lunes, 24 de abril de 2023
BILL GATES: IMPACTO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL EN LA EDUCACIÓN
sábado, 27 de febrero de 2021
LA ARGENTINA PIERDE CAPITAL HUMANO
27 de febrero de 2021. Marcelo Elizondo. PARA LA NACION
Publicó The Economist que un récord de 20.000 argentinos inició en 2020 trámites para radicarse en Uruguay. Otras fuentes afirman que más de 2000 lo hicieron en Paraguay. Y según el Ieral durante 2020 se cuadruplicaron las búsquedas de los argentinos en Google sobre “emigrar” en comparación con el promedio 2011-2018. Parece estar produciéndose la pérdida del principal capital del siglo XXI: las personas. Hay 1.150.000 argentinos registrados como residentes en el exterior, pero cuando comenzó el siglo XXI la cantidad era la mitad (555.000). Nuestro país es proveedor al exterior de personas calificadas: se estima que casi 200.000 profesionales argentinos actúan en posiciones de cierta relevancia en el extranjero. Por caso, se dice que el 30% de los argentinos en Estados Unidos posee una licenciatura y 30.000 son ingenieros o científicos. La cuestión no es menor: la sociedad del conocimiento requiere, antes que dinero o máquinas, personas preparadas.
Los pronósticos de una
reversión de la globalización motivada por la pandemia de Covid-19 son
rechazados por la realidad. Pero una globalidad adaptada muestra patrones
actualizados: rotundo cambio tecnológico, empresas desnacionalizadas, nueva
geopolítica, alianzas entre países forjadas sobre exigentes estándares cualitativos
y decisiva relevancia de “personas globales”.
Vivimos una globalización
integral y sistémica (que se consolidará con la salida de la pandemia) que
puede ser denominada “globalización hexagonal”. Una vorágine que integra seis
flujos: el comercio internacional de bienes (que se redujo menos de lo previsto
en 2020 y ya recupera fuerzas) y la inversión extranjera directa; pero también
el comercio internacional de servicios (más dinámico que el de bienes), flujos
de financiamiento internacional (que apuntalan proyectos innovadores) y dos
movimientos propios de la época: el tráfico internacional de datos,
conocimiento e información (que creció 1500 veces en diez años) y las
modernísimas migraciones (físicas y especialmente virtuales).
Señala el World Intellectual
Property Report en “La geografía de la innovación” que están consolidándose las
global innovation networks, que son redes internacionales de empresas,
instituciones y personas que construyen el desarrollo tecnológico mundial. Y
que en ellas las innovaciones son creadas por grupos de personas (75% del
total) y no por individuos aislados. Más del 80% de todas las patentes o
productos innovativos registrados en el planeta está generado por inventores o
investigadores que operan en equipos de trabajo que son multiorigen. Ahora la
globalización se apoya en “redes complejas de valor” (complex value networks)
en las que interactúan estaciones intensivas en conocimiento ubicadas en
aglomeraciones locales con condiciones apropiadas. Esas “estaciones” no son
necesariamente países, sino ciudades y regiones y se caracterizan por atraer
personas globales superpreparadas.
Hay una cualidad de la nueva
globalidad: las migraciones funcionales. Y no solo las físicas. En el planeta
se computan unos 300 millones de migrantes físicos, de los cuales dos tercios
son migrantes laborales. La India es el país del que más han salido y Estados
Unidos el que más ha recibido. Pero a ello debe añadírsele que crece –y se
acelerará en la pospandemia– la cantidad de telemigrantes. Dice Richard
Baldwing (en The Globotics Upheavel) que la presente fase de la globalización
es la del telecommuting: personas que trabajan desde sus ciudades para
organizaciones ubicadas en otro país.
Escribe Ricardo Hausmann que
la nueva tecnología como conocimiento cobra tres formas: conocimiento inserto
en nuevas herramientas; conocimiento codificado en fórmulas, algoritmos y
manuales; y conocimiento tácito o know-how. Y agrega que mientras el primero se
produce en países ricos, el segundo está disponible y es comprable, pero el
tercero es esencial y requiere “desplazar cerebros” a través de migraciones,
integraciones de equipos y hasta viajes de negocios. Los migrantes
(especialmente los virtuales) están cambiando el mundo. Y están consolidando
nuevos soportes: en 2020 hubo más de 40.000 millones de dispositivos conectados
a internet en el globo. Se vincularon por ellos 4700 millones de personas, de
las cuales 80% tienen más de 25 años (edad laboral).
Se está gestando la
globalización de los trabajadores. Dice Derek Thomson que la expresión “vives
donde trabajas” es crecientemente una antigua perogrullada. Ambos tipos de
migraciones son crecientemente relevantes. Por un lado, las economías prósperas
muestran una cantidad de trabajadores inmigrantes alta: representan 20,6% del
total en América del Norte y 17,8% en Europa del Norte. Pero además en el mundo
hay ya 50 millones de personas trabajando online desde un país hacia otro de
manera regular (nómades digitales). Y también 15 millones de estudiantes internacionales
online. Por eso ya ciertos países (desde Georgia o Estonia en Europa hasta
Barbados y Bermudas en el Caribe) ofrecen visas de teletrabajo: permisos para
que personas con tareas remotas se instalen para trabajar desde allí hacia el
exterior. A la vez, crecientemente empresas internacionales invitan a
inscribirse en sus programas de teletrabajo foráneo.
Expresa en el BID Laura Ripani
que el trabajo pasa primero de la oficina a la casa, de allí a la oficina móvil
y ahora ya se mueve a la oficina virtual; y que ello cambia organizaciones y
espacios. Esto y las migraciones virtuales, totales o parciales, van de la
mano. Miles de personas han mantenido reuniones internacionales por plataformas
digitales en 2020 (Zoom registró más de 300 millones de reuniones diarias).
Lo que se requiere entonces es
atraer y no distraer. Es preciso seducir talento, evitar fugas de los más
formados y preparar mejor a través de atributos globales, cultura trasnacional
y habilidad móvil. El mejor futuro es el de las sociedades que crean capital
intelectual y no el de los que alejan a los ilusionados. ¿Estamos en la
Argentina también en esto yendo a contramano? Nuestro aislamiento económico
externo dificulta la participación de empresas en las redes internacionales y
la obstrucción a diversos flujos de la globalización hexagonal desalienta la
acción suprafronteriza.
Más aún: según la OCDE, el 19%
de los argentinos de entre 25 y 34 años tiene un título universitario y en
América Latina solo Brasil tiene menos recibidos en ese rango etario (17%). Son
pocos para este nuevo tiempo. Pero peor es observar la tendencia: si se mide la
finalización de los estudios universitarios hasta la edad de 64 años, la
Argentina cuenta con el 21% de su población con título universitario y el
panorama allí se da vuelta: nuestro país queda por encima de Chile (13%),
México y Costa Rica (ambos con 15%). O sea: con el tiempo la proporción de
graduados decrece. Los países compiten en la atracción de talento que aporta
más que el capital financiero o las máquinas. Por ello las noticias sobre los
muchos interesados en irse de la Argentina no merecen solo referencias
sentimentales ni meras adiciones en estadísticas migratorias.
martes, 29 de septiembre de 2020
LAS DOS ÚNICAS DESTREZAS QUE NECESITARÁS PARA EL RESTO DE TU VIDA, SEGÚN YUVAL NOAH HARARI
El historiador y filósofo autor de “Sapiens: De animales a dioses” advirtió que la revolución tecnológica no será un evento sino una serie constante, y dos habilidades principales marcarán la diferencia entre sobrevivir y sucumbir a las perturbaciones sucesivas en el trabajo, las relaciones y la política.
27 de Septiembre de 2020
“La gente imagina la
revolución de la inteligencia artificial y la automatización como un evento
único, pero vamos a enfrentar una cadena de revoluciones”, advirtió Yuval Noah
Harari La revolución tecnológica es el tema indiscutible del siglo XXI: aun en
un mundo polarizado como el contemporáneo, al menos sobre eso existe un
acuerdo. Sin embargo, y paradójicamente, es quizá el tema que peor se
comprende, observó Yuval Noah Harari.
Tanto para los optimistas como
para los pesimistas la revolución tecnológica parecería ser un acontecimiento
que ponga al mundo de cabeza, tan concreto como la Revolución Francesa. Hasta
podría tener una fecha. “Pero ese escenario es altamente improbable”, objetó el
historiador y filósofo israelí. "La revolución de la inteligencia
artificial y la automatización no será un evento único sino una cadena de
revoluciones cada vez mayores. Así que la verdadera gran pregunta —argumentó—
es psicológica: como seres humanos, ¿tenemos la estabilidad mental y la
inteligencia emocional para reinventarnos repetidamente?”
Si se piensa en la rigurosa
educación formal del siglo XX, con sus distintos niveles académicos de gran
costo y exigencia, estas dos destrezas, que ni siquiera se enseñan, parecen
poca cosa. Sin embargo, insistió Harari, en diálogo con Tom Bilyeu, marcarán la
diferencia entre los que se adaptan y los que sucumben al escenario de
variabilidad constante que presenta el siglo XXI.
Tanto para los que juegan en
el equipo de Los Supersónicos —quienes siempre soñaron con un porvenir radiante
de máquinas— como para los que advirtieron sobre un destino más similar a 1984
y otras distopías futuristas, la fantasía de la Gran Revolución presenta una
crisis, un período de reajuste y una nueva armonía. “Todos los conductores de
camiones, los taxistas, los médicos, lo que sea, se quedan sin trabajo en
2025”, puso como ejemplo Harari; pasamos unos años difíciles, hasta que nos
acostumbramos y finalmente llegamos a un mundo feliz de inteligencia
artificial, con un nuevo equilibrio”.
Difícilmente suceda de ese
modo, argumentó el autor de Sapiens: De animales a dioses, Homo Deus: Breve
historia del mañana y 21 lecciones para el siglo XXI, tres volúmenes sobre la
evolución de la humanidad “que se leen como una trilogía”, elogió Bilyeu,
orador motivacional y cofundador y CEO de Impact Theory University. Porque “no
estamos siquiera cerca del potencial máximo de la inteligencia artificial”.
“La velocidad a la que se
desarrolla sólo se va a acelerar, probablemente. Así que lo que realmente vamos
a enfrentar es una sucesión de revoluciones en el mercado laboral, en las
relaciones, en la política y en otros ámbitos de la vida”. Una serie:
“Tendremos una gran perturbación en 2025, sí. Y tendremos una mayor en 2035, y
tendremos una aun mayor en 2045. Y así”.
Harari —uno de los pensadores
más originales, a la vez que accesibles, del presente: sus libros superaron los
27,5 millones de ejemplares en 60 idiomas— cree que los individuos y los
gobiernos ignoran cuestiones cruciales como esta y ha asumido como su misión
“traer más claridad a la conversación pública sobre lo que sucede en el mundo”,
explicó a Bilyeu para un episodio de Impact Theory que ya vieron 1,5 millones
de personas.
“Creo que demasiado de nuestra
conversación pública se aboca a los temas equivocados o es en extremo confusa y
opaca", siguió. "Nos inunda una cantidad enorme de información y no
sabemos cómo entenderla. Para mí es importante orientar la atención de la gente
hacia las preguntas principales. Trato de brindar algunas respuestas, también,
pero no me importa mucho si no concuerdan conmigo en lo que respecta a las
soluciones. Lo que importa es que estemos de acuerdo en las preguntas”.
Entre ellas se destacan las
macrohistóricas, porque este profesor de la Universidad de Jerusalén es, por su
formación original, un historiador: la relación que hay entre el desarrollo de
la humanidad y la biología del hombre; la diferencia entre el Homo sapiens y
otros animales; el vínculo entre la tecnología, la cultura y la naturaleza; la
deriva de la historia y la realización del individuo; los desafíos de la
sociedad contemporánea, sobre todo la guerra nuclear, el cambio climático y las
perturbaciones sociales que causan los saltos tecnológicos.
1) Nadie sabe cómo será el
trabajo en 2040
Cuando Bilyeu le preguntó por
el futuro del mercado laboral en esas circunstancias, Harari ironizó que, si
alguien se las da de gurú y asegura que será de tal manera y hay que prepararse
haciendo determinada cosa, conviene aplicar un poco de sano escepticismo. “Lo
primero que tenemos que comprender es que nadie sabe realmente cómo va a ser el
mercado laboral en 2040”, dijo.
“Tú eras un conductor de
camiones y ya no eres necesario —siguió—, pero se creó una nueva demanda de
instructores de yoga”. Y así el camionero de 40 años se reinventa, aplica los
saberes que le puedan servir de su experiencia antigua y adquiere nuevos conocimientos.
“Es muy difícil, pero de algún modo lo logras”, agregó. “Entonces, 10 años más
tarde, ya no hacen falta instructores de yoga”.
En efecto, en la “cadena de
revoluciones cada vez mayores” que se avecinan, es muy difícil no pensar que
surgirá una aplicación perfecta, conectada al cuerpo mediante sensores
biométricos, que controlan la actividad completa del organismo en la secuencia
de poses de una práctica de yoga. “Ningún instructor humano de yoga puede
competir con eso. Te quedas sin trabajo”, imaginó el escenario más probable.
“Te tienes que reinventar otra
vez, como diseñador de juegos virtuales. Y de algún modo lo logras. Pero 10
años más tarde… también esto se ha automatizado. Te tienes que volver a
reinventar".
2) La casa de bloques de
piedra vs. la carpa
Bilyeu quiso saber, dado que
es imposible estimar qué demandará el mercado de trabajo en apenas 20 años, qué
puede hacer una persona para prepararse. Pero Harari reorientó su inquietud: ya
no existe, como a comienzos del siglo XX, una opción segura de profesión. Se
sabrá sobre la marcha, aventuró; mientras tanto, la mejor inversión no es en
—por ejemplo— una carrera determinada sino “en inteligencia emocional y en
equilibrio mental, y en esta clase de habilidades sobre cómo continuar
cambiando, como seguir aprendiendo".
“No estamos siquiera cerca del
potencial máximo de la inteligencia artificial”, dijo Harari. “Lo que realmente
vamos a enfrentar es una sucesión de revoluciones en el mercado laboral, en las
relaciones, en la política” (Nicolás Stulberg)
¿Y eso cómo se adquiere? En
principio, no se estudia: “No tenemos una universidad de flexibilidad mental”.
Son herramientas para cultivar curse uno derecho o ballet: “Hay que tener
presente que mucho de lo que hoy aprendemos podría dejar de ser relevante en 20
o 30 años así que, sea lo que sea aquello que uno haga, también tendría que
invertir en el desarrollo de la inteligencia emocional, el equilibrio mental y
la capacidad de mantenerse cambiando y aprendiendo y reinventándose a lo largo
de la vida”.
Ofreció una imagen como
comparación: “Si en el pasado la educación se parecía a construir una casa de
materiales sólidos, como la piedra, y con cimientos profundos, ahora se parece
más a construir una carpa que se pueda doblar y llevar a otro lugar con rapidez
y sencillez”.
3) El ser humano ya es un
sistema hackeable
Harari destacó que otra gran
consecuencia de la aceleración tecnológica es que el ser humano se ha
convertido en “un animal hackeable”. Es algo que ningún sistema totalitario del
siglo XX logró: “Aun si el KGB o la Gestapo te seguían 24 horas por día, escuchando
cada conversación que tenías, observando a cada persona con la que te
encontrabas, no tenían el conocimiento biológico suficiente para comprender qué
sucedía dentro de ti. Y por cierto no tenían el poder de computación necesario
para entender siquiera los datos que sí lograban obtener”.
Hoy, en cambio, existe la
tecnología que permite descifrar a los humanos como sistema, “saber qué
pensamos para anticipar nuestras elecciones, para manipular nuestro deseos
humanos de maneras que nunca antes fueron posibles”, sintetizó.
¿Qué hace falta para hackear a
un ser humano? Solamente dos cosas, aunque son dos cosas complejas: “Un montón
de datos, en particular datos biométricos, no solo sobre dónde vamos y qué
compramos, sino qué sucede dentro de nuestros cuerpos y dentro de nuestras
mentes, y mucho poder de computación para comprender todos esos datos”,
enumeró.
“Esto nunca antes fue posible
en la historia”, subrayó. Pero aquello que el KGB o la Gestapo no lograron, que
fue entender de verdad a una persona, al punto de predecir sus elecciones y
manipular sus deseos, hoy es posible. “Lo que el KGB no pudo hacer, hoy las
corporaciones y los gobiernos comienzan a poder hacerlo”, argumentó.
“Lo primero que tenemos que
comprender es que nadie sabe realmente cómo va a ser el mercado laboral en
2040”, dijo Harari, por lo cual la flexibilidad es una característica clave a
cultivar
“Esto se debe a la fusión
entre la revolución en biotecnología (por la que cada vez somos mejores a la
hora de entender lo que sucede dentro de nosotros, en el cuerpo y en el
cerebro) y la revolución simultánea en tecnología informática (que nos da el
poder de computación necesario). Cuando sumamos las dos cosas, logramos la
capacidad de crear algoritmos que me entienden mejor de lo que yo me comprendo
a mí mismo. Estos algoritmos no sólo pueden predecir mis elecciones: también
pueden manipular mis deseos y, básicamente, venderme cualquier cosa, ya sea un
producto o un político".
4) Conócete a ti mismo (porque
el algoritmo ya te conoce bien)
A diferencia de la mente
humana, que “es una máquina que produce relatos constantemente” —y sobre todo
un relato muy importante, que es la identidad—, la tecnología recoge datos del
sistema humano. Eso hace que, más temprano que tarde, los algoritmos puedan
conocer a una persona mucho más de lo que ella se conoce a sí misma, algo que
tampoco había sucedido nunca antes en la historia, subrayó.
“El yo es un relato, no es
algo real”, resumió. “Si tomamos el perfil que la gente crea sobre sí misma en
Facebook o Instagram, debería ser obvio: no refleja su existencia real. Por
ejemplo, el porcentaje de tiempo que uno aparece sonriendo en la cuenta de
Instagram es mucho mayor al porcentaje de tiempo que uno sonríe en la vida
real”.
En esa forma de “tercerización
del cerebro”, como describió a la mejora en la capacidad de construir relatos
que ofrecen las plataformas sociales, se produce una separación significativa:
allí donde los algoritmos sólo ven datos, el ser humano “tiende a cometer un
error fundamental”, calificó, que es pensar que él realmente es ese relato que
ha construido.
Aquello que el KGB o la
Gestapo no lograron, que es hackear a una persona, hoy es posible. “Hoy las
corporaciones y los Gobiernos comienzan a poder hacerlo”, argumentó Harari
“Una de las cosas más
importantes de mi vida, y creo que más importantes de mi carrera científica,
fue comprender de lo poco que sé sobre mí mismo”, puso como ejemplo. “Yo tenía
21 años cuando finalmente comprendí que era gay, y cuando lo pienso me resulta
completamente asombroso, porque tendría que haber sido algo obvio a los 16
años, los 15 años, y un algoritmo lo habría advertido rápidamente”. Y hoy se
podría crear un algoritmo como ese, que —por ejemplo— siga el movimiento ocular
cuando una persona ve a otras, y sistematice dónde va su mirada, en quién se
concentra. “Debería ser muy sencillo. Un algoritmo así podría haber dicho,
cuando yo tenía 15 años, que yo era gay”, agregó.
Las implicaciones de eso son
extraordinarias. Y no son solamente positivas, ni remotamente de dirección
única. “Realmente depende de dónde vive uno y qué se hace con esa información.
En algunos países, uno puede meterse en problemas con la policía y con el
Gobierno”, señaló por caso. Y en otros, quizá una persona no sabe que es gay pero
las corporaciones sí, “y lo quieren entender porque necesitan saber qué clase
de publicidades mostrarle”.
Ante esos costados negativos,
ante las consecuencias múltiples de la pérdida de privacidad —y hasta de
intimidad de pensamientos y emociones de profundidad extrema—, ¿por qué querría
la gente continuar con este progreso tecnológico?
5) Nuevos enemigos: la salud y
la privacidad
La respuesta es simple, arrojó
Harari como un golpe de realidad: “Porque tiene un lado bueno, mejorar el
cuidado de la salud”. Que es lo más parecido que puede haber a la inmortalidad:
comprar años de vida y de calidad de vida.
"Hoy es posible crear
algoritmos que me entienden mejor de lo que yo me comprendo a mí mismo",
alertó Harari. "Pueden predecir mis elecciones y manipular mis
deseos" (Nicolás Stulberg)
“Es tremendamente tentador
—desarrolló— porque la tecnología nos puede brindar el mejor cuidado de la
salud de la historia, algo que va realmente mucho más allá de cualquier cosa
que hayamos visto hasta ahora. Esto puede significar que quizá en 30 años la
persona más pobre del planeta puede obtener mejor atención médica en su teléfono
celular que la persona más rica de hoy obtiene en los mejores hospitales y con
los mejores médicos”.
Dio el ejemplo de la detección
temprana del cáncer.
“El proceso usual sucede por
medio de la mente, no se lo pueda tercerizar. En la mayoría de los casos hay un
momento crucial, cuando uno siente que algo en su cuerpo está mal, y va a un
médico y a otro, y hace un estudio y otro hasta que finalmente se descubre que
tiene cáncer. Como se basa en nuestros propios sentimientos —en este caso, de
dolor— con mucha frecuencia cuando comenzamos a percibirlo es tarde, el cáncer
se ha expandido. Y acaso no es demasiado tarde, pero tratarlo va a ser costoso
y doloroso y complejo”.
¿Qué pasaría si se pudiera
tercerizar esa percepción, emplear un algoritmo que controle la salud mediante
sensores biométricos? “Podría descubrir este cáncer cuando es apenas un puñado
de células que comienzan a dividirse y proliferar”, postuló Harari. “Y es mucho
más fácil, y barato e indoloro, ocuparse en esa instancia que de dos años más
tarde, cuando ya es un gran problema. Creo que todo el mundo aceptaría esto”.
Y en eso, cree, radica la gran
tentación, aunque tenga un reverso oscuro. “Una de las grandes batallas del
siglo XXI se va a librar entre la privacidad y la salud”, aseguró. “Y creo que
la salud va a ganar. La mayoría de la gente va a estar dispuesta a renunciar a
una importante cantidad de privacidad a cambio de un mejor cuidado de la
salud”.
Y allí, arriesgó, es donde el
sapiens vuelve a intervenir con las herramientas de la historia, que lo
distinguen: “Necesitamos tratar de disfrutar de ambas cosas, de crear un
sistema que nos dé gran cuidado de la salud pero sin poner en peligro nuestra
privacidad”. Y Harari concluye, como es característico de su pensamiento, con
un interrogante: “Que podamos, o no, lograr ese equilibrio, es una pregunta
política enorme”.
martes, 28 de julio de 2020
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Crédito: Glenn Harvey