domingo, 27 de enero de 2019

ANTROPOCENO? CAPITALOCENO! ENTREVISTA A JASON MOORE


En el debate de la crisis ecológica global, se habla cada vez más del Antropoceno, término resultante de la combinación de las palabras griegas “anthropos” (humano) y “kainos” (nuevo). Este concepto se refiere a la escala global del impacto de la actividad humana en la composición y funcionamiento del “sistema de la tierra”. En su versión más común, la idea del Antropoceno se basa principalmente en consideraciones ecológicas. Esto apunta especialmente a la extinción acelerada de un mayor número de especies, la progresiva reducción de la disponibilidad de combustibles fósiles y el aumento de emisiones de gases de invernadero, incluidos el dióxido de carbono y el metano. Aunque se trata de un fenómeno muy reciente a escala geológica, ha quedado ya bien establecido que la actividad antrópica (es decir, de origen humano) es causa directa de estos fenómenos y ha influido profundamente en las transformaciones del medio ambiente a escala global.
La perspectiva de una “ecología-mundo”, desarrollada por Jason W. Moore, no discute parte alguna de este cuadro desde un punto de vista descriptivo; logra, sin embargo, captar algunos otros aspectos que también están respaldados por algunos datos indiscutibles. El sociólogo norteamericano critica el relato “antropocénico” porque se centra sólo en los efectos de la degradación ecológica. De este modo, se está en realidad descuidando el análisis de las causas de ese deterioro, lo que hace por tanto más difícil identificar a los responsables de la crisis ecológica y buscar soluciones políticas al problema. Por el contrario, debemos ir a la raíz del asunto, reconociendo que el capitalismo, si bien no tiene disposiciones para ser un sistema respetuoso con el medio ambiente, es en sí mismo, inevitablemente, un sistema ecológico.
Visto en este contexto, puede tomarse el impulso hacia la insostenibilidad ambiental por parte del capitalismo como algo ya inherente en la organización del trabajo que apunta a la acumulación ilimitada. Gracias a esta oportuna puesta al día de este concepto contemporáneo, el juego de herramientas teóricas está demostrando su continuada pertinencia, señalando que la coacción forzada del trabajo (tanto humano como no humano), subordinada al imperativo del beneficio a cualquier precio      —y por tanto de la acumulación ilimitada —es lo que está provocando la ruptura del equilibrio del ecosistema. No hablamos entonces del Antropoceno, sino más bien del “Capitaloceno”.
Nos encontramos con Moore en Ragusa [Sicilia], donde Salvo Torre, profesor de la Universidad de Catania, ha organizado un seminario intensivo sobre “ecología-mundo” y la actual crisis global, programado para antes del congreso de Nápoles el 9 de junio con el título “Ecologie politiche del presente”, que incluirá también a otros especialistas académicos también implicados en la investigación de cuestiones de ecología política y conflictos socio-ecológicos. Conversan con Moore Gennaro Avallone (Universidad de Salerno) y Emanuele Leonardi (Universidad de Coimbra).

De acuerdo con su perspectiva, trabajo y naturaleza son dos caras de la misma moneda, sobre todo si se considera la necesidad capitalista de producir grandes cantidades de bienes a un coste cada vez menor. ¿Cómo se constituye la relación, entonces, entre naturaleza barata y trabajo barato?
Mi punto de partida es la consciencia de que el capitalismo no es sólo una práctica de explotación económica del trabajo, sino también —y de modo más fundamental — una forma histórica de dominación que se extiende al trabajo doméstico, el trabajo servil y el trabajo que implica a la naturaleza. En este sentido, el capital siempre tiene necesidad de producir naturaleza barata, con el fin de relanzar continuamente el proceso de acumulación. Esta palabra, “barata”, no se refiere solo a su bajo coste. Debería entenderse más bien como una estrategia abarcadora, en la que la reducción del precio queda subordinada a un deterioro más general, en términos de una dignidad y respeto “menores” asignados a los sujetos dominados: las mujeres, los pueblos colonizados y el medio ambiente. De acuerdo con este punto de vista, el trabajo barato es el único elemento de una  naturaleza que se ve sometida a violencia por el capital, y en la que debería pensarse tanto en términos de una dinámica económica dirigida a rebajar los costes salariales, es decir, el coste, así como el valor, de la mano de obra, así como en términos de un proyecto de expansión del trabajo no remunerado, el cual, aunque se haya vuelto invisible, se produce en el terreno de la reproducción humana.

En su libro sostiene que en la actual situación económica el capitalismo ha agotado su propia capacidad de producir naturaleza barata. ¿De dónde proviene esta convicción?    
Cada ciclo de acumulación de riqueza ha requerido de al menos cuatro elementos baratos. Estos llamados “cuatro baratos”, que se reducen a los bienes necesarios para la acumulación de riqueza, han sido la mano de obra, los alimentos, la energía y las materias primas. Cada una de las grandes olas de acumulación de riqueza a escala global se ha desarrollado basándose en amplias reconstrucciones de la “ecología-mundo”, que se han centrado en las revoluciones agrícolas. El momento presente es el último en una larga historia de limitaciones y crisis a las que se ha enfrentado el capital. Sin embargo, creo que hoy las condiciones que pueden reproducir esta suerte de proceso ya no están presentes, primordialmente a causa del cambio climático, que tiene el efecto de aumentar los costes y reducir la disponibilidad de cada uno de estos elementos. La naturaleza nos está pasando la factura, y exige el pago de lo que hemos ido extrayendo de ella durante siglos. 
Un flagrante ejemplo reciente de esto lo constituye el coste progresivamente más elevado de la agricultura, tanto en términos de energía como de biología. El consumo de reservas a escala planetaria es tan elevado que, para 2050, las cosechas que se planten rendirán considerablemente por debajo de cualquier expectativa probable del mercado alimentario global.

Su campo de investigación tiene una dimensión militante explícita. ¿Cuáles son los principales instrumentos de movilización que ofrece esta perspectiva de la “ecología-mundo”?
Mi esperanza es que esta investigación teórica pueda proporcionar conocimientos útiles para los movimientos sociales de todo el mundo que luchan no sólo contra los efectos sino contra las causas de raíz del cambio climático. Naomi Klein ha recurrido a un término muy apropiado, “Blocadia” para referirse a esta zona de conflicto transnacional e itinerante que incluye y vincula en común luchas sindicales, movimientos ecológicos por la justicia climática y movimientos populares de extraordinaria potencia como Black Lives Matter [movimiento norteamericano contra la violencia policial que se ceba en la población negra], Idle No More [movilizaciones de protesta de pueblos aborígenes canadienses] y Standing Rock [nombre de la reserva de los sioux de Dakota centro de las protestas por el paso de oleoductos a través de sus tierras]. Creo que es hora de hacerse la pregunta de cómo podemos construir una contra-hegemonía post-capitalista, lo que podría contrarrestar de modo eficaz las desastrosas políticas medioambientales impuestas por el neoliberalismo.
En el libro que escribí junto a Raj Patel, A History of the World in Seven Cheap Things [Historia del mundo a través de siete cosas baratas] (en italiano Una storia del mondo a buon mercato, publicado por Feltrinelli), tratamos de mostrar algunas indicaciones para alcanzar esta meta y hablamos acerca de la ecología de las reparaciones, que incluye compensaciones monetarias por la deuda ecológica, pero que, por supuesto, no se reducen a eso. Sobre todo, identificamos diferentes formas de redistribución de riqueza —tanto sociales como medioambientales — igualmente indispensables, así como la reinvención del trabajo más allá de su forma asalariada.  
Al fin y al cabo, ¿quién ha dicho que el trabajo no debería ser otra cosa que un trajín diario y no una alegre forma de compartir? En este punto, es importante ser claro: la revolución ecológica resulta absolutamente incompatible con la llamada “ética del trabajo”, que además no es otra cosa que una dolorosa herencia del colonialismo.
En resumen, no discutimos que se requieren trabajo duro y esfuerzos para producir lo que se necesita para el bienestar social, pero pedimos que el trabajo se haga, en la medida de lo posible, más pleno de sentido y agradable. Por encima de todo,     tenemos la esperanza de que las luchas de las y los trabajadores puedan cambiar radicalmente la actual relación perversa entre trabajo, vida y juego, que el capitalismo está imponiendo violentamente.
Jason W. Moore enseña Historia del Mundo y Ecología-Mundo en el Departamento de Sociología de la Universidad de Binghamton (Nueva York). Es coordinador del World-Ecology Research Network.

BIOARQUITECTURA: EL FUTURO YA LLEGÓ

Los proyectos del belga Vincent Callebaut: edificios voladores, ciudades que navegan y torres con granjas ecológicas.
Vincent Callebaut no cree que los edificios del futuro tengan que ser cosas quietas como hasta ahora. Es por eso que, en menos de 15 años de profesión, ya proyectó edificios que vuelan y ciudades que navegan, y también enormes torres ocupadas con granjas para alimentar y oxigenar las mega ciudades chinas. 
Al joven arquitecto belga le gusta mezclar la naturaleza con la construcción, es que está convencido de que de esa forma puede salvar al planeta. Como muchas otras personas, Vincent cree que el crecimiento demográfico, la pérdida de la biodiversidad y el desarrollo industrial descontrolado nos llevará a una crisis ecológica global. Asegura que calamidades como el huracán Katrina, los tsunamis, el calentamiento global y la contaminación son solo una muestra de todo lo malo por venir. 
Desde hace años, Callebaut viene tirando propuestas de eco-arquitectura para enfrentar el cambio climático y la explosión urbana. Ese es el caso de Lilypad, una ciudad flotante con tres montañosas cubiertas de verde incluidas y un base sumergida en forma de tazón de vidrio, diseñada para aprovechar las vistas submarinas. Como le gusta a Vincent, su ciudad flotante usaría distintos tipos de energías renovables y aprovecharía todo lo natural, como el sol y el agua de lluvia. Hasta su piel de dióxido de titanio podría absorber el dióxido de carbono de la atmósfera. Bueno, no preguntemos cómo, los datos técnicos te los debo, pero la voluntad está.
Lilypad fue la respuesta de Vincent al posible aumento del nivel de los mares, algo que el calentamiento global sigue prometiendo. Del mismo modo, el belga creó Hydrogenase, unas torres con forma de cohetes llenas de granjas de algas que servirían para reciclar el dióxido de carbono de la atmósfera y, lo más llamativo se podrían elevar en el aire gracias al uso de hidrógeno ¿Difícil de creer, no? Motorizado por su eterna voluntad vanguardista, por su cuenta, Callebaut ya desarrolló más de 50 proyectos verdes que nadie le pidió. Así y todo, ganó decenas de premios y apareció en cientos de revistas.
Hace dos años, preocupado por el rápido crecimiento de las ciudades chinas, Vincent proyectó un conjunto de enormes torres granja para la ciudad de Shenzen, el corazón industrial de China. Su idea, un complejo de seis edificios con vegetación y fauna en cada nivel, permitiría la producción agropecuaria para consumo humano. Según Vincent, las torres podrían funcionar con energía solar y eólica, y cada edificio reciclaría su propia basura, así como se aprovisionaría de agua y agregaría oxígeno a la contaminadísima ciudad china. Lo que se dice, el sueño de los ecologistas. Ojo, el belga no es pura lírica, acaba de terminar el proyecto de un centro comercial para la ciudad de Ruichang, a orillas del río Yangtze. Pero, tratándose de Callebaut, el Wooden Orchids no podía ser menos que un shopping eco-responsable que además atiende lo que Vincent considera “el principal problema socio-económico de China”: la migración de la población rural a las súper ciudades.
La preocupación de Vincent por el futuro urbano chino se funda en dos razones: es uno de los lugares en los que las ciudades crecen más rápido, lo que da lugar al hacinamiento, la contaminación y la marginación. Por otro lado, parece el único lugar en el que le podrían dar bola alguna vez.
Hace treinta años, sólo uno de cada cinco chinos vivían en ciudades. En 2011, los habitantes urbanos superaron a los del campo. Eso, a nosotros no nos asusta porque, en Argentina, el 80% de la gente vive en ciudades. Pero los chinos urbanos ya llegan a 1.300 millones y se espera que superen los 2 mil palos en 2020. Así, 221 ciudades tendrán e al menos un millón de personas y 23 megaciudades superarán los cinco millones de chinos. Lo que se dice, un montonazo.
Shenzen, por caso, la ciudad en la que Vincent quiere sembrar sus torres granja, hace 30 años casi no existía y ahora tiene 10 millones de habitantes. Es más, crece a 15 millones cada año antes de navidad, cuando las fábricas chinas trabajan a mil preparando los regalitos que nosotros terminamos comprando en el shopping.
Ahí es donde aparece Callebaut anunciando que el funcionamiento de las megalópolis en base consumo de energía y generación de residuos está en crisis y muestra la carpeta de sus proyectos bajo el brazo. Por más extravagantes y exóticos que parezcan sus proyectos, nadie se atreve a decir que Vincent es un loquillo. Como están las cosas, siempre es bueno tener un plan B.


BLOCKCHAIN AVANZA CADA VEZ MÁS EN LA VIDA COTIDIANA



Así como un día apareció internet en la vida de todos, desde hace unos años la tecnología disruptiva es blockchain. En la Argentina, como en el resto del mundo, empieza de a poco a impregnar cada sector de la economía y atravesar los distintos verticales (o segmentos) de la industria: trazabilidad, firma digital, finanzas, retail, agro, música y gobierno.
En el país en particular, hay una buena y una mala noticia al hablar de esta "cadena de bloques" (tal su traducción al español): la buena es que es uno de los mercados globales con mayor número de compañías trabajando en el tema; mientras que la mala es que todavía hay cierto retraso en cuestiones regulatoria.
Manuel Beaudroit, director de Marketing de Bitex, proveedor de servicios financieros sobre blockchain de bitcoin , sintentiza a esta tecnología como una base de datos distribuida y descentralizada. "Cada uno de los puntos que administran y mantienen esta base de datos tiene la misma información, lo cual lo hace muy difícil de violar o manipular", explica.
El agro es quizá el sector donde más puede asombrar la utilización de blockchain, pero así y todo, es uno de los más adelantados. "Es muy interesante lo que se puede hacer, por ejemplo, con la "tokenización" (es decir, subir datos al blockchain, en este caso de un animal, y tener un registro). Eso permite después moverlo y tener su trazabilidad en el mundo digital", señala Beaudroit.
En la práctica, esto significa que un productor que tiene cien vacas, por ejemplo, las puede tokenizar y llevar a un mercado secundario para comercializarlas. De esta manera, él puede hacer girar su propiedad entre un mercado de compradores y vendedores, algo que de otra manera no podría hacer. Esto se aplica también a otros productos, como soja, maíz, girasol, etcétera.
En el terreno de firma digital también se está haciendo mucho. Una de las empresas que trabaja en esto es Signatura, especializada en proveer soluciones y herramientas para certificar información digital. "Blockchain permite por primera vez en la historia garantizar fecha cierta e inmutabilidad de la información, sin necesidad de confiar en terceras personas y de manera totalmente transparente y auditable", dice Gonzalo Blousson, CEO de Signatura.
Los clientes, en este caso, no deben confiar en Signatura para garantizar la integridad de la información que registran en su plataforma, sino que esta queda garantizada por el mismo funcionamiento del protocolo de blockchain, la criptografía y la matemática.
Otro de los verticales clave para blockchain es el financiero, donde se puede escribir y mover rápidamente la propiedad de una acción, de un bono o de cualquier producto financiero. "Generalmente, en este rubro no hay confianza entre las partes, por lo que se hace necesario un sistema seguro y no manipulable", indica Beaudroit, que con Bitex brinda servicios de pagos internacionales al banco Masventas a través del blockchain de bitcoins.
Edy Weber, CEO de Koibanx, empresa que desarrolla productos y soluciones de blockchain, tiene un sistema de administración de fideicomiso hecho con esta tecnología. "Un caso concreto de aplicación de esto es el del banco colombiano Da Vivienda, donde los empleados reciben un beneficio de su paquete salarial (comida) mediante una recarga de token en su billetera virtual", explica el ejecutivo.
Koibanx también está en el área de caridad, donde trabaja con ONG. "La industria de las donaciones tiene mucha burocracia y el problema de que la gente que dona no sabe adónde va su dinero. Nosotros tenemos un sistema que corre sobre blockchain, que permite hacer la donación y tener un seguimiento de eso", cuenta Weber, que también hace desarrollo en supply chain y programas de fidelidad.
En el caso del retail está la aplicación de bitcoin o de cualquier criptomoneda como medio de pago. La ventaja es que elimina el fraude y es un medio de pago global que permite cobrar sin verle la cara al comprador. "Aquí, en la Argentina, ya hay algunos negocios que aceptan bitcoins, pero antes de fin de año se abrirán muchos más", adelanta Beaudroit.
Gabriel Kurman, cofundador de RSK Labs, es un gran defensor de esta tecnología. "Lo interesante de esto es que esperamos que pueda traer los mismos beneficios que trajo la internet del conocimiento, pero en vez de intercambio de información será intercambio de valor. Hoy hay una página que se llama bitcoin map que muestra 200.000 locales en todo el mundo que permiten transacciones con bitcoin", afirma.
RSK, según precisa Kurman, es la primera plataforma global que permite concretar contratos inteligentes asegurados sobre la red bitcoin. "Esto combina la flexibilidad de los contratos inteligentes con la seguridad de la infraestructura bitcoin. Tomó algo que ya existía y lo aplicó a cualquier transacción programable", dice el empresario.
Según opina Kurman, esta tecnología va a permitir construir un sistema financiero que tenga el back end (todos los procesos centrales de un sistema) de Uber o Airbnb. "Se va a poder crear un banco que permita a dos chicos de Chaco, por ejemplo, comprar comida en la calle, o a una persona en Capital mandar US$50 por semana a su familia en otra provincia, con solo un celular y sin pagar comisión", concluye.
En la industria musical, en tanto, se pueden "tokenizar" canciones y combatir la piratería, a través de plataformas que chequean si un tema es de tal o cual autor. Mientras que en lo que concierne a gobierno, se puede "tokenizar", por ejemplo, el Boletín Oficial.
Si los especialistas están en lo cierto, todo esto es solo un atisbo de lo que puede llegar a suceder con la tecnología blockchain. ¿Un adelanto? Bueno, Estados Unidos ya tiene su "criptodólar", así que no es de extrañar que pronto en la Argentina haya "criptopesos". En Perú hay "criptosoles" y en Brasil "criptoreales", por citar algunos países.
Por: Carlos Manzoni

ADN: UN GENIO SE HA ESCAPADO DE LA LÁMPARA

La fabricación de seres humanos "a medida" abre un intenso debate y dispara un proceso tan controvertido como difícilmente reversible.

El genetista chino He Jiankui sorprendió recientemente al mundo cuando anunció, en Hong Kong , el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente: las gemelas Lulu y Nana. Este investigador, formado en la Universidad de Stanford ( Estados Unidos ), que retornó al país asiático en el contexto de incentivos académicos y empresariales a la innovación, está en la mira  de sus pares en investigación e, incluso, de la Justicia de su país.
Más allá de las dudas sobre la veracidad de sus acciones, duramente criticadas por la comunidad científica, el impactante anuncio de He mostró que este tipo de manipulación dejó de ser territorio de la ciencia ficción.
La fabricación "a medida" de seres humanos abre un debate y dispara un proceso difícilmente reversible en la historia de la humanidad. No estamos ante anuncios ligados a cómo curar una enfermedad en una "probeta" de laboratorio. He propone una mejora genética, transmisible de generación en generación, sin clara idea aún de los riesgos involucrados ni de sus posibles consecuencias.
Por ejemplo, recientes investigaciones en los Estados Unidos y en Suecia dadas a conocer por la prestigiosa revista Nature, indican que todavía no se conoce cabalmente el impacto de la técnica que utilizó He, conocida como Crispr-Cas9. Se trata de una herramienta que permite editar o corregir el genoma de cualquier célula, incluidas las humanas; una especie de tijera molecular capaz de cortar con precisión y de manera controlada la molécula de ADN, eliminando o insertando nuevas secuencias genéticas.
Ante los temerarios riesgos asumidos, existe consenso en la comunidad científica de que el experimento de He atravesó límites éticos. Así lo señaló una de las voces más autorizadas en esta materia, la de la microbióloga Emmanuelle Charpentier, descubridora, junto con la estadounidense Jennifer Doudna, de la revolucionaria técnica.
Todavía es muy pronto para asegurar la precisión y seguridad de este avance científico, por lo que se impone una reflexión antropológica, ética e incluso geopolítica.
Cabe preguntarnos si se ha puesto en marcha una carrera del tipo armamentista en el campo de la biogenética que demande urgentes consensos internacionales para frenarla. Si estamos frente a un avance tecnológico capaz de modificar para siempre el concepto de vida tal cual lo hemos entendido hasta ahora y si corremos el riesgo de acercarnos a un mundo de castas sociales surgidas de experimentos genéticos que nos retrotraen a las trágicas nociones de pureza y mejoramiento racial. O si, por el contrario, nos encontramos frente a una alternativa científica que, adecuadamente enmarcada en parámetros respetuosos de la condición humana, puede contribuir a mejorar la salud. Estas consideraciones pueden sonar un tanto apocalípticas, pero lo cierto es que reflejan la perplejidad, el desconcierto y la confusión reinantes en un escenario tan inédito como inexplorado.
Días después del anuncio de He, la empresa Editas Medicine de los Estados Unidos comunicó que había obtenido autorización de la Food & Drug Administration (FDA) para ensayar por primera vez un tratamiento con la técnica Crispr en un paciente vivo con ceguera para modificar el ADN de su ojo, asesorados por Feng Zhang y George Church, genetistas de la Universidad de Harvard y pioneros de esta técnica, que habían cuestionado su utilización con embriones humanos. El profesor Church había afirmado con preocupación: "El genio ha salido de la botella".
Frente a semejantes riesgos, cabe llamar la atención sobre la importancia de recurrir a las medidas necesarias para sancionar con fuerza toda práctica irresponsable.
Lluis Montoliu, destacado especialista español en el tema, encabeza una iniciativa global dirigida a regular el uso poco seguro aún de Crispr, aplicada desde 2015 con distintos fines, pero en fase de desarrollo, desde la Asociación para la Investigación Responsable e Innovación en Edición Genética (Arrige), siguiendo directivas internacionales de la Unesco y la OMS. Califica de prematura e irresponsable su utilización en seres humanos, destacando que lo ocurrido en China es ilegal y que revela, cuando menos, fallas en la supervisión.
La posibilidad de encargar seres humanos de diseño, "bebes a la carta", asoma y violenta un acuerdo tácito de la comunidad científica internacional al respecto que, hasta el momento, no se traspasaba. La alternativa de que se genere un mercado negro de edición de seres humanos, como una pesadilla eugenésica, también ha sido advertida por expertos mundiales.
Poco después de que se conociera el escandaloso nacimiento de las niñas gemelas, se supo también que otra mujer china se encuentra embarazada de un bebé genéticamente modificado. El propio He fue el encargado de realizar ese anuncio durante una conferencia internacional realizada en Hong Kong aunque, previendo las graves consecuencias que para él seguramente implicarán estos experimentos, se limitó a decir que había "otro probable embarazo" mediante la misma técnica. La confirmación no tardó en llegar. El lunes pasado, una investigación del gobierno de Guangdong determinó la existencia de esa otra persona, por lo que acusó al científico de violar las leyes federales "en busca de la fama y las ganancias personales", según informó la agencia de noticias Xinhua.
No obstante, a pesar de que las autoridades chinas, más de 1200 científicos de aquel país especializados en la materia e incluso la propia universidad donde He desarrolló el experimento han condenado por irresponsables las pruebas, lo cierto es que el marco legislativo del país asiático es mucho más indefinido, difuso y permisivo que los de los Estados Unidos o Europa, región esta última donde recientemente la Corte ha dispuesto que la técnica Crispr merece regulación estricta aun en su aplicación a alimentos.
Se reabre de tal modo la cuestión de la gobernanza mundial sobre estos temas, aspecto sobre el cual la globalización actual ofrece una perspectiva poco alentadora.
Mas allá de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, existen pocas normativas capaces de poseer eficacia global en temas tan urgentes como el cambio climático, por ejemplo, como lo exhiben las graves y preocupantes discordancias en torno al Acuerdo de París.
En materia de inteligencia artificial, otro ejemplo, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha mencionado la necesidad de crear un Panel Internacional Intergubernamental de científicos para medir sus consecuencias y garantizar su uso para el bien común.
No son pocas las voces que se han alzado en estas últimas semanas, luego del anuncio de He, para reclamar lo mismo en materia de edición génica, campo en el que las lagunas y los vacíos normativos o regulatorios, legales, judiciales y éticos son asombrosos.
Académicos y legisladores han debatido sobre estas cuestiones por muchos años, a la luz de las guías proporcionadas por la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, que data de 1997, cuando los avances tecnológicos no eran ni por asomo los actuales. Incluso, los diversos comités de inteligencia del Congreso norteamericano anticiparon mediante informes de 2016 y 2017 las potenciales amenazas que estos procedimientos basados en Crispr podían encerrar para la seguridad internacional, si bien no presagiaron que el nacimiento de seres humanos "de diseño artificial" pudiera ser tan inminente. La propia Universidad de Cambridge ubica a esta tecnología poco costosa y de aplicación relativamente sencilla entre los avances de "riesgo existencial" para la humanidad.
Nuevamente aquí, la clave, como en todo proceso de innovación, no debería consistir en ahogar la iniciativa creativa de los investigadores ni la innovación empresarial que inyecta fondos para sostenerla, sino enmarcar estas acciones en protocolos éticos y de conducta sin los cuales las peligrosas e inimaginables amenazas se agigantan.
No se puede permitir una carrera biogenética que vulnere la esencia de la propia especie humana. No es solo una cuestión moral, sino que plantea aristas bioéticas con las cuales no se puede especular, ni mucho menos negociar ni jugar. A menos que queramos convertir en realidad aquella distopía de indeseable sociedad que Aldous Huxley acuñó por 1930 en su novela Un mundo feliz, cuando hablaba de la fabricación de niños y de la manipulación reproductiva como un terrorífico modo de control social. Un genio que se ha escapado de la lámpara
El genetista chino He Jiankui sorprendió recientemente al mundo cuando anunció, en Hong Kong , el nacimiento de los primeros bebés modificados genéticamente: las gemelas Lulu y Nana. Este investigador, formado en la Universidad de Stanford ( Estados Unidos ), que retornó al país asiático en el contexto de incentivos académicos y empresariales a la innovación, está en la mira de sus pares en investigación e, incluso, de la Justicia de su país.
Más allá de las dudas sobre la veracidad de sus acciones, duramente criticadas por la comunidad científica, el impactante anuncio de He mostró que este tipo de manipulación dejó de ser territorio de la ciencia ficción.
La fabricación "a medida" de seres humanos abre un debate y dispara un proceso difícilmente reversible en la historia de la humanidad. No estamos ante anuncios ligados a cómo curar una enfermedad en una "probeta" de laboratorio. He propone una mejora genética, transmisible de generación en generación, sin clara idea aún de los riesgos involucrados ni de sus posibles consecuencias.
Por ejemplo, recientes investigaciones en los Estados Unidos y en Suecia dadas a conocer por la prestigiosa revista Nature, indican que todavía no se conoce cabalmente el impacto de la técnica que utilizó He, conocida como Crispr-Cas9. Se trata de una herramienta que permite editar o corregir el genoma de cualquier célula, incluidas las humanas; una especie de tijera molecular capaz de cortar con precisión y de manera controlada la molécula de ADN, eliminando o insertando nuevas secuencias genéticas.
Ante los temerarios riesgos asumidos, existe consenso en la comunidad científica de que el experimento de He atravesó límites éticos. Así lo señaló una de las voces más autorizadas en esta materia, la de la microbióloga Emmanuelle Charpentier, descubridora, junto con la estadounidense Jennifer Doudna, de la revolucionaria técnica.
Todavía es muy pronto para asegurar la precisión y seguridad de este avance científico, por lo que se impone una reflexión antropológica, ética e incluso geopolítica.
Cabe preguntarnos si se ha puesto en marcha una carrera del tipo armamentista en el campo de la biogenética que demande urgentes consensos internacionales para frenarla. Si estamos frente a un avance tecnológico capaz de modificar para siempre el concepto de vida tal cual lo hemos entendido hasta ahora y si corremos el riesgo de acercarnos a un mundo de castas sociales surgidas de experimentos genéticos que nos retrotraen a las trágicas nociones de pureza y mejoramiento racial. O si, por el contrario, nos encontramos frente a una alternativa científica que, adecuadamente enmarcada en parámetros respetuosos de la condición humana, puede contribuir a mejorar la salud. Estas consideraciones pueden sonar un tanto apocalípticas, pero lo cierto es que reflejan la perplejidad, el desconcierto y la confusión reinantes en un escenario tan inédito como inexplorado.
Días después del anuncio de He, la empresa Editas Medicine de los Estados Unidos comunicó que había obtenido autorización de la Food & Drug Administration (FDA) para ensayar por primera vez un tratamiento con la técnica Crispr en un paciente vivo con ceguera para modificar el ADN de su ojo, asesorados por Feng Zhang y George Church, genetistas de la Universidad de Harvard y pioneros de esta técnica, que habían cuestionado su utilización con embriones humanos. El profesor Church había afirmado con preocupación: "El genio ha salido de la botella".
Frente a semejantes riesgos, cabe llamar la atención sobre la importancia de recurrir a las medidas necesarias para sancionar con fuerza toda práctica irresponsable.
Lluis Montoliu, destacado especialista español en el tema, encabeza una iniciativa global dirigida a regular el uso poco seguro aún de Crispr, aplicada desde 2015 con distintos fines, pero en fase de desarrollo, desde la Asociación para la Investigación Responsable e Innovación en Edición Genética (Arrige), siguiendo directivas internacionales de la Unesco y la OMS. Califica de prematura e irresponsable su utilización en seres humanos, destacando que lo ocurrido en China es ilegal y que revela, cuando menos, fallas en la supervisión.
La posibilidad de encargar seres humanos de diseño, "bebes a la carta", asoma y violenta un acuerdo tácito de la comunidad científica internacional al respecto que, hasta el momento, no se traspasaba. La alternativa de que se genere un mercado negro de edición de seres humanos, como una pesadilla eugenésica, también ha sido advertida por expertos mundiales.
Poco después de que se conociera el escandaloso nacimiento de las niñas gemelas, se supo también que otra mujer china se encuentra embarazada de un bebé genéticamente modificado. El propio He fue el encargado de realizar ese anuncio durante una conferencia internacional realizada en Hong Kong aunque, previendo las graves consecuencias que para él seguramente implicarán estos experimentos, se limitó a decir que había "otro probable embarazo" mediante la misma técnica. La confirmación no tardó en llegar. El lunes pasado, una investigación del gobierno de Guangdong determinó la existencia de esa otra persona, por lo que acusó al científico de violar las leyes federales "en busca de la fama y las ganancias personales", según informó la agencia de noticias Xinhua.
No obstante, a pesar de que las autoridades chinas, más de 1200 científicos de aquel país especializados en la materia e incluso la propia universidad donde He desarrolló el experimento han condenado por irresponsables las pruebas, lo cierto es que el marco legislativo del país asiático es mucho más indefinido, difuso y permisivo que los de los Estados Unidos o Europa, región esta última donde recientemente la Corte ha dispuesto que la técnica Crispr merece regulación estricta aun en su aplicación a alimentos.
Se reabre de tal modo la cuestión de la gobernanza mundial sobre estos temas, aspecto sobre el cual la globalización actual ofrece una perspectiva poco alentadora.
Mas allá de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, existen pocas normativas capaces de poseer eficacia global en temas tan urgentes como el cambio climático, por ejemplo, como lo exhiben las graves y preocupantes discordancias en torno al Acuerdo de París.
En materia de inteligencia artificial, otro ejemplo, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha mencionado la necesidad de crear un Panel Internacional Intergubernamental de científicos para medir sus consecuencias y garantizar su uso para el bien común.
No son pocas las voces que se han alzado en estas últimas semanas, luego del anuncio de He, para reclamar lo mismo en materia de edición génica, campo en el que las lagunas y los vacíos normativos o regulatorios, legales, judiciales y éticos son asombrosos.
Académicos y legisladores han debatido sobre estas cuestiones por muchos años, a la luz de las guías proporcionadas por la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, que data de 1997, cuando los avances tecnológicos no eran ni por asomo los actuales. Incluso, los diversos comités de inteligencia del Congreso norteamericano anticiparon mediante informes de 2016 y 2017 las potenciales amenazas que estos procedimientos basados en Crispr podían encerrar para la seguridad internacional, si bien no presagiaron que el nacimiento de seres humanos "de diseño artificial" pudiera ser tan inminente. La propia Universidad de Cambridge ubica a esta tecnología poco costosa y de aplicación relativamente sencilla entre los avances de "riesgo existencial" para la humanidad.
Nuevamente aquí, la clave, como en todo proceso de innovación, no debería consistir en ahogar la iniciativa creativa de los investigadores ni la innovación empresarial que inyecta fondos para sostenerla, sino enmarcar estas acciones en protocolos éticos y de conducta sin los cuales las peligrosas e inimaginables amenazas se agigantan.
No se puede permitir una carrera biogenética que vulnere la esencia de la propia especie humana. No es solo una cuestión moral, sino que plantea aristas bioéticas con las cuales no se puede especular, ni mucho menos negociar ni jugar. A menos que queramos convertir en realidad aquella distopía de indeseable sociedad que Aldous Huxley acuñó por 1930 en su novela Un mundo feliz, cuando hablaba de la fabricación de niños y de la manipulación reproductiva como un terrorífico modo de control social.

martes, 16 de enero de 2018

UN MUNDO DE ROBOTS

Valentín Muro
MARTES 16 DE ENERO DE 2018
Cuando se trata de robots parece que no hubiera medias tintas. Los robots van a venir y nos van a quitar los trabajos. Después están quienes dicen que esto resultará en infinito tiempo libre que desencadenará la explosión creativa de un "Nuevo Renacimiento", y quienes creen que del desempleo masivo y la inempleabilidad no nos recuperaremos nunca. Pero quizá la obsesión por el desempleo a raíz de la automatización nos está haciendo ignorar una consecuencia aún más inmediata: la amplificación de la desigualdad económica.

La ansiedad provocada por la automatización no es algo nuevo. Durante la Revolución Industrial los luditas se hicieron famosos por destruir varias de las máquinas instaladas en molinos y fábricas. Esto les valió la fama en el imaginario cultural como un movimiento anti-tecnología, pero este no era el caso. Lo que buscaban era mejorar su posición ante sus empleadores utilizando la estrategia que en 1952 el historiador marxista Eric Hobsbawm bautizó como "negociación colectiva por disturbio".

En el siglo XX otras olas de preocupación se sucedieron, con titulares como "El avance de las máquinas hace que las manos queden ociosas " en el New York Times (1928) o la aparición de la expresión "desempleo tecnológico" de la pluma de John Maynard Keynes en 1930. Ya en los años 40 algunos diarios hacían referencia a los comentarios sobre el desempleo a raíz de las máquinas como "una vieja discusión ". Luego, en la década de 1950 y en la de 1960, la ansiedad recuperó su vigor y en plena campaña electoral el candidato John F. Kennedy llegó a dar un discurso dedicado a los problemas de la automatización y su propuesta para resolverlos.

Charles Chaplin en Tiempos modernos (1936)
Las predicciones acerca del colapso del mercado laboral en manos de robots reflotan cada tanto y sistemáticamente demuestran estar equivocadas. Es por esto que la economista Heidi Shierholz desestima tanta paranoia. La automatización desplaza a los trabajadores, pero no afecta al número total de trabajos en la economía a la que afecta: la automatización puede haber arruinado vidas, pero nunca arruinó al mercado laboral.

Es cierto que esta vez se están automatizando tareas que antes eran consideradas inteligentes (como manejar un vehículo o redactar textos), pero esto no afectó al ritmo con el que la productividad aumenta. Es por esto que suele argumentarse que esta nueva ola de automatización es distinta a cualquier otra, aunque esto no se vea reflejado en los datos y, de hecho, desde el año 2000 aproximadamente el ritmo de aumento de la productividad ha ido disminuyendo.

Como señala Matthew Yglesias, de Vox, la sospecha de algunos economistas es que la tecnología ha cambiado nuestras vidas sin cambiar fundamentalmente a la economía. En la raíz del problema está que los aumentos de productividad del que muchas industrias pueden haber disfrutado no han sido equitativamente distribuidos. Se trata del 1% del 1% más rico, cuya riqueza está directamente vinculada al valor de las acciones de las empresas que poseen. Se trata del viejo sueño de vivir de rentas.

El problema no es el desempleo
Dos trabajos académicos recientes argumentan que el principal riesgo de la automatización no es el desempleo masivo sino la amplificación de la desigualdad económica. Uno de ellos, firmado por los economistas Anton Korinek y el premio Nobel de economía Joseph E. Stiglitz, pone el foco en la forma en que los desarrollos de "inteligencia artificial" y otras formas de automatización podrían afectar la distribución del ingreso. Lo que observan es que los beneficios muy probablemente no serán distribuidos equitativamente.

Los autores reconocen que la automatización podría ser innegablemente positiva en una economía en la cual los individuos están "asegurados en contra de los efectos adversos de la innovación", por ejemplo a partir de un esfuerzo de redistribución eficiente. Sin este tipo de intervenciones no sólo se corre el riesgo de que la desigualdad siga aumentando sino de que resulte en peores condiciones en términos absolutos.

El segundo trabajo, publicado por el Institute for Public Policy Research, también enfatiza la necesidad de desarrollar marcos regulatorios apropiados para controlar el crecimiento desmesurado de la desigualdad. "En ausencia de políticas de intervención, lo más probable es que la automatización incremente la desigualdad de riqueza, ingreso y poder", sostienen sus autores. Esto va directamente en contra de lo que suele proponerse desde Silicon Valley, con advertencias de que las regulaciones impiden la innovación.

Esta propuesta no implica, de todos modos, desacelerar la incorporación de tecnología al mercado laboral. En cambio, lo que proponen es potenciar a la economía con el uso de tecnología, pero repensando los modelos de propiedad en favor de una mejor distribución de los beneficios de nuestro futuro robótico. Esto no es muy distinto de lo que los luditas exigían hace 200 años.

La discusión acerca de la automatización tiene tanto que ver con el pasado como con el futuro. Al dejarnos obnubilar por las lucecitas de los robots podemos apresurarnos a dejar de lado que en gran parte los desafíos son intrínsecos al capitalismo. Es decir, no es que esto sea algo malo, sino que son problemas que tienen larga data. Del mismo modo que ciertos avances en inteligencia artificial nos han forzado a repensar lo que consideramos inteligente, el advenimiento de los robots en el mercado laboral podrían hacernos repensar al trabajo mismo y la forma en que concebimos a la salud de una economía.

Nadie sabe qué va a pasar con los robots. Es obvio que muchos más diarios se venden con la amenaza robopocalíptica en tapa, pero los pronósticos parecen ser exagerados. En cualquier caso, la desigualdad es un problema creciente hoy y frente a cualquiera de los escenarios de la automatización parecería tender a incrementarse. Esto, curiosamente, nos da la pauta de que podemos empezar a trabajar en una solución sin esperar a que vengan los robots y lo resuelvan.

domingo, 12 de febrero de 2017

LAS SUBASTAS DE ESTADOS EMOCIONALES Y EL MARKETING QUE SE VIENE

Con el auge de Internet de las Cosas, la información sobre los hábitos y hasta estados fisiológicos aporta una nueva herramienta a las empresas a la hora de vender sus productos a los consumidores.
Escena uno, en un futuro cercano: el contacto vía voz con sistemas de inteligencia artificial que intentarán vendernos cosas ya no tendrá un timbre artificial y robótico, sino que imitará el tono de la voz a la que le tengamos más confianza. Un algoritmo podrá, por ejemplo, buscar en YouTube un video de nuestra madre o de nuestro padre hablando, y a partir de allí construir un mensaje comercial que tenga más chances de ser exitoso.
Escena dos: una cadena de cafeterías le paga a Nintendo para que coloque un Pokémon de los muy difíciles de conseguir justo en la entrada de sus locales, en un día de frío y lluvia. Las probabilidades de entrar a consumir una bebida caliente allí, con la satisfacción del Pokémon cazado, aumentan.
Escena tres: en varios países del mundo, el voto no es obligatorio. Un candidato con dinero para la campaña tiene cada vez más recursos tecnológicos para inducir estados de ánimo y comportamientos en las horas previas a la elección, en lugares donde hay alta correlación entre asistencia y voto por un determinado partido. Por ejemplo, arreglando para que una cadena emita ese día una maratón de una serie muy popular, con instrumentos muy a medida de los gustos y las preferencias de cada votante.
"Cada experiencia que vivimos impacta en nuestro estado de ánimo y comportamiento, y cada día que pasa, a medida que el océano digital se vuelve el medio en el cual vivimos, es más fácil controlar esas experiencias, optimizarlas, reconfigurarlas y personalizarlas. La disponibilidad de esta caja de herramientas va a cambiar radicalmente las prácticas de marketing en un futuro cercano", asegura Marcelo Rinesi, científico de datos y tecnólogo, quien días atrás realizó una presentación sobre "El futuro del marketing" en el Instituto Baikal.
Rinesi cruza la disponibilidad de ciertas tecnologías -particularmente, de las vinculadas a la inteligencia artificial- con los modelos de negocios hipotéticos para obtener rentabilidad de ellas. Cuando ambos caminos se cruzan, crecen las probabilidades de ocurrencia.
Por caso, Rinesi se imagina que pronto "todo lo que no rompa las leyes de la física o de los mercados estará sujeto a una subasta digital, en la que distintas marcas ofrecerán cada vez más dinero para generar distintos estados de ánimo que induzcan una determinada decisión de consumo". Si una compañía de música sabe que la nostalgia lleva a determinada persona a una mayor propensión a comprar temas musicales, podrá acordar con la red social de esa persona para que le muestre en primer lugar la foto de un hijo cuando era bebe, o de una pareja con la cual se separó hace un tiempo. "El primer paso que vemos hoy es que si estamos leyendo un artículo sobre una helada en determinado lugar, aparezca un aviso de una marca de estufas. El segundo, que ya es completamente factible, es inducirnos a leer sobre heladas, colocando esos textos en lugares más destacados, o reforzando y visibilizando más los párrafos sobre una neumonía de Hillary Clinton en una nota sobre las elecciones en los Estados Unidos."
Con el auge de Internet de las Cosas, la información sobre nuestros hábitos y hasta estados fisiológicos crece exponencialmente. Según un reporte de IDC de hace tres semanas, en 2020 habrá disponible en Internet información por el equivalente a 44 zettabytes (un zettabyte es un 10 elevado a la 21). El mayor salto se dará en categorías de datos sobre nuestro ciclo de vida con IoT y en conversaciones en plataformas de chat que podrán ser analizados por sistemas computacionales cognitivos. Hasta 2003, estima Deloitte, se generaron dos exabytes de información. En 2011 se creó ese volumen en dos días, en 2020 se tardará diez minutos. Un reloj que suba online nuestros signos vitales podrá indicarle a una marca que no nos ofrezca nada en la hora posterior a comer unas pastas, porque habrá menores chances de compra. "Cada pedazo de información nuestra que tenga alguien está potencialmente disponible para otro jugador que pueda hacer dinero con él", dice Rinesi.
Uno podría señalar que no hay nada demasiado nuevo: la publicidad desde sus inicios tiene su componente de subliminalidad, en el sentido de convencer a los consumidores de que hagan determinada compra sin que sientan que los están presionando a hacerlo. Y también el marketing desde hace años presume de conocer a los consumidores mejor que ellos mismos. La cadena Target en Estados Unidos "sabe" cuando una mujer está embarazada antes de que se haga el test, sólo por los cambios inconscientes en su patrón de consumo. Y ataca con más promociones a personas a las que presume se están mudando o tuvieron un bebe, porque en estos períodos de cambio es más probable que modifiquen sus hábitos de consumo, explica Charles Duhigg en El poder de los hábitos.
Lo que provoca la disponibilidad de infinita información en Internet junto con los avances en inteligencia artificial es un contexto en donde estos mecanismos subliminales se potencial al extremo. Rinesi cree que los que tienen mayores chances de dominar este nuevo mundo son los diseñados de software que trabajan en la interfaz de la programación, el hardware y las respuestas cognitivas. Hay un área que está desarrollando una particular maestría en esta frontera: la de los desarrolladores de videogames. "En este terreno, por ejemplo, es común armar grados de dificultad con una dinámica de «elástico»: el juego «se deja» ganar alguna vez para aumentar nuestro entusiasmo, pero luego se vuelve más difícil. Todo sin que nos demos cuenta, para maximizar nuestro tiempo expuestos a ese programa."
¿Significará esto el final de la profesión de marketing más tradicional? Rinesi remarca que la difusión de tecnologías funciona por "capas" y no por sustitución: todavía hay telegramas o gente que anda a caballo. Seguirá habiendo avisos tal como los conocemos, pero la parte del león de la demanda se jugará en mecanismos más eficientes como los que se describieron anteriormente en la nota.
Una postura de abogado del diablo en esta visión podría destacar que la tecnología sigue siendo una herramienta, y que la creatividad y el conocimiento de las sutilezas del comportamiento humano seguirán siendo el diferencial. Hoy Wunderman, la agencia publicitaria con más empleados del país, tiene más expertos en tecnología que creativos, pero su jefatura sigue siendo "marketinera". Para Darío Straschnoy, socio de Carlos Baccetti en Carlos y Darío, no hay mejor época en la historia que ésta para la creatividad, porque es lo más difícil de reemplazar por máquinas.
Al fin y al cabo, el expertise con AI va bajando día a día su demanda de conocimiento específico. Dos semanas atrás, durante la conferencia O Reilly de Inteligencia Artificial en Nueva York, la firma Bonsai anunció que consiguió seis millones de dólares para su proyecto de "democratizar" esta tecnología: que no haya que ser un doctor en computación para entrar a operar en este mundo. Deep Learning para todas y todos.
Rinesi, que también escribe cuentos de ciencia ficción, cree que hay riesgos de un futuro distópico si "el modelo de negocios establece que las ventas se maximizan con un estado emocional de miedo o de tristeza". Esto es, que los incentivos de este nuevo mercado de consumo vayan en contra de la felicidad agregada. Y que un hipotético subastador digital grite: "Angustia a la una?, angustia a las dos?, angustia del consumidor X vendida a la marca Y para que ésta tenga mayores probabilidades de vender su producto o servicio".


Sebastián Campanario. Para La Nación.

LA UTOPÍA DE INTERNET: EL FIN DE UNA ILUSIÓN?

Una sociedad transparente, información libre, control del poder, una vida más simple: la Web anticipaba un mundo ideal que parece quedar cada vez más lejos
La promesa era una sociedad transparente, con ciudadanos "empoderados", información que circula libremente para todos por igual y redes sociales como nuevos espacios de sociabilidad. La realidad más reciente nos devuelve los sorpresivos resultados del Brexit y la elección estadounidense; la "post-verdad" y los "hechos alternativos"; el protagonismo político de los microclimas de Twitter y Facebook.
La promesa era un mundo más seguro, donde el intercambio de información y la comunicación horizontal favorecerían el control del poder y la convivencia, en el que la vida se volvería más simple y relajada gracias a la tecnología. Hoy, la brecha social, económica y cultural no deja de profundizarse, crece la xenofobia y se afianzan los discursos nacionalistas, los piratas informáticos son la nueva pesadilla global y la ansiedad y la dependencia de los aparatos nos vuelven vulnerables.
En sólo 25 años, Internet impregnó todos los órdenes de la vida, creó su propia utopía y ahora parece estar contradiciéndola. ¿Se terminó el romance con las posibilidades democratizadoras de la Red?
Quizás una primera respuesta tenga que empezar por reconocer que, como con casi todo en esta vida, suele haber una brecha entre lo ideal y lo real, entre las expectativas detrás de una innovación tecnológica y lo que ocurre después. Si algo terminamos de aprender en 2016, es que el universo digital no es precisamente la excepción. Si el creador de Internet, Tim Berners Lee, buscaba hacer posible una red de redes que permitiera compartir información científica, esa posibilidad disparó un sinfín de expectativas con respecto a esas posibilidades, muchas de las cuales se frustraron o tomaron la dirección opuesta. ¿Cuánto de aquella tecnoutopía se logró? ¿En qué medida nuestra percepción sobre el potencial de la world wide web ha ido cambiando con el paso del tiempo?
"Internet fue creada, antes de los billonarios y las apps, por personas formadas en ciencia y tecnología, en su mayoría académicos relativamente jóvenes, con un compromiso instintivo muy fuerte con el flujo libre de información y el uso de computadoras para educación y ciencia. Lógicamente, entonces, la promesa inicial de Internet era que levantaría la cantidad y calidad de información a las que las personas tendrían acceso, de manera gratuita y en un espíritu más académico y 'hobbista' que comercial", reconoce Marcelo Rinesi, científico de datos freelance y miembro del Instituto Baikal.
El especialista sostiene que la brecha entre lo que debía ser y lo que es no es infrecuente en el mundo de la tecnología: "Lo que pasó es lo que siempre pasa: el efecto estructural y a largo plazo de una tecnología tiene menos que ver con la intención de los inventores que con el deseo de los usuarios y de quienes regulan o financian proyectos".
"Si uno mira principalmente sitios de papers científicos y blogs de investigadores -continúa-, la Internet que soñaban al principio sí existe: lo que pasa es que también existe la Internet que no se les ocurrió, y que es muchísimo más grande, simplemente porque hay muchísima más gente que quiere otra cosa."
El optimismo generalizado que despertaba Internet cuando era más que nada una promesa decantó también en la creencia de que esa innovación sería capaz, por sí misma, de tener un impacto social determinante. La tecnología, según este supuesto, modificaría a la sociedad.
Beatriz Busaniche, presidenta de la Fundación Vía Libre, sostiene que aquella creencia continúa bastante vigente, aunque fue perdiendo intensidad a lo largo de la última década. "El determinismo tecnoutópico hoy es permanentemente contrastado con la realidad, ya sea en su vertiente optimista, la que sostiene que la tecnología va a solucionar todos los problemas laborales, educativos, políticos, económicos, o la pesimista, sostenida por la idea de que lo que va a sobrevenir es una suerte de oscurantismo", asegura. Y pone como ejemplo el caso de la pérdida de privacidad. "Es el ejemplo más emblemático, ya que sus consecuencias negativas no son responsabilidad de la tecnología en sí misma, sino de un modelo de negocio que se basa en la pérdida de la privacidad. La tecnología es un medio, un facilitador, pero lo que hay detrás es un sistema económico, político y social que ha puesto la vida de las personas en el mercado", se lamenta Busaniche.
Claro que la pérdida de privacidad y la vigilancia de los ciudadanos es un temor de larga data, según puntualiza la investigadora principal del Conicet Susana Finquelievich, quien recuerda que ya en los años ochenta era una factor preocupante. A su entender, las tecnologías de la información y la comunicación incrementaron de una forma notable el poder de vigilancia en las últimas décadas del siglo XX y en lo que va del XXI, generando un sinfín de tensiones sociales.
"Los gobiernos reclaman el derecho de monitorear las actividades de los ciudadanos y los residentes, argumentando cuestiones relacionadas con seguridad y justicia. El ciudadano común, por otro lado, está cada vez más consciente de que sus documentos de identidad, sus tarjetas de crédito y hasta sus tarjetas de transporte, ni hablar de su participación en redes sociales, se usan para seguir sus pasos, sus tendencias de consumo, sus actividades y hasta sus preferencias políticas", grafica Finquelievich, directora del Programa de Investigaciones sobre la Sociedad de la Información del Instituto Gino Germani (Facultad de Ciencias Sociales de la UBA) y autora del libro I-Polis. Ciudades en la era de Internet.
La privacidad habría pasado a ser un concepto de museo, de acuerdo con Silvio Waisbord, profesor de la Escuela de Medios y Asuntos Públicos de la George Washington University. El especialista considera que para ser miembros de una sociedad digital hay que renunciar a lo que se entendía por privacidad. Y por cada ventaja que trae aparejado ser ciudadanos digitales, podríamos enunciar una desventaja.
"Hoy cualquier persona tiene mucho más acceso a información que el que tenía la élite hace unos 30 años -ejemplifica-. Pero el hecho de que haya más acceso a información no nos hace necesariamente personas más informadas, o parte de un colectivo que entiende mejor o es más consciente de los problemas del mundo. Los estudios no demuestran que haya contribuido a eso."
Wikipedia lo hizo
¿Cuáles han sido, entonces, las principales ventajas de estar inmersos en una vida digital? Todas las fuentes consultadas coinciden en una: el acceso a bajo o nulo costo a todo tipo de conocimientos, de fuentes de información y de datos.
"La promesa que mejor se desarrolló y sigue vigente e instituida desde el punto de vista de lo social es la democratización del conocimiento. Wikipedia es la realización de esa promesa. Nos muestra una estructura organizada que permite combinar el voluntariado con los medios digitales y eso cambia la estructura de la sociedad", considera el sociólogo Alejandro Artopoulos, profesor de la Universidad de San Andrés.
¿Una mayor accesibilidad al conocimiento debería redundar en sociedades mejor educadas? No necesariamente. Pero ya no se trataría de un problema eminentemente tecnológico. "En el sistema educativo es en donde más se resiste el avance de las TIC, sencillamente porque amenazan sus bases, o sus fundamentos históricos. Si uno tiene un sistema educativo que reproduce la estructura de una sociedad cerrada, introducir cambios o innovaciones implica perder el control. Requiere un grado de madurez que no tiene cualquier sistema educativo", se lamenta Artopoulos.
Volviendo a las promesas que sí se pudieron cumplir, suele haber bastante consenso respecto de que la censura se ha tornado más difícil; la información, más accesible y la geografía, menos restrictiva. "No coincido con la visión de que alguien mirando el celular durante una charla de amigos está demostrando aislamiento social. Probablemente se está comunicando con (o al menos viendo algo de) una persona por la que se está, al menos, tan interesado como de las que tiene alrededor; Internet no nos hace menos sociables, simplemente agrega nuevas opciones de comunicación intermedias entre ?nada' y ?frente a frente', y resulta que para muchísimas personas eso complementa muy bien las opciones que ya tenían", opina Marcelo Rinesi.
Con él acuerda Waisbord: "Yo no creo que, como decía Bauman, las redes sociales incrementen la soledad. Para mí complejizan la vida en sociedad, así como la noción de identidad personal. Se hace necesaria una suerte de management de la persona pública, porque cuando tenemos presencia digital permanentemente mandamos señales de quiénes somos o, al menos, de quiénes pensamos que somos".
En cualquier caso, lo que es indudable -y quedó en evidencia a lo largo del año último- es que las redes sociales son una poderosa herramienta en términos políticos, económicos, e informativos. "En los años noventa se pensaba que el auge de Internet sería un factor decisivo para que se acabara la ignorancia. Sin embargo, hoy es una fuente inagotable de mitos y teorías conspirativas? amplificada por las redes sociales. Por otra parte, así como podés acceder a la NASA o a medios digitales de todo el mundo, las páginas que difunden pseudociencia y el horóscopo continúan siendo mucho más leídas que sitios que ofrecen análisis, profundidad y conocimiento", reconoce Busaniche.
A medida que el rastreo y análisis de lo que ocurre en las redes sociales se hace más sofisticado, otros fenómenos se hacen visibles. Por ejemplo, que las conversaciones en ellas -lejos de posibilitar diálogos entre posturas diferentes, que amplíen horizontes- no suelen traspasar las fronteras de los micromundos de cada ciudadano. En otras palabras, hablamos con los que piensan como nosotros. O, en términos de comunicación política, se llega con mensajes a los convencidos, del lado que sean.
Rinesi ve un problema social, actual y creciente en la forma en que el acceso a la información, e incluso la difusión de ciertas actividades comerciales, académicas y políticas están convergiendo fuertemente en las redes sociales (y, paralelamente, en los comentarios en los sitios).
"Es absolutamente entendible porque es donde las personas ponen su interés y su tiempo, pero una red social es, en el mejor de los casos, un modo muy limitado de producir y acceder a información y análisis. La definición de una sociedad democrática, ilustrada y empírica es que siempre se votan gobiernos pero nunca se votan hechos. No descubrimos la realidad mediante el intercambio de rumores, sino mediante la observación organizada, el análisis técnico y el debate profundo y estructurado, todas actividades para las que las redes sociales son no sólo ineficientes, sino también contraproducentes", considera.
Pero, a su entender, no todo el panorama es desalentador. "Desde un punto de vista republicano, tener un medio con el que cierta información que podría ser calificada como ?indeseable' para un gobierno se pueda difundir de manera rápida y universal es una poderosa medida de seguridad. Pero cuando se transforma en el mecanismo principal no sólo de socialización sino también de intercambio de información política, económica, ambiental (y en esto los mecanismos económicos de Internet, con el tráfico como factor de viabilidad comercial, son relevantes), las sociedades se vuelven terriblemente vulnerables a lo que en Estados Unidos están llamando en estos días ?fake news.' En pocas palabras, gana el que grita más fuerte y más seguido la mentira más espectacular o que asuste más, y ésa no es la forma de tomar decisiones de forma colectiva. Por ejemplo, elegir presidente", asegura.
Lo que queremos de Internet
En cualquier caso, no habría que perder de vista que todo lo que ocurre en el mundo digital es, en última instancia, la expresión de los intereses y prioridades de una sociedad.
"Uno imaginaba que la sociedad progresaría en términos éticos y morales pero nos encontramos ante una regresión hacia un discurso pacato. Estoy un poco asustada con el recrudecimiento de un conservadurismo moral que no se preveía. Que estemos otra vez discutiendo la exhibición de un pezón femenino o que las empresas que sostienen Facebook, Twitter o Instagram eliminen o censuren imágenes de personas desnudas me parece preocupante y muy peligroso", se alarma Busaniche quien, por otra parte, tampoco está muy convencida acerca de que la promesa de una mayor democratización a caballo de Internet se hubiera cumplido.
"Internet prometía democratización y ésa fue la promesa menos cumplida -considera-. Porque implicaba democratización en el sistema educativo, en el sistema de riqueza, en el sostenimiento de lo público y social, en términos económicos, cosas que Internet, por sí sola, nunca podría haber cambiado. Lo que está ocurriendo es, más bien, todo lo contrario. El mundo está cada vez más concentrado y se percibe cada vez más firme la idea de frontera. La globalización se volvió una realidad para el mundo de las finanzas pero no para las personas. La democratización fue la promesa más falaz."

De todas formas, ya sea más o menos cerca de nuestros sueños, Internet nos facilita la vida de infinitas maneras. Como reconoce Rinesi, hace más fácil que sepamos lo que queremos saber, escuchemos a quien queremos escuchar y digamos lo que queremos decir, aunque en ocasiones no estemos del todo cómodos con lo que resulta que queríamos saber, escuchar y decir. Tal vez, lo que hace falta sea un gesto de adultez colectiva: reconocer que esto que hicimos con Internet, y no lo que nos dijimos que haríamos, es realmente lo que queríamos hacer.

domingo, 11 de diciembre de 2016

HARTOS DE LAS REDES

Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat, WhatsApp... Muchas personas comenzaron a "apagar" sus perfiles porque sienten que los agobian y estresan
"Un día entré en el Face y creo que borré tres o cuatro contactos de gente superindeseable. Reflexioné dos segundos y dije «no, esto no tiene sentido». Busqué la opción de borrar cuenta, y lo hice. El mismo día cerré también Foursquare y Twitter", cuenta Gabriel Kaptan, camarógrafo de 36 años, que un día se cansó del estrés que le causaban las discusiones sobre política en las redes sociales, y les dijo adiós a aquellas aplicaciones de las que reconoce haber sido un usuario "intenso". Al día siguiente Gabriel no enfermó, tampoco perdió contacto con el mundo ni con sus amigos; muy por el contrario, descubrió que "de repente, ¡tenía tiempo libre!" Lo suyo no era una adicción, pero sí un "pasatiempo" muy absorbente que atravesaba toda su jornada laboral o de fin de semana: "Llegaba del laburo y me sentaba delante de la compu para ver cómo se actualizaba Twitter cada 20 segundos", recuerda. Pero Gabriel no necesitó ayuda terapéutica ni el consejo de ningún gurú del bienestar para darse cuenta de que la tensión y la ansiedad que le generaba la violencia verbal a la que estaba expuesto en las redes era motivo más que suficiente para decir adiós.
Los tiempos cambian rápido. Si hace poco más de una década la novedad era la historia de los primeros usuarios que se conectaban a Facebook, hoy es al revés: ya se empiezan a escuchar las voces de aquellos que se alejan de las redes sociales en busca de un poco de tranquilidad. Para muchos, la vida "virtual" tiene indeseables efectos colaterales sobre la vida "real". Un reciente estudio realizado en Dinamarca por la ONG The Happiness Research Institute halló que a la semana de dejar de usar Facebook los participantes se sintieron más felices y menos preocupados, al mismo tiempo que experimentaron un incremento de su vida social y una mayor satisfacción con su posicionamiento en ella. Por el contrario, los participantes del estudio que siguieron utilizando redes sociales mostraron un riesgo 55% mayor de sufrir estrés.
Pero, ¿qué tiene de estresante la vida dentro de la pantalla? "De a poco las redes sociales se han convertido en ámbitos donde nos dedicamos a juzgar al prójimo en forma terminante por cualquier cosa que diga con la que no estamos de acuerdo, por si habla o interactúa con uno u otro que nos cae mal o que nos parece una porquería, por la falta de esa abusiva corrección política que parece que estos tiempos requieren para pasar el desafío de la blancura de las opiniones aceptables", escribió Mariano Heller esta semana en su columna Hastío de redes, publicada en el portal www.nueva-ciudad.com.ar.
En su columna, Mariano -@marianoheller- advierte ciertos extremos a los que llega hoy la crítica en la red: "Te juzgan no sólo por lo que decís sino también por tus silencios". Y agrega: "En definitiva creo que lo que quiero es cerrar todas las cuentas de redes sociales que tengo, porque lo que durante bastante tiempo fue un ámbito de intercambio muchas veces interesante y rico se convirtió en un lugar espantoso".
Lo paradójico es que a pesar de la aparente corrección política detrás de la cual se embanderan muchos al postear en Facebook o Twitter, la violencia verbal alcanza niveles impensados en el cara a cara. "En algunas redes, como Twitter, el ingenio abre las puertas a la impunidad, a lo que se suma el anonimato que habilita a tirar la piedra y esconder la mano. En este sentido, el nivel de violencia es mayúsculo y eso genera rechazo que, de manera creciente, se irá organizando en una suerte de filosofía que avale el salir de ese universo de pura pelea", opina Miguel Espeche, jefe del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, que señala que "las intuiciones acerca de lo pernicioso de la violencia disfrazada de «libertad de expresión» validarán que muchos opten por salirse de ese territorio, pero lo harán con crecientes fundamentos desde lo ideológico".
Gabriel Kaptan 
Recuerda a la distancia las agresiones que eran moneda corriente en sus intercambios virtuales: "De repente alguien posteaba una nota en Facebook sobre cualquier cosa, y ahí empezaban las discusiones, en las que todos comentaban y opinaban debajo, tomando posiciones con un nivel de confrontación y de agresión innecesario -dice-. Creo que lo que más me alejó a mí era tener que leer comentarios de amigos de amigos, gente que sin conocerme subestimaba mis opiniones. Recuerdo que en un momento empecé a sentir palpitaciones, como un ataque de ira... «Esto me está afectando la salud, basta, es demasiado», me dije".
Pero como sugiere Adriana Guraieb, psicoterapeuta de la Asociación Psiconalítica Argentina (APA), el nivel de violencia de las discusiones en la Red es inversamente proporcional al real compromiso con el motivo de la disputa. "No poner el cuerpo, no estar frente al otro, muchas veces determina un menor grado de represión en la palabra y menor compromiso en general. De tal modo que los enfrentamientos pueden ser más intensos, aunque también efímeros, sin el compromiso ni las expectativas que significan estar frente a frente", afirma, y agrega: "Las redes sociales son muy buenas para compartir enlaces, imágenes y videos, pero a la hora de una discusión profunda cada uno queda en su zona de confort y tan sólo con un clic se elimina la discusión y, a veces, también la relación".
La vida de los otros
Pero no hace falta hablar de política para que las redes sociales se conviertan en ese conventillo virtual en el que muchos disfrutan asomando la cabeza por encima de la medianera -aquí, basta con ver sucederse en el timeline las fotos compartidas en Twitter, Facebook o Instagram-, para criticar qué hace o qué deja de hacer aquel cuyo jardín parece lucir (filtros mediante) siempre más verde que el propio.
La envidia no es un invento de la Edad Moderna, pero no hay dudas de que hoy se nutre de las imágenes de la vida maravillosa que se exhiben en las redes. La encuesta de The Happiness Research Institute muestra que mientras que siete de cada diez prefieren postear en Facebook fotos de sus más "grandiosas" experiencias, cinco de cada diez reconoce sentir envidia por las "maravillosas" imágenes que los otros postean en esa red.
"Despues de un tiempo variable de observar los triunfos y logros ajenos, esto no hace más que sumir a quien «espía» en una caída de la autoestima y un incremento de la envidia por no tener aquello que el otro posee -resume Adriana Guraieb-. Sentimientos de frustración y soledad son comunes, lo que redunda en una experiencia de profunda insatisfacción".
Afortunadamente, hay quienes ponen el freno a tiempo: "Siempre fui muy activa en redes, de subir fotos y de estar en contacto con mis amigos, pero el quiebre de decir «no quiero más» lo tuve cuando en mi trabajo anterior empezó a haber puterío en torno a si tal gastaba tanta plata, de dónde la sacaba, a partir de las cosas que posteaban en Facebook... -cuenta Daniela Bossio, de 29 años, que hoy es encargada de un registro automotor-. Eso coincidió con el momento en que me echaron del trabajo, y no quería que nadie se entere de nada de mí, era como apagar mi vida".
Daniela asegura que no sólo ganó privacidad, sino también tranquilidad. Reconoce que al haberse apartado de Facebook dejó de lado prácticas que le eran comunes, como stalkear a los chicos con los que salía. "Hoy estoy saliendo con un chico que vive en Mar del Plata y si tuviera Faceboook seguramente estaría viendo qué hace o qué no hace -cuenta-. Él tiene sus amistades allá y prefiero que haga su vida, sin enterarme. Necesito tranquilidad, y eso Facebook no me lo da".
Soledad Murugarren, por su parte, dejó las redes sociales cuando advirtió el tiempo que perdía en función de la mirada de los otros: "Cerré la cuenta a poco tiempo de haber vuelto de un viaje, durante el cual me di cuenta de que pasaba más tiempo sacando fotos para subir a Facebook que disfrutando de lo que hacía -dice esta licenciada en Letras de 35 años-. «¿Qué estoy haciendo?», pensé. Estoy viviendo para el otro. Sentí que me estaba ahogando en mi narcicismo".
Soledad lleva seis meses sin Facebook, en los que se encontró con más tiempo para leer, meditar o hacer gimnasia -"antes, ante cada segundo de aburrimiento entraba a Facebook", recuerda-, y está evaluando salirse de Instagram: "Antes era algo más artístico, ahora se llena de cosas como gente que se filma caminando...".
El uso del tiempo
En algunos casos, los motivos que llevan a algunos a alejarse de las redes sociales son bastante más banales. "Cuando me perdí el capítulo estreno de la séptima temporada de The Walking Dead hice todo lo posible para evitar que me lo «espoileen» hasta que pudiera verlo, lo que recién pude hacer casi una semana después. Es por eso que decidí evitar todas las redes sociales en que era sumamente activo, Twitter principalmente, hasta ver el capítulo -cuenta Agustín Biasotti, de 43 años-. Esa semana, que era particularmente intensa desde lo laboral, descubrí cómo antes había estado perdiendo productividad al chequear Twitter cada cinco minutos."
Esa es la misma razón que llevó a Analía Hernández, arquitecta de 56 años, a alejarse de Facebook, plataforma en la que había abierto un perfil para su estudio: "No entré más a Facebook porque me representaba una pérdida de tiempo -asegura-. Entraba para ver una cosa que necesitaba por trabajo y terminaba viendo fotos del cumpleaños de alguien que ni siquiera me interesaba. Si bien era una página con fines laborales la gente subía cosas personales y se mezclaba todo, se perdía el límite entre lo laboral y lo personal, lo que le saca profesionalismo. Así que me bajé; no cerré la página, pero ya no la visito más".
"Uso frecuentemente las redes sociales por mi trabajo, y noto que a veces me resuelven, facilitan y alivian la tarea cotidiana, pero al mismo tiempo me insumen cada vez más tiempo de lo esperado", cuenta Laura Orsi, médica psicoanalista de la APA, que se lamenta por quedarse a veces pendiente de los likes, comentarios y retuits. "Creo que es inevitable. ¿Hasta qué punto somos capaces de soportar la indiferencia cuando no se genera la respuesta que buscamos?"
El primer capítulo de la nueva temporada de la serie inglesa Black Mirror plantea una distopía donde la valoración de las redes sociales se transforma en un "puntaje real" para la vida de las personas. Y la competencia virtual, en un medio de subsistencia. ¿La distopía futurista que plantea Black Mirror podría ser anticipatoria de lo que nos espera?
Para quienes han nacido al abrigo de las redes sociales, los códigos pero, sobre todo, las necesidades de comunicación por estos medios son otras. "Los adolescentes buscan un espacio de libertad y autonomía, y las redes sociales cumplen esa función, porque desde su percepción allí están sólo sus amigos. Ven a las redes como un territorio propio", advierte Roxana Morduchowicz, autora de Los chicos y las pantallas, que afirma que las redes sociales son el espacio donde los chicos construyen su identidad.
Las redes, es innegable, siguen creciendo y extendiendo ese espacio al que algunos se asoman a espiar, donde otros buscan alguien con quien pelearse, mientras una buena parte -¿la mayoría?- se interrelaciona con amigos y conocidos. Los que se alejan quizás vuelvan, quizás no. "No sabemos cuánto tiempo demorará en acomodarse la hipnosis colectiva que significan las redes sociales, que convocan a mirar más la pantalla que la realidad circundante. No hay que pelearse contra esa hipnosis, sino dejarla que cumpla su ciclo -opina Espeche-. Veremos luego qué queda y qué se diluye".
Producción de Natalí Ini