estudiantes de escuelas primarias no tiene acceso a internet en su casa, y casi un cuarto no cuenta con una computadora. En México, solo el 40 por ciento de los hogares tiene acceso a una PC. En los Estados Unidos, siete millones de alumnos de nivel primario y secundario no cuentan con acceso a internet en sus hogares.

Aunque la inequidad en el acceso a las herramientas digitales no es un fenómeno nuevo, la suspensión de clases presenciales en gran parte del mundo la hizo más evidente que nunca. Para analizar este tema, hablamos con cuatro especialistas en educación y tecnología de instituciones líderes de Estados Unidos y Europa.

Danah Boyd es investigadora principal en Microsoft Research, y fundadora y presidenta de Data & Society. Para ella, “la desigualdad es sistémica, no está enraizada en la tecnología sino que se amplifica a través de ella... cuando las escuelas entregan tecnología, a menudo asumen de forma ingenua que esto cerrará la brecha. Si un estudiante no tiene internet en casa, el dispositivo es inútil. Si el estudiante tiene miedo de ser asaltado en el camino de la escuela, la tecnología puede presentar nuevos riesgos". Boyd agrega: “No podemos esperar que las escuelas resuelvan problemas sistémicos con una sola intervención. (...) La clave es pensar realmente en los diferentes estudiantes y adaptar las intervenciones que pueden ayudar a aliviar las desigualdades estructurales”.

La desigualdad estructural también se hace evidente en cómo algunos docentes valoran distintas actividades de los estudiantes. Sonia Livingstone, profesora de Comunicación y Medios en London School of Economics and Political Science, reflexiona sobre la investigación para su libro The Class: Living and Learning in the Digital Age (La Clase: Vivir y Aprender en la Era Digital), escrito junto a Julian Sefton-Green: “Esperábamos encontrar que la escuela dedicaba esfuerzos a superar las desigualdades pero, en cambio, encontramos maestros que elogiaban a los estudiantes que aprendían música clásica en el piano pero no a los que aprendían un instrumento folclórico”.

Sonia Livingstone comenta que “los niños de clase media tenían en sus casas la computadora y la conectividad que necesitaban para profundizar intereses escolares e individuales, mientras que los niños más pobres a menudo carecían de esos recursos”.

Jessica Taylor Piotrowski, profesora de Comunicación en la Universidad de Ámsterdam, propone: “Si un sistema escolar cuenta con la infraestructura para integrar smartphones a las lecciones y actividades de clase, pueden ser una gran opción para un aprendizaje más personalizado (...) Esta infraestructura incluye tener una red segura, presupuesto para contenido, desarrollo profesional para maestros y acceso inclusivo para todos los estudiantes”.

Pero Taylor Piotrowski explica: “Sin estos recursos, es probable que se produzca más interrupción que integración; en ese caso, parece que prohibir o limitar el uso es una opción mucho más razonable. El uso limitado debería estar acompañado por alfabetización digital (para maestros, padres y estudiantes) para ayudar a garantizar un uso inteligente”.

Piotrowski, además, duda “si se le puede pedir más a los docentes, que ya están sobrecargados con demasiados estudiantes, recursos insuficientes en el aula y oportunidades insuficientes para el desarrollo profesional”.

La desigualdad va más allá del acceso a los dispositivos. Mizuko Ito, profesora en la Universidad de California en Irvine, sostiene que un factor adicional es “la falta de aprecio de los adultos por el aprendizaje que los jóvenes pueden obtener mientras se dedican a sus intereses usando los recursos de las redes y los medios digitales". "Esta percepción ha cambiado con la crisis de COVID-19, que ha traído gran parte de la vida social y el aprendizaje en línea, pero los adultos han estigmatizado la participación digital de los jóvenes”, explica.

Según Ito, “esto significa que, incluso cuando los jóvenes aprenden lectura, matemática y resolución de problemas en comunidades de gaming y fandom, por ejemplo, los adultos tienden a ver estas actividades como una pérdida de tiempo" . "Esto es particularmente cierto para los intereses de los jóvenes que no forman parte de la cultura dominante y la cultura pop de las adolescentes, así que es importante reconocer ese sesgo”, agrega.

Livingstone coincide: “En The Class vimos una y otra vez cómo los jóvenes se perdían la oportunidad de perseguir sus propios intereses y profundizar su aprendizaje (...) especialmente en relación con sus actividades digitales, que los adultos descartaban o menospreciaban sin tomarse la molestia de descubrir por qué los jóvenes las encuentran interesantes o placenteras. Escuchar a los niños parece difícil para los adultos, pero es crucial”.

¿Qué cambios se podrían introducir en la educación digital? boyd cree “que los estudiantes necesitan comprender las diversas lógicas que sustentan nuestro mundo sociotécnico: cómo las presiones externas pervierten las herramientas que utilizamos; (...) por qué los periodistas están obsesionados con los clics; cómo se diseña y vende la publicidad digital (...); cómo se puede manipular la economía de la atención (...)?”.

Por ello, agrega: “El árbol nos tapa el bosque si nos enfocamos en enseñar a los estudiantes a programar. Al invertir la perspectiva para comprender las lógicas que sostienen el ecosistema digital, podemos ayudar a los estudiantes a comprender cómo está estructurado el mundo”.

Por su parte, Livingstone se pregunta: “¿No podrían las escuelas pensar en formas de abrir los recursos de la escuela a la comunidad, creando oportunidades extracurriculares para que los jóvenes persigan sus propios intereses (¿Fotografía? ¿Hacer gifs y memes? ¿Convertirse en un YouTuber?). ¡Quizás hasta puedan enseñar algo a sus padres y maestros!”.

Ito explica que esto “no significa que las escuelas tengan que transformar su plan de estudios tradicional, pero incluso algo como patrocinar un club de anime o un equipo de e-sports en la escuela, o incluso un maestro que tome o comparta un interés en la cultura popular con los estudiantes puede marcar la diferencia”.

Esto es clave, según Ito, porque “la escuela es mucho más que un sistema formal, y para los jóvenes, las relaciones y la pertenencia son esenciales para que les vaya bien en la escuela”.

La alfabetización digital también incluye fomentar oportunidades para la desconexión. Taylor Piotrowski que la escuela es un buen lugar para enseñar autorregulación. “Los medios son un espacio maravilloso para aprender, participar, conectarse y entretenerse. Y no deseo demonizarlos ni tratarlos como problemáticos. Pero como todo, el equilibrio es importante”.

Esta investigadora agrega que “expertos en medios y juventud hablan de una dieta mediática (similar a una dieta nutricional), y aunque quizás sea un ejemplo anticuado, todavía funciona. Si podemos modelar una relación saludable con los medios en nuestro mundo siempre conectado, podemos recorrer un largo camino para ayudar a los chicos y chicas a activar y desarrollar sus procesos de autorregulación”.

Boyd concuerda con que el uso inteligente y saludable es crucial: “La misma tecnología puede ser una herramienta o una distracción (...). Las herramientas deben introducirse en el aula de una manera pedagógicamente sólida donde puedan ayudar a los estudiantes a aprender mejor o alcanzar otras metas”.

Para Boyd, “las escuelas deberían ayudar a capacitar a los estudiantes para que sean independientes". “Esto significa ayudarlos a trabajar con la tecnología como herramienta en lugar de simplemente presentarla como una distracción. Después de todo, los estudiantes usarán sus teléfonos cuando salgan de la clase y si queremos ayudar a producir personas que puedan aprender durante toda su vida, deben desarrollar una relación saludable con sus dispositivos, herramientas y juguetes”, agrega.

La educación digital tiene por delante los desafíos de reducir la desigualdad en el acceso a los dispositivos, fomentar la creatividad en los modos de uso, y ayudar al desarrollo de un vínculo sano con los mismos. Esta enseñanza ayudaría no solo a los y las estudiantes, sino también a docentes, padres, madres y la sociedad en su conjunto. La vida, después de todo, es un aprendizaje continuo.

viernes, 5 de junio de 2020

EL FUTURO YA LLEGÓ: LAS CINCO REVOLUCIONES QUE ACELERÓ EL CORONAVIRUS EN ARGENTINAL


Desde la economía a la salud o la educación, la pandemia profundizó transformaciones que venían en proceso. En todas es protagonista la tecnología. Y, afirman los expertos, sus efectos son irreversibles.
Irene Hartmann. 04/06/2020. Clarín.com Sociedad

Estamos sentados en la platea. Proyectan “la realidad”. No toda sino la de los últimos meses, desde el inicio de la pandemia de coronavirus​. A la salida, charla va, charla viene, notamos que vimos películas distintas.

Para unos fueron escenas desesperantes: la desigualdad y la pobreza, aceleradas y en ebullición. Hospitales explotados de enfermos, millones de despedidos, industrias paradas, chicos no educados, jóvenes encerrados, ancianos deprimidos, geriátricos en rojo. Y los muertos.

Para otros, el filme resumió el empuje de la humanidad: escenas de cofradía y del "Estado presente". Lazos comunitarios engrosados, un avance científico inédito en la historia, la tecnología y la informática en su mayor esplendor. Todo enmarcado por las bondades del mundo virtual, la matriz que nos cobija e integra. La que achica distancias y burla el encierro.

El coronavirus está cambiando nuestras vidas. No de la mano de fenómenos novedosos sino a través de cambios que ya acontecían entre nosotros, pero que ahora aceleraron su ritmo. Varios expertos consultados por Clarín analizan cómo. Y sentencian: los efectos son irreversibles.

Trabajo
Qué transformaciones está empujando el coronavirus en la economía, las finanzas y el empleo​ son preguntas irritantes: señalan lo que a las claras todos padecemos. Y “todos” es el 89% de los latinoamericanos que vieron sus ingresos trastocados por la pandemia, según los datos del “Barómetro Covid-19” de Kantar.

Mariana Luzzi es socióloga, investigadora del Conicet y docente de “Problemas socioeconómicos contemporáneos” en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Acaba de publicar “El dólar, historia de una moneda argentina (1930-2019)”. Clarín la contactó en busca de algún paralelismo con otro momento de la historia en que los cambios en la economía hayan sido semejantes.

 “¿Las revoluciones industriales? No, no me parecen comparables a la pandemia. En todo caso el coronavirus sería como las grandes crisis económicas, la de 2001 o la de 1989, por la combinación de efectos económicos de alto impacto en la vida cotidiana. En este momento no solo cayó mucho la actividad y creció el desempleo sino que, de un día para el otro, cambió cómo compramos todo y cómo accedemos al dinero. Es lo más parecido a un desastre climático: un mega tornado que generó un estado de shock”.

En la cuarentena, las billeteras virtuales cobraron relevancia. Pero Luzzi resaltó que "cuando uno mira el mapa de la Argentina, cómo se distribuye el acceso a los servicios bancarios, cajeros por ejemplo, las desigualdades en el país son inmensas. Estas cuestiones ya se veían, pero la pandemia dejó al desnudo las consecuencias múltiples del acceso inequitativo a esos servicios”.

Al mismo tiempo se volvió evidente “cuánto pesa el efectivo en las transacciones cotidianas: gente que tiene tarjetas, pero usa efectivo por costumbre o porque no hay posnet donde compra. El sistema está poco bancarizado, aunque claramente en estos días las transacciones con tarjeta y pagos electrónicos crecieron muchísimo. Ya pasaba, pero la coyuntura hizo que se instalara”.

Y así como tras la crisis de 2001, “muchos empezaron a usar la tarjeta de débito porque no tenía restricciones en los pagos y por la devolución del 5% del IVA, de este contexto se puede esperar algo similar: un salto hacia una profundización mayor de la bancarización”.

Hablando de dinero, Gustavo Sambucetti, director institucional de la Cámara Argentina de Comercio Electrónico (CACE), recordó la importancia del e-commerce en la formalización de la economía (el 92% de las compras online se pagan con tarjetas). Además, explicó que los cambios comerciales por la crisis sanitaria se dan a ambos lados del mostrador.

"Hay consumidores que ya compraban online y ahora se lanzan a más rubros, y hay otros que nunca se habían animado y lo están haciendo, obligados por la cuarentena. En las primeras semanas vimos un crecimiento del 300% en supermercados y del 60% en farmacias”, detalló.

De lado de la oferta, la caída del consumo es indiscutible, con cientos de industrias paradas. Pero hay matices por sector: “En un contexto difícil para todos, algunas empresas se volcaron de lleno al comercio electrónico y les está yendo mejor que antes. Hasta ahora les representaba algo tibio, menos del 15% de sus ventas. Pero está cambiando. Hablando con gerentes de e-commerce de compañías grandes me dicen 'De repente me convertí en la persona más importante de mi empresa y están escuchando mi plan de negocios'”.

“Por el ahorro de tiempo, de energía y el bajo riesgo sanitario de las compras online”, el director de la CACE aseguró que "este crecimiento es un punto de inflexión en una industria que ya venía creciendo (con una facturación, en 2019, de 404.000 millones de pesos y 146 millones de productos comercializados). Ya en la prepandemia veíamos una adopción del online para categorías más cotidianas, aparte de comprarte la tele... Esto va a generar una profundización de esa tendencia”.

Los desafíos no son menores: “En la parte física del comercio electrónico tendrá que haber cambios. A muchos esto los agarró desprevenidos. Las empresas de logística no estaban preparadas... no tienen la infraestructura para absorber un volumen de ventas tan alto”, admitió. El afianzamiento del sector también exigirá, subrayó, una regulación acorde, “sin grises irresueltos respecto del personal de logística, como los repartidores de Glovo, Rappi o PedidosYa. La postura de la Cámara es ayudar a que realicen el servicio en un marco regulatorio acordado”.

El del empleo no es un tema menor para Eduardo Sebriano, docente de la Universidad Di Tella y experto en conocimiento del consumidor y tendencias de consumo masivo: “Con la tendencia al teletrabajo o home-office, hay una mayor fragmentación en la vida de la gente. Ya no se trabaja ocho horas sino que un rato trabajás, otro rato hacés sociales; otro, estudiás o atendés a los chicos. Las rutinas están quebradas y las que más lo padecen son las mujeres porque, por la estructura patriarcal aún en pie, el cuidado de las personas mayores y niños recae mucho sobre ellas”. Nada de esto es nuevo: “La flexibilización de roles ya estaba presente y ahora se acelera. La incertidumbre hace que, para sobrevivir, tengas que estar aprendiendo todo el tiempo, lo que nos fragmenta cada vez más”. Para Sebriano, está en juego el grado de plasticidad individual.

Pero esa capacidad se ve jaqueada (o estimulada, según como se lo mire) por un devenir ineludible que se profundiza a cada minuto: la automatización. Según Sebriano, "quedará en manos de los Estados generar políticas para contener a las personas, luego de que desaparezcan miles de puestos de trabajo".

¿Qué tiene que ver el coronavirus con la automatización, es decir, con la mayor aplicación de la inteligencia artificial para la realización de todo? "La automatización de los procesos crece desde hace años, pero su avance depende de la capacidad de la sociedad para absorberla. El coronavirus está generando los mercados adecuados para que se produzca ese avance”, responde. Y trae un ejemplo: "En los hogares, muchos que en otro momento hubieran insistido para que un telemarketer los atienda, en la cuarentena aprendieron a lidiar con los canales virtuales. Estamos más dispuestos a interactuar con la tecnología porque no nos quedó otra. La pandemia aceleró nuestra asimilación de la robótica y la automatización”.

Para las empresas, estos cambios tienen un costo que Sebriano desglosó en tres niveles de planificación: “Por un lado, hoy se preguntan qué hacer para sobrevivir. Me refiero a rubros afectados por el aislamiento: negocios a la calle, servicios casa a casa, organización de eventos... Todos se preguntan cómo mantener los clientes, cobrar las deudas que no les pagaron y pagar las suyas. El segundo momento es pensar tácticamente: qué puedo reconvertir de mi negocio para generar ventas en el mediano plazo. Los más castigados son los gastronómicos​. Charlando con una compañía de comida les decía que tenían que pensar soluciones. Por ejemplo, combos familiares. La gente está otra vez 'en la cueva' y si antes cada miembro de la familia comía por la suya, ahora lo hacen juntos. Así que en lugar de pedir dos pizzas por 1.000 pesos deberían poder pedir comida para todos por 800".

Para Sebriano, ése sería un cambio táctico que a la larga quedaría instalado porque "hay una reformulación de la ruta del mercado: cómo llegar a la gente y en qué formato". Y a la urgencia y a la táctica le sigue una estrategia: “Cada empresa tiene que tener una teoría de qué va a pasar en los próximos dos o tres años, en qué va a estar el consumidor entonces. Está el dicho de que 'crisis es oportunidad', pero uno tiene que estar preparado para tomarla”.

Entretenimiento
La relación es simbiótica: el consumo cultural hogareño nos está "salvando" del aislamiento, al tiempo que la cuarentena acelera cambios importantes en los pilares del entretenimiento, tal como lo veníamos concibiendo. La pregunta que muchos se hacen es si estos cambios se asentarán.

La transformación más grande se está dando en la industria audiovisual. Era un mercado que atravesaba una transición, con el debut de plataformas de streaming ​potentes (Disney+ y HBO Max, que se sumaron a las expansiones de Amazon Prime, Pluto TV, Peacock, Quibi y Apple TV) enfocadas en quitarle una porción de la torta al gigante Netflix​.

Según un informe de la consultora Bloomberg, Netflix ganó 16 millones de suscriptores y Disney+ consiguió 28 millones de nuevos clientes desde diciembre de 2019, con los primeros casos de coronavirus. También se agudizó la lucha entre la industria cinematográfica y el video a demanda (VOD). Un gran estudio, Universal, desató una guerra con las cadenas de exhibidores al estrenar “Trolls: World Tour” en modo on demand y ofrecer de ese modo otras películas que estuvieron poco en cartel por la pandemia (“El hombre invisible” y “La cacería”, entre otras). Así se quebró el rígido sistema de “ventanas de distribución”, que estipulaba tres meses entre la exhibición en salas y la llegada de los filmes a los hogares.

Considerando que otros estrenos no pasarán por la pantalla grande, ¿se revertirá esta política una vez que el Covid-19 quede atrás? Difícil saberlo. Si el público se acostumbra a alquilar películas en casa, tal vez se geste una simultaneidad entre los estrenos hogareños y los de sala.

Los autocines son otro fenómeno curioso. Al ser la única alternativa sanitariamente segura para ver películas en pantalla grande, están teniendo un llamativo auge en Estados Unidos y Europa. En Punta del Este ya se inauguró uno y en estos días se abrían dos en Montevideo. Según Nicolás Batlle, vicepresidente del INCAA, en Argentina “van a volver con mucha fuerza”.

Entre los perdedores de la pandemia está la TV de aire en vivo, una actividad signada por estudios semivacíos y sin público. Se multiplican los programas de panelistas con invitados por videollamada y en Argentina priman los enlatados y las repeticiones de viejos éxitos.

En el mundo del teatro, el aislamiento impulsó la oferta online de obras filmadas, tanto en teatros oficiales como en salas privadas, grandes y chicas. En muchos espacios se habilita una “gorra virtual” para que los espectadores hagan una contribución.  Además se pueden ver estrenos por streaming en tiempo real, como el unipersonal Una, de Timbre 4, interpretado por Miriam Odorico desde el living de su casa. Otros buenos ejemplos de teatros porteños que ofrecieron "salas virtuales" son Microteatro y Teatro Bombón.

Claro que estas experiencias se contradicen con lo más esencial del teatro: ese instante vivo, único y fugaz que sucede frente al espectador y no se repite. Y está el tema económico. Porque, ¿alguien pagará para ver una obra de teatro en el living de su casa?

Algo similar pasa con la música, con los conciertos en vivo con transmisión por streaming, que ya eran una realidad en crecimiento, a mitad de camino entre la grabación en estudio y el vivo. Si bien el coronavirus provocó una explosión de transmisiones que mantienen al artista en contacto con su público, esto no compensa económicamente su trabajo.

Así, si este formato llegó para quedarse, dependerá de cuán distante esté el regreso de los shows presenciales y, sobre todo, del surgimiento de alguna modalidad efectiva para que los artistas obtengan ganancias con el formato online.

Educación
Cuarentena y educación son un matrimonio forzado. A casi tres meses del aislamiento obligatorio, la convivencia de esta pareja es, para muchos, tan insostenible como inevitable. ¿Qué quedará de este ensayo -a veces errático, a veces logrado- de aula virtual?

De la experiencia fallida y de aquella salida de la satisfacción salen opiniones contrapuestas: de un lado se considera a la educación online como una desgracia; una patética exposición de la argentinidad, signada por el eterno atraso (sin planificación a la vista) en materia educativa. Del otro, como una "oportunidad” que dejará buenos frutos.

Mientras esta cronista escribe estas líneas, una alumna de 14 años de un secundario de renombre irrumpe en el living (en su eterno piyama de cuarentena), indignada, cuestionando la relevancia de la tarea que le mandaron (“¡Y que nadie corrige!”), quejándose por las diferencias entre las materias. Los contrastes entre los profesores “duchos” con la tecnología y aquellos que no dominan más que el correo electrónico son demasiados.

En el medio cae el bombardeo diario del chat de padres de primaria de la otra nena de la casa. Un par de veces por semana, niños, padres y docentes empujan el carro colectivo para concretar que el grado se reúna por videoconferencia, lo que se complica por computadoras faltantes o rotas, micrófonos que fallan o el insistente "no me llegó el ID, ma". Hay quienes preguntan si entregar la tarea a mano, sacándole fotos a las hojas o si resignarse a la muerte definitiva de la manuscritura. Los docentes hacen malabares en sus casas, con su caos familiar y una conectividad que suele fallar. El coronavirus es una pesadilla.

Y, no importa el estrato educativo, parece clarísimo que nadie quiere admitir lo obvio: que este es un ciclo lectivo perdido. Mariana Luzzi, socióloga, investigadora Conicet-UNGS, se sumó desde su rol de docente universitaria: “Lo común en este momento es la tensión: no todos los docentes ni todos los alumnos tienen computadora nueva, ni conexión o un espacio que no compartan con el resto de su familia. Lo que se aceleró con la pandemia es la evidencia de las posibilidades reales de los actores de la educación para, de un día para el otro, trabajar en forma virtual”.

Esas posibilidades son escasas, señaló Federico Lorenz, historiador y docente de esa materia en el Colegio Nacional de Buenos Aires: “Ante la falta y la preparación inadecuada de los recursos para enseñar en modo virtual, la primera respuesta del sistema es una suerte de sobre explotación de los niños, de sus entornos familiares y de los docentes. Más horas trabajando para un trabajo que no estás preparado para hacer, cuyos resultados desconocés. Sí, hay que mantener el vínculo pedagógico porque no podemos dejarlos solos, pero la primera respuesta del sistema es una mayor demanda”.

Distinta es la visión de Eduardo Zimmermann, profesor y director del programa del de posgrado en Historia de la Universidad de San Andrés: “No me animo a hablar de la fractura de acceso por este paso que se está dando. Más bien conectaría el tema del aislamiento con una creciente integración por la cuarentena”.

Según Zimmermann, “es posible tener más afinidad para conectar con colegas, realizar actividades académicas conjuntas, lo que hace que los alumnos se puedan conectar con algunos de los mayores expertos a través de plataformas de videoconferencia. El otro día hubo un congreso virtual con 3.500 asistentes... son cosas que nos hubieran parecido inimaginables en otro momento y que permiten integrar antes que aislar”. Y apuntó: “Creo que es un salto cualitativo que ya estaba en proceso. El elemento exógeno de la pandemia nos ha permitido sacarle el jugo a esto”.

Luzzi matizó: “Pareciera que, por un lado, la pandemia puso blanco sobre negro en cuanto al acceso desigual a la conectividad y cuán importante es esa conexión para llevar adelante una carrera universitaria. Por el otro, a los docentes nos llevó a explorar otros lenguajes. Nos hizo repensar nuestros elementos de enseñanza”. Todo esto, cree, "debería generar cambios importantes a futuro".

Desde ya, dijeron los tres consultados, el aula virtual es imperfecta porque falta el lenguaje corporal: entender en la cara de los alumnos si comprenden, si dudan o se aburren, y entonces reformular.

Pero el juego es así, concluyó Lorenz: "Vendrá una nueva normalidad, como ocurrió luego de otros momentos de shock en la historia. Ahora hay una agudización de las contradicciones. La incertidumbre es grande y la pregunta es qué vamos a hacer después”.

Salud
En febrero de 2019 Clarín publicó una nota sobre el crecimiento de la telemedicina​ en el país, a raíz de un comunicado de entidades de médicos que rechazaba lo que podría entenderse como una “mala aplicación” de la telemedicina. Las posturas “a favor” y “en contra” estaban planteadas, pero había grises que en el contexto de la pandemia de coronavirus cobran especial protagonismo.

Los reparos venían de la mano de un debate (para nada resuelto en la Argentina) sobre la falta de regulación en la materia. “Aunque hay un proyecto de ley de Salud Digital en el Senado, todavía debe legislarse, de modo que se garanticen los procesos adecuados”, recordó ahora Roberto Debbag, infectólogo pediatra del Hospital Garrahan, institución pionera por su programa de telemedicina, que achica las distancias (con asesorías e interconsultas) entre el hospital pediátrico de referencia y varias instituciones provinciales.

Por fuera de esa institución, para la mayoría de los centros de salud del país la telemedicina es una meta hacia la que hoy están teniendo que ir a los ponchazos. Algunas instituciones se pusieron a la altura de esta necesidad, pero en otras, el seguimiento de los pacientes es rudimentario y depende de estoicos médicos atajando penales con su smartphone.

Damián Zopatti, médico clínico y director de Estadísticas del Hospital de Clínicas, sumó un tema que de tan elemental parece trivial: ¿cómo cotiza, o sea, qué honorarios corresponden al médico que responde un WhatsApp del paciente en medio de la cena?

El coronavirus no está dejando margen para responder esas preguntas. Lo saben bien instituciones privadas de la salud, como el Alexander Fleming, que incursionó en las teleconsultas en abril, cuando el 18% de las consultas de sus pacientes oncológicos fueron online, y ya en mayo vieron una duplicación de ese porcentaje. O prepagas como Swiss Medical, donde el incremento de los servicios de telemedicina fue del 1.400% entre febrero y abril.

“No sé de cifras, pero en lo personal multipliqué por diez o veinte el uso del teléfono para hablar, chatear o hacer videollamadas con pacientes, y para armar reuniones con colegas y avanzar sobre casos que nos generaban dudas”, apuntó Zopatti.

“Que la telemedicina se está acelerando en la era Covid, no cabe ninguna duda, aunque en el país todavía está muy verde. Pero no hablamos sólo de telemedicina sino de salud digital en general”, reforzó Debbag. Precisamente, uno de los desafíos más grandes es la implementación de un registro de firmas digitales encriptadas de los médicos para la confección de recetas digitales válidas, un reclamo en el que insisten hace años los farmacéuticos.

Debbag recordó que “la salud digital involucra desde apps de atención remota, recetas y prescripciones digitales hasta compartir datos e historias clínicas de los pacientes entre instituciones, en forma remota. Es decir, son las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) en función de la salud”.

Según contó Zopatti, en el Clínicas la gran "TIC" es el teléfono: “El Hospital de Clínicas tiene un área de telemedicina que sigue los casos de coronavirus dados de alta. Pero también se usa el teléfono para hablar con pacientes dentro del hospital. Es que, si llega un caso sospechoso de Covid, lo aislamos y le pedimos su número. Luego, de afuera de la habitación, el médico le hace un interrogatorio. Están al lado, pero de este modo el especialista evita usar los elementos de protección hasta tener más claro el caso. Es un ahorro de dinero y de tiempo enorme”.

Nadie mejor que Luis Rodríguez para dar cuenta del alcance de un recurso tan simple como una videollamada. Es psicólogo, vive en San Martín de los Andes y hace 14 años fundó Puentes de Luz, organización civil con un centro de día para personas (jóvenes y adultas) con discapacidad intelectual: "La cuarentena generó un estado de shock. Nos resultaba incierto cómo sostener el vínculo con los 60 concurrentes".

"Pero entendimos que podíamos ser creativos e innovar, y que la tecnología ​podía ser una herramienta cotidiana. Nadie debía quedarse afuera y por eso estamos en campaña para conseguir seis computadoras, cuatro celulares y cinco conexiones de internet", detalló.

Según Rodríguez, "para las personas con discapacidad, este puede ser un tiempo de oportunidades. Están más tiempo con su familia y eso da el espacio para que aprendan cosas de la casa. Y, al mismo tiempo, dominar herramientas como el WhatsApp o los audios, si no dominan la lectoescritura, las redes sociales y las videollamadas. Teníamos todo esto, pero no lo valorábamos".

Datos
La matriz que permite que millones de personas estén comandando su vida desde un smartphone o una computadora es la tecnología informática​. Eso sí: no es gratuito beber el elixir embriagador de estas herramientas. Cuánto habrá que ceder, depende de quién digita la implementación social de estos recursos a medida que se desarrollan y para qué.

De esto opinó Sebastián Stranieri, CEO de VU Security, empresa especializada seguridad informátic​a. Clarín le consultó por la desesperación que genera exponer inevitablemente y cada vez más nuestra identidad digital: ocurre a cada minuto cuando aceptamos los “términos y condiciones de”. Y llega al punto de que, resignados, accedamos a que los más chicos de casa, en el tedio de la cuarentena, tomen la clase de inglés o “se junten” con amigos a través de una plataforma como Zoom, duramente cuestionada por su entorno endeble.

A ese sinsabor se suma saber que, en este contexto, a muchos les empieza a parecer no tan despreciable o directamente “piola” eso de que los gobiernos sepan todo de nosotros. El "yo" reducido a código QR.

“Por un lado mi cabeza tecnológica me dice que sí: la tecnología nos viene a ayudar a salir de esto. En varios países asiáticos la tecnología fue muy eficaz, con iniciativas como el pasaporte sanitario con código QR, donde están tus datos personales, tus movimientos, antecedentes de salud... Así, el personal puede validar o no tus movimientos”, explicó Stranieri.

Si todo fuera comandado de un modo razonable, serían herramientas útiles, opinó: “Digamos que estás en Boedo, barrio sin infectados, y te vas a Caballito, que sí tiene. Esto quedaría trackeado en el sistema. Si estuviste con un infectado, la próxima vez no salís de tu barrio”.

El problema está en la llamada "brecha de seguridad", es decir, “para qué más se va a usar toda esa información. En este sentido, en Argentina sería elemental actualizar la ley de Protección de Datos Personales”.

Corea del Sur, uno de los países donde se tomaron medidas de control sanitario por el coronavirus a través del monitoreo informático. /Reuters
Corea del Sur, uno de los países donde se tomaron medidas de control sanitario por el coronavirus a través del monitoreo informático. /Reuters

Una solución, evaluó Stranieri, sería desarrollar modelos que garanticen el anonimato de los datos manejados: “Apple y Google están con emprendimientos de este tipo. Van a sacar paquetes de software para integrar como aplicación móvil. Pero los datos van a ser anónimos. O sea, la idea es identificar comportamientos. Así, si estuve con alguien infectado, la app me avisa para que yo tome los recaudos pertinentes, pero no me dice quién es la persona”. Como el peligro es que esta información almacenada llegue a manos equivocadas, "en un mundo ideal, el único organismo que debería llevar adelante modelos así es el gobierno”, afirmó.

¿Argentina tiene las condiciones para implementar sistemas de este tipo? “Junto con Corea del Sur, India, Estonia y alguno más, estamos entre los pocos países del mundo que tienen un sistema de identificación digital fuerte, con reconocimiento facial y huella digital. Con mi empresa hicimos la implementación para el Ministerio del Interior y está funcionando desde 2018. Hoy, cualquier banco que abre cuentas con una selfie o la entrega del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) usan ese servicio. Permite chequear que la persona sea quien dice ser, pero no está todo lo maduro y usado que podría”, apuntó.

La contraparte de todos estos avances es que el coronavirus hizo que muy rápidamente "abriéramos los ojos sobre lo atrasados que estamos en el acceso a internet, servicio que debería ser declarado libre y público a nivel mundial", y también en materia de seguridad informática: “En estos últimos tres meses recibimos de nuestros clientes -bancos, financieras, sitios de retail- un 500% más de denuncias de amenazas y estafas digitales. Los datos coinciden con los de la Unidad Fiscal de Ciberdelincuencia. El ladrón que robaba en un cajero ahora se mueve a lo digital”.

Así y todo, concluyó: “Cuando esto termine, nunca más vas a querer ir a la oficina de tu compañía de internet para hacer un trámite en persona. Vas a hacer la gestión por teléfono u online, te toque un bot bueno o te toque un bot malo”.